Hoy hace 72 años las mujeres mexicanas fueron reconocidas como ciudadanas. Mi mamá tiene 76 años, es decir, cuando nació, aún la constitución mexicana no reconocía a las mujeres como sujetas de derechos, capaces de elegir a sus representantes, mucho menos de ser elegidas para un cargo público. Ni qué decir de mi abuela, que vivió varias elecciones sin poder ir a votar.

A finales del siglo XIX y principios del XX, parlamentos de muchas partes del mundo discutían si las mujeres tenían capacidad o no para elegir a un gobernante. Estigmas, discriminación y misoginia inundaban discursos políticos y notas de prensa frente a las movilizaciones de mujeres que exigían a través de marchas, mítines, huelgas de hambre, toma de instituciones y todo tipo de manifestación para exigir el derecho a votar.

A menos de 100 años de esta conquista, se ha logrado una creciente participación política de las mujeres en todos los niveles, y el triunfo feminista más importante y simbólico de nuestros tiempos: la elección de la primera presidenta de México. Sin embargo, la cultura patriarcal que desde el poder ha encontrado espacios seguros para legitimarse y reproducirse, apenas se empieza a barrer. Desde el día uno en que la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo tomó el poder, circularon todo tipo de imágenes cargadas de violencia simbólica machista, discursos y “cartones políticos” que representaban a la presidenta como una trabajadora doméstica, como un títere, como un payaso o como un sargento.

Al sistema patriarcal no le gusta que gobiernen las mujeres, y menos aquellas que no se sujetan a los protocolos, formas y costumbres del poder tradicional. En muchos municipios del país, síndicas y regidoras viven violencia política porque no se acomodan a las “formas”, porque denuncian, porque intentan hacer las cosas diferente, o porque gracias a la reforma electoral que obliga a los partidos políticos a armar planillas con candidaturas de igual número mujeres que hombres como acción afirmativa, mujeres relegaron de sus cargos a los dueños y amos de sus partidos que se reeligen en cada proceso electoral.

Es por eso que en las conmemoraciones por el aniversario del sufragio de las mujeres no debemos de perder de vista la agenda feminista pendiente. Como diría Rita Segato, no queremos el poder patriarcal, no queremos conquistar los espacios para hacer las mismas cosas, para gobernar como se ha gobernado hasta ahora, no tenemos las mismas metas porque el feminismo es una teoría y práctica para la transformación de raíz, para tirar las columnas en las que se cimentó esta sociedad violenta y desigual. ¿Cómo imaginar un mundo sin hegemonía, un mundo radicalmente plural?.

Mientras seguimos sembrando para cosechar las flores de una nueva sociedad en la que los problemas sean de otra dimensión social y cultural, las mujeres morelenses necesitamos seguir conquistando derechos, aún no somos dueñas plenas de nuestras decisiones y nuestro futuro, precisamos que dejen de criminalizarnos por abortar, que los médicos dejen de ejercer violencia obstétrica en los hospitales, que las instituciones dejen de violentar laboral, sexual y políticamente a las mujeres, que se ponga un alto a los discursos de odio y se reconozcan plenamente los derechos de mujeres indígenas, afromexicanas, migrantes mujeres trans, lesbianas, mujeres con discapacidad física o problemas de salud mental. Que las madres de este estado y este país no tengan que buscar a sus hijas e hijos en la tierra. Que este estado deje de ser tránsito y destino para la trata y explotación sexual de mujeres y niñas.

Desde mi corazón feminista, aprovecho esta columna para felicitar a Andrea Acevedo García y a Ariadna Urbina Ayala por haber sido galardonadas con la Presea Xochiquetzalli en el Congreso del Estado de Morelos, por su trayectoria, camino y aportes a la lucha feminista. La transformación será feminista o no será.

Jessica Rivera Hamed