

Primer acto: Yo no sabía
Esa es la frase que, en México, resuena cada vez que un escándalo político llega demasiado alto. El actual presidente del Senado, Adán Augusto López Hernández, dice no haber sabido que su secretario de Seguridad Pública en Tabasco, Hernán Bermúdez Requena, era nada menos que el líder de La Barredora, un brazo del Cártel Jalisco Nueva Generación. Bermúdez Requena, hoy preso y acusado de secuestro, extorsión, homicidio y huachicol, no era un funcionario coludido con criminales; era un criminal gobernando desde la Secretaría de Seguridad Pública. Esa es una diferencia crucial: no hablamos ya del narco infiltrando al Estado, sino del narco ejerciendo el Estado.
Paradójicamente, Adán Augusto fue uno de los políticos que más insistió en que Felipe Calderón “sí sabía” de los vínculos de su secretario de Seguridad, Genaro García Luna, con el narcotráfico. Hoy repite la coartada que antes denunciaba. “Yo no sabía”, dice. La misma cantaleta que todos repiten cuando los hechos se vuelven imposibles de negar.
Pero supongamos —por un momento de buena fe— que Adán Augusto realmente no sabía que su secretario de seguridad era un líder criminal. ¿Dónde queda su responsabilidad? Si un cirujano sin título intenta operar un corazón y el paciente muere, no puede decir: “yo no sabía operar”. La ignorancia no lo absuelve, lo condena. En la política mexicana, en cambio, la ignorancia e incompetencia se premian como virtud moral. Se exonera a los corruptos porque fueron “engañados” (como Ignacio Ovalle) y se perdona a los incompetentes porque “no sabían”.
El drama profundo del “yo no sabía” consiste en que el político que no sabe nada es tan peligroso como el que roba todo, porque ambos destruyen la confianza pública. Uno con dolo, el otro con incompetencia.
Segundo acto: Yo no fui
Esa es la frase mágica que disuelve toda responsabilidad en la política mexicana contemporánea. El caso más reciente es el del huachicol fiscal, un fraude estimado en casi quinientos mil millones de pesos: más grande que el de Segalmex, que la Estafa Maestra o que cualquier otro en nuestra historia. En la carpeta de investigación de la FGR, filtrada a los medios, aparece el nombre de Andrés Manuel López Beltrán (Andy), hijo del expresidente AMLO, señalado como presunto “protector” de la red de contrabando de combustibles.
Nadie sabe quién filtró la carpeta, pero todos saben que un documento de esa magnitud no lo filtra un empleado menor. Buena parte de la información coincide con los datos revelados por los Guacamaya Leaks, la mayor filtración militar en la historia de México, que mostró las entrañas del sistema de corrupción y complicidad entre políticos, criminales, empresarios y mandos castrenses. Es decir: no estamos hablando de chismes ni de invenciones mediáticas, sino de información interna del propio Estado mexicano, donde aparecen los nombres y los montos.
Ante los señalamientos, Andy escribió una carta pública negando su participación y afirmando que no se había amparado para evitar una posible detención. La presidenta Claudia Sheinbaum lo defendió en su conferencia mañanera: “Él ya dijo que no fue, ¿qué más quieren?”
Y así se cerró el caso. Ni la FGR ni la Secretaría de la Función Pública ni la Unidad de Inteligencia Financiera han emitido información adicional. En México, si eres hijo del expresidente, basta decir “yo no fui” para que el aparato judicial se detenga por respeto o por miedo. ¿Tenemos que esperar a que los tribunales de Estados Unidos lo investiguen —como ocurrió con García Luna— para creer lo que las propias filtraciones de la FGR y de la SEDENA ya revelan?
En el nuevo catecismo de la impunidad, el “yo no fui” es el segundo mandamiento: primero se declara inocente, y después se decreta el olvido.
Tercer acto: Era algo impredecible
Esa fue la frase con la que la presidenta Claudia Sheinbaum explicó la tragedia de las inundaciones que la semana pasada devastaron Veracruz, Hidalgo, Puebla y otros estados. Más de sesenta muertos, decenas de desaparecidos y comunidades enteras bajo el agua. Dijo que el fenómeno no podía haberse previsto. Pero eso es falso.
Desde el lunes 6 de octubre, el Servicio Meteorológico Nacional, a través de su coordinador general Fabián Vázquez Romaña, advirtió públicamente en medios nacionales —día tras día— sobre el peligro inminente que representaban las lluvias intensas en la región de la Huasteca y en Veracruz. No se trataba de un huracán de categoría 5, pero los ríos ya estaban al límite. Bastaba una lluvia más para que se desbordaran. La advertencia existía, era pública y era clara.
Lo que falló no fue la ciencia, sino el gobierno. Durante años, México ha padecido los mismos desastres: terremotos, huracanes, tormentas, inundaciones. Y sin embargo, no hay inversión en infraestructura de contención: no se han construido drenajes profundos, nuevas presas ni desbocaderos de emergencia. Cada año ocurre lo mismo: lluvias, desbordamientos, muertos, desaparecidos. Y cada año el discurso oficial es idéntico: “era impredecible”.
No lo era. No lo fue con el huracán Otis en 2023, cuando Acapulco fue arrasado pese a las alertas meteorológicas. No lo es ahora, con las lluvias de Veracruz. En ambos casos, se tenía información previa y se ignoró. Decir que la naturaleza es impredecible es más cómodo que admitir la negligencia institucional.
El problema no es la falta de tecnología: México cuenta con radares, satélites, pronósticos y modelos numéricos de alta resolución. El problema es la falta de responsabilidad. El “era impredecible” es la coartada de un Estado que no quiere asumir su incompetencia. Es una mentira. Lo que es ruin no es que los medios transmitan las noticias de la devastación, sino que la presidenta, aprovechándose de la ignorancia científica de la mayoría de las personas, nos quiera hacer creer que estas tragedias ocurren por causas impredecibles que están más allá del control humano.
Epílogo
Tres frases, tres absoluciones:
“Yo no sabía.” Ignorancia como inocencia.
“Yo no fui.” Negación como defensa.
“Era algo impredecible.” Fatalismo como coartada.
Así se escribe, año tras año, el manual de la irresponsabilidad mexicana. Mientras tanto, el país se hunde —en la corrupción, en la lluvia o en la vergüenza— y nadie sabe, nadie fue, y todo, al parecer, era impredecible.
*Instituto de Ciencias Físicas, UNAM / Centro de Ciencias de la Complejidad, UNAM.


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