

En los próximos días y semanas arrancan los carnavales de Morelos, festividades que retratan con fidelidad el sentimiento y la tradición cultural de la región suriana. Cada uno, especialmente los de mayor arraigo, Tlayacapan, Tepoztlán y Yautepec, manifiestan un legado que ha sido el resultado de ya más de dos siglos de esa esencia comunitaria que constituye el poderoso pasado de los valores que dan sentido y destino a los pueblos que son portadores por herencia y tradición, pero también por influencia y adopción. Hoy abordo unas notas sobre sus nebulosos orígenes, nebulosos, míticos y místicos, apasionantes e históricos pasajes de una narración inconclusa que se reinventa cada año al son de la tradición, porque es baile, fiesta, convivencia.
Carnaval de Tlayacapan
Este carnaval se lleva a cabo tres días antes del miércoles de ceniza y es el de mayor tradición en la región suriana. En su organización participan las tres comparsas del pueblo, La América del barrio de Santa Ana, La Azteca del barrio del Rosario y La Unión del barrio de Texcalpa o Santiago. La música del brinco es tocada por la Banda de Brígido Santamaría, la banda de Tlayacapan y la de la Kordillera. Esta fiesta es precedida por el Huehuetzin que traducida del náhuatl al español quiere decir “persona que se viste con ropas viejas”, que de acuerdo a un documento encontrado en el Archivo Histórico de Tlayacapan sus orígenes se remontan a 1807, cuando un grupo de jóvenes al verse excluidos de las fiestas de carnaval organizadas por los pobladores ricos, algunos de origen español, otros criollos y mestizos-, se disfrazaron con ropas viejas y con un pañuelo que les cubría media cara, emulando un antifaz, se organizaron en una cuadrilla y salieron a correr, a chiflar y a gritar por las todas calles para burlarse de los potentados.
Su traje es considerado el más sencillo, original y tradicional. Es una túnica blanca, emulando a la autoridad sacerdotal, con un cuello integrado en color azul, que lleva franjas en mangas y a la caída del faldón y que pueden ser de satín, de manta o terciopelo siempre en azul. De todas las máscaras, es la que tradicionalmente posee un rostro más afilado y lleva la barba más picuda. El sombrero, forrado de terciopelo, es el de copa más corta y ancha, con flecos y plumas de colores. Además de guantes en color blanco y mascadas de seda en diferentes colores.
Cabe señalar que es el único chinelo que habla o que emite un sonido llamado “falsete”. Esto ha sido una influencia para los chinelos de poblados como el de Oaxtepec, los llamados pípilas que como su nombre lo indica, emiten un graznido o cloqueo burlón.
Carnaval de Tepoztlán

El Carnaval de Tepoztlán tuvo su origen por allá de 1852, influenciado por los pobladores de Tlayacapan, en donde sus danzantes ya eran llamados chinelos. Es destacable la participación de todos los barrios, celosos del orden y el resguardo de la tradición del pueblo. Recordemos que el intercambio comercial de la región generaba una amplia movilidad social, de tal manera que como hasta ahora, tepoztecos, tlayacapos y yautepequenses interactuaban culturalmente.
El traje de Tepoztlán es considerado el más elegante por su túnica en terciopelo negro y guantes blancos, aire de sobriedad que todos reconocemos. Originalmente era de color rojo, hasta que un día alguien no encontró terciopelo de ese ni de ningún otro color y fue así como ese año de 1947 salieron los dieciocho trajes de chinelo que dejaron sorprendidos a todos. A manera de pequeña capa, el volantón es un lienzo bordeado por encaje y marabú en el que se representa una escena en referencia a la mitología prehispánica. Al principio la imagen del volantón era bordada, hasta que en los años 60´s don Efrén Villamil decidió restarle peso pintando en óleo las escenas.
El sombrero que portan es ligeramente ancho y de copa recta no muy aconada ni alta, tiene arcos aureados de chaquira, lleva flecos con algunas figuras geométricas como grecas, rombos y triángulos. Alrededor de la copa lleva representaciones de dioses o figuras prehispánicas como aparecen representadas en los códices antiguos. Las plumas casi siempre son blancas, pero pueden ser de otros colores.
