(Segunda y última parte)

 

«No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras (…) Cuando buscamos en el espejo de la memoria el significado de ser (…) vuelven a surgir nuestros antepasados. (…). «Las culturas se fosilizan si están aisladas, pero nacen o renacen en el contacto con otros hombres y mujeres». 

El espejo enterrado, Carlos Fuentes

Junto con Cuauhnáhuac y Oaxtepec, el señorío de Yautepec tuvo una gran importancia económica, política y militar en el postclásico tardío (1200 d.C-1519). En este periodo se inició la construcción del basamento arqueológico descubierto aquella mañana del 8 de mayo de 1989 en el barrio de Rancho Nuevo.

El equipo estuvo conformado por ocho arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH): Silvia Garza de González, Pablo Mayer Guala, Ana María Pelz Marín, Gisele Canto Aguilar, Arturo Olivares Morales, Francisca Sánchez y Hortensia de Vega Nova, Directora del Proyecto Yautepec. La excavación dio inicio con seis calas de aproximación, trazadas de poniente a oriente y de norte a sur. En el lugar también se encontraba Norberto González Crespo, Director del Centro INAH-Morelos,.

Las dimensiones del Tecpan de Yautepec o Palacio Real son de 95 metros de largo por 75 metros de ancho, con una altura de casi diez metros, nos permiten afirmar que es una construcción magnífica, en donde residía la clase gobernante del sitio y quienes lo administraban. Cabe señalar que hasta la fecha, éste es el único edificio descubierto de su tipo en toda la región central de nuestro país.

Las investigaciones revelan que debido a los recursos naturales de la región, ahí los Tlahuicas alcanzaron un alto grado de desarrollo cultural basado en la agricultura y el comercio debido a que se asentaron en el surponiente del Río Yautepec, al pie del cerro del Pericón -y que todos identificamos como Las Tetillas-.Esa prosperidad ha sido rastreada hasta regiones tan distantes como Centroamérica. Lo que hasta hace algunos años se conocía como cerámica tlahuica tipo B7, el investigador estadounidense Michael E. Smith determinó que en razón de su lugar de fabricación debía denominarse cerámica Tlahuica Yautepec, cuya tradición alfarera se extinguió al paso de los años.

El Tecpan tuvo varias etapas constructivas, pero durante la llegada de los españoles aparentemente fue recubierta con toneladas de tierra y piedra, a fin de protegerla de la destrucción de los conquistadores europeos. El simbolismo de estos vestigios indígenas cuyo símbolo era un obstáculo para las nuevas formas de representación del poder.

A la primera fase del proyecto (8 de mayo al 7 de julio de 1989), prosiguió el trabajo de laboratorio de esta fecha hasta el mes de septiembre del mismo año. En un principio el laboratorio fue montado en un terreno aledaño, propiedad del profesor Domitilo Alvarez Pacheco, quien sin cobrar dinero alguno prestó todo tipo de auxilio. Entre octubre de 1989 a mayo de 1990 se programó la segunda fase de las excavaciones y el trabajo de laboratorio se desarrolló de junio a octubre de 1990. La tercera fase fue de noviembre de 1990 a mayo de 1991, mientras que en laboratorio el trabajo se llevó a cabo de junio de 1991 al 10 de enero de 1992.

De esa primera fase del proyecto, el 29 de septiembre de 1989 en el Centro de Seguridad Social del IMSS en Yautepec se inauguró el montaje de la Primera Muestra Arqueológica con piezas recuperadas por los investigadores. Con esa unidad informativa se trató de llamar la atención sobre la necesidad de construir un museo arqueológico de sitio para Yautepec, sobre lo que no dejaremos de insistir, como lo han soñado quienes participaron en ese proyecto ejemplar de organización ciudadana para la reivindicación de la memoria histórica del pueblo de Yautepec.

Se estima que el costo de estas primeras etapas de esxcavación e investigación tuvieron un costo de alrededor de cien millones de pesos, mismos que de modo tripartita fueron aportados por la Sociedad Cultural Yautepec, A. C., el INAH y el Gobierno del Estado, entonces encabezado por Antonio Riva Palacio López. La magnitud del proyecto de investigación poco a poco rebasó los recursos y el entusiasmo del pequeño grupo de la Sociedad Cultural, A. C., por lo que deciden convocar la formación de un Comité Cultural Municipal.

Esta nueva figura organizativa se integró con los esfuerzos del Centro de Seguridad Social del IMSS, la Sociedad Cultural Yautepec, A. C., el Club Cultural de la Tercera Edad del IMSS, el Centro de Artes y Oficios Kalmekatl, el Sindicato de Trabajadores del IMSS en Morelos, la Asociación de Jubilados y Pensionados y la entonces Regiduría de Educación y Cultura del Ayuntamiento, que finalmente dejó de tener interés en trabajar con el grupo recién formado.

El 10 de noviembre de 1989 se formó el Patronato Pro-Investigación de la Zona Arqueológica, integrado por Ricardo Carrillo Almaráz, Rosa María Tellez de Galindo, Amelia Rojas Muñoz, Raúl Galindo Alfaro y Félix Lagunas, entre otros. Su función fue orientarse exclusivamente recaudar fondos para el proyecto, y la Sociedad Cultural Yautepec, A. C. junto con el Comité Cultural Municipal se abocó a la promoción académica y cultural.

Desde mi punto de vista, la verdadera labor de la Sociedad Cultural fue la llevada a cabo por el doctor Benito Jiménez Sandoval y su hija Cristina Jiménez Alvarez, quienes en 1991 presentaron el proyecto educativo «Los niños de Yautepec rescatan su zona arqueológica», que obtuvo veinte mil pesos de apoyo por parte del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA). En esta historia, no podemos omitir el entusiamo de la maestra Marcela Flores Aragón y otros, como el profesor Rubén Vera Hernández, de la preparatoria «Alberta Rojas Andrade», quien formó y programó las brigadas de estudiantes voluntarios.

Me tocó participar en los procesos de excavación en la zona arqueológica, primero como estudiante en la primaria Guillermo Prieto y luego en la Secunadaria Ignacio Manuel Altamirano, en donde los arqueólogos nos orientaban acerca de su labor, y después con nuestras propias manos recogíamos tepalcates, cerníamos la tierra para encontrar y separar diminutas cuentas de barro y ojillas de obsidiana que limpiábamos y lavábamos, para que finalmente se clasificaran guardándose en bolsas especiales que se contenían en cajas de cartón, madera y plástico. Después de esas tareas, éramos conducidos al IMSS para observar la muestra permanente de piezas arqueológicas donde se nos explicaba la relación de nuestra cultura en un contexto universal.

El tercer día padres de familia y profesores, se dedicaban a conseguir milpas, zacate y elotes, incluso flores, para escenificar la Leyenda del Descubrimiento del Maíz. Al cuarto día toda la escuela montaba una exposición como resultado de la visita a la zona arqueológica y de la obra. Así se trabajó durante más de dos años, y prácticamente todas las escuelas de la cabecera municipal participaron con éxito.

El 25 de mayo de 1994, en la misma zona arqueológica se dio fin a ese proyecto inédito en la historia de la arqueología en México que resignificaba el valor y dignidad de la infancia, centrada en los intereses espontáneos, potenciando una actividad guiada con con libertad y autonomía para grupos de 4°, 5° o 6° grado de primaria.

Algo de esa experiencia definió mi camino como historiador.

Imagen cortesía del autor

Gustavo Yitzaac Garibay