Si bien nunca se ha ido, las recientes jornadas alusivas al natalicio del Caudillo del Sur, han devuelto la dignidad en torno al recuerdo y memoria del prócer morelense por antonomasia. Por fortuna, lejos han quedado los días en que Cuauhtémoc Blanco, seguramente entretenido en otros asuntos, envió en su lugar a José Manuel Sanz a Chinameca y en el mismo acto, el representante presidencial fue Paco Ignacio Taibo vistiendo bermudas y calzando chanclas.

Margarita González Saravia conoce el Morelos profundo y da muestras de estar orgullosa de él. Prueba de ello, fue la agenda de actividades organizadas alrededor del 8 de agosto, donde se conjugaron actos cívicos, culturales y populares que se complementaron con las ya tradicionales cabalgatas y ferias como la de Mazatepec.

Punto central en estas festividades, fue la ceremonia que se dio en la plaza de Armas de Cuernavaca el viernes pasado por la mañana, donde la gobernadora acompañada por la clase política local, representantes del Gobierno Federal, del Ejército Mexicano y la Guardia Nacional, restituyó en un sitio de honor, la monumental escultura ecuestre de Zapata. El magnífico bronce, primero fue enjaulado entre concreto en su sitio original y después arrumbado entre la maleza a las orillas del paso exprés. Gesto enorme de sensibilidad fue convocar a la develación del mismo, a la familia Manrique Zapata, quienes siempre han ostentado con dignidad y congruencia su legado familiar. De igual forma, atinada fue también, la invitación a la artista Estela Ubando que junto al desaparecido Carlos Kunte esculpió el monumento en 1979. Aquí es importante destacar que la actual administración estatal, ya rehabilitó el monumento al general Morelos en los límites con la Ciudad de México, ahora lo hizo con la escultura ecuestre de Zapata, ojalá el turno siguiente sea para el “Morelotes”, secuestrado por los plateros que invadieron la plaza del Palacio de Cortés.

El monumento fue colocado sobre un pedestal de recias piedras, a muchos los entusiasmó, a otros no, siempre será difícil tener a todos contentos. En lo personal, comparto que las rocas del pedestal me recordaron el paraje de la Piedra Encima, ubicado frente al casco de la Hacienda de Chinameca, y donde el Caudillo y los suyos se sombrearon en las horas previas a la emboscada fatal. También me remitió al paisaje morelense en la temporada de estiaje en abril, tan distinto al verde esmeralda que en estos días nos regala el campo morelense.

Las celebraciones mencionadas, nos llevan también a diversas reflexiones: el legado zapatista debe ser un compromiso y una herencia orgullosa, no un instrumento para intereses, ambiciones o beneficios personales. También no se debe olvidar que al ideal agrarista se unieron dos fuertes raíces que templaron la epopeya de los soldados campesinos, el anhelo más legítimo y transparente de la Revolución Mexicana.

Estas raíces fueron la republicana, la cual se formó desde que un Emiliano niño, en las noches alrededor del fuego en Anenecuilco, escuchó a sus tíos narrar las historias personales luchando contra franceses y conservadores, no en vano el lema zapatista fue “Reforma, Libertad, Justicia y Ley”. La segunda raíz fue la precortesiana, a Zapata a pesar de su juventud, lo designaron Calpuleque de Anenecuilco, reconocimiento que pronto se extendió al resto de las comunidades indígenas del centro de México. No en vano, el caudillo lanzó no pocos manifiestos en Náhuatl.

Es imprescindible mantener a Zapata en el lado objetivo de la historia, evitar asociarlo a versiones sesgadas del pasado. Es conocido que el problema agrario en Morelos se recrudeció durante en el porfiriato, pero sus orígenes se remontan a las luchas permanentes entre haciendas y comunidades que datan del siglo XVI. Zapata prácticamente no luchó contra Don Porfirio, lo hizo contra León de la Barra, Madero, Huerta y Carranza. Es importante añadir, que si bien, los carrancistas dieron la estocada mortal al zapatismo en 1919, los enemigos encarnizados del zapatismo fueron indígenas: el zapoteco Benito Juárez, aunque muerto