De la misma manera es posible advertir un cambio en la máscara, que pasó de ser de piedra, piel o de cartón a forjarse de alambre mosquitero con barba hecha de cola de buey, misma que ahora es rizada y bordada con hilo cáñamo cuya terminación es en punta o encornada. Con ojos bien abiertos o expresivos, puede ser rubia, pelirroja o negra azabache, pero siempre bien tupida. Hay familias como los Villamil, que llevan más de cien años elaborándola de manera artesanal.
La mascada de seda, además de evitar el rose del cuello por el uso prolongado de la túnica, es un signo de elegancia y distinción, pues por su forma anudada pareciera un corbatín. Y para danzar, los chinelos calzan, de acuerdo a la formalidad del portador, o elegantes botines en color negro o cómodos tenis dada la intensidad de la jornada.
Carnaval de Yautepec
De acuerdo con el cronista Valentín López González, el Carnaval de Yautepec, inició en el año de 1880, a iniciativa de los hermanos Cesáreo y Ángel Montes de Oca, en el Barrio del Tepehuaje, hoy Cerro del Tenayo o Col. 24 de febrero, con la primera comparsa llamada “El Capricho”. Influenciado por los de Tlayacapan y Tepoztlán, de los grandes y tradicionales carnavales es el único que se realiza el primer viernes después del miércoles de ceniza, es decir, dentro de la cuaresma. Hasta hace unas décadas, se organizaba solo con la participación de las comparsas y los vecinos de los barrios principales: San Juan, Santiago, Rancho Nuevo e Ixtlahuacán, a los que se agregaron las colonias Cajigal, Buenavista, entre otras, y muy recientemente Unión Tlahuica de las colonias Bonfil y Paraíso. Poco sabemos de la influencia temprana que tuvieron algunos promotores del carnaval de Yautepec en otros pueblos de la región suriana, como en el caso de Víctor Romero que, en 1934, junto con otros pobladores de Anenecuilco logró que se arraigara la fiesta en el lugar donde naciera Emiliano Zapata.
Como en Tepoztlán, Tlayacapan y en Jiutepec, y en casi todos los pueblos de Morelos, ahora son los gobiernos municipales y asociaciones de comerciantes llamados “carnavaleros”, quienes desempeñan un papel determinante en la organización, comercialización y turistificación de la fiesta.
Este carnaval se distingue por los siguientes elementos: “El desfile de los niños” hoy llamado “Carnavalito”; “Las Viudas de Juan Carnaval”, un cortejo fúnebre de hombres disfrazados de mujeres exuberantes que desfilan para el entierro del mal humor que en realidad es tirado al Río Yautepec, y de manera posterior se da la lectura del “Testamento de Juan Carnaval”, un ejercicio de sátira popular y política; los bailes populares que se llevan a cabo por las noches con grupos, orquestas, danzonares y artistas de diversos géneros; el teatro del pueblo con la presencia de agrupaciones artísticas locales; y finalmente el Desfile y Concurso de trajes de chinelos, que se realizan el domingo de Carnaval. No podemos dejar de mencionar a don Cecilio Rincón, quien fuera presidente municipal de Yautepec, quien fue autor, o a Federico Palacios o doña Francisca “Chica” Rojas, quien, en los años 60, junto con sus hijos Eusebio y Álvaro Zapata Rojas, difundió el carnaval mediante la venta o alquiler de trajes y enseñanza del brinco chinelo. En 1963 o 1964, ellos apoyaron en la organización del primer carnaval con chinelos en Milpa Alta.
Yautepec posee dos trajes de chinelo. Uno es el tradicional casi en extinción –que es similar al de Tepoztlán, pero con chapetones, estoperoles, colgantes y figuras prehispánicas de lentejuelas, chaquira y canutillo, bordados en la túnica de terciopelo en colores vino y negro. No es inusual que el traje, volantón y sombrero lleven luces seriadas, influencia de finales de los años 70 y principios de los años ochenta. El otro traje, el de mayor impacto visual y que más ha influenciado a nivel nacional e internacional, es el llamado traje de Chinelo barroco (como el aquí expuesto), por su saturación visual en términos figurativos y de colorido logrado a base de los materiales empleados para su confección. Su evolución es el resultado de un precursor, Federico Palacios en 1961, y de un innovador, Adrián Guzmán Jiménez en 1980. Los elementos que lo integran son exactamente los mismos, pero siempre más estridentes por su explosivo y vistoso colorido. La variación está en su manufactura, harto complicada por lo elaborado de sus figuras prehispánicas que van montadas a la túnica y diseñadas en los colgantes de las mangas y del sombrero. Los hay bordados en chaquira y en lentejuela, detallados con canutillo.
La participación infantil en los días de carnaval se puede documentar a partir de diversos materiales fotográficos de archivos familiares y de coleccionistas que nos dan cuenta de su presencia temprana en la década de los 40s del siglo XX. En principio, los niños aparecerán disfrazados de magos, arlequines, gnomos, payasos, soldaditos y capitanes, mientras que las niñas aparecen disfrazadas de doncellas, cortesanas, gitanas y con algunos trajes regionales como el de china poblana.
Con el paso del tiempo, a los disfraces de carácter medieval y tradicional -como apaches y tecuanes-, o de adolescentes con máscaras de huehuenche o de chinelo, se fueron sumando las caracterizaciones que el cine y la televisión impusieron a través de personajes populares o de moda, que reproducen estereotipos del discurso clasista y racista de nuestra sociedad, como: Chaplin, Cantinflas, El Santo, Blue Demon, Tinieblas, Viruta y Capulina, Resortes, el Chavo del Ocho, la Chilindrina, Ñoño, Kiko, Doña Florinda, La India María, La Corcholata, Doña Lencha, o algunas de las princesas de Disney como: Cenicienta, Aurora, Ariel, Bella, Jazmín, Pocahontas y Mulan.
Si bien el concurso de trajes de chinelo inició en 1961, con el triunfo de Federico Palacios, el artesano que revolucionó la estética y el diseño del traje de chinelo de Yautepec -que hoy identificamos como barroco-, fue hasta 1965 cuando se premió al primer chinelito, al niño Raymundo Palacios Salazar, hijo del ya para entonces célebre Palacios, cuya fama como bordador extraordinario le llevó a bordar en canutillo de oro francés la banda presidencial de Luis Echeverría. A finales de esa misma década de los 60, al contingente que iniciara el preescolar de Yautepec, Juventino Muñoz, se sumaron otros planteles. Actualmente son cientos o incluso miles de niñas y niños que acompañados de sus padres –quienes se convierten en artesanos, diseñadores y maquillistas de ocasión-, desfilan, o mejor dicho brincan con singular alegría, en contingentes y carros alegóricos de las 7 comparsas de cada barrio.
Todos asisten disfrazados de viuditas, chinelitos, bastoneras y distintos personajes o vestidos con short, playera y antifaces. Este carnavalito como se le conoce ahora, único en Morelos, se ha convertido en una de las excepcionalidades de la fiesta del Carnaval en Yautepec y en el mejor reflejo de un patrimonio cultural vivo, cuya tradición poderosa se transmite de generación en generación a través del ímpetu y el goce infantil. Los futuros artesanos, músicos de banda y carnavaleros ya andan en el mitote de las comparsas y barrios.
En Yautepec el carnaval se lleva en la sangre… ¡y si no, se aprende en la calle!
Comienzan pues, los carnavales de Morelos. En las próximas semanas reflexionaremos a cerca de cada uno de ellos más allá de las pasiones que desbordan para propios y extraños. Ya lo dijimos, son fiestas portadoras de tantas narrativas sociales que bien merecen la pena verlas más allá de lo que pensamos son. Sí, alegría, sí libertad, sí goce, pero también significados que prevalecen en el inconsciente colectivo.

Foto: Redes sociales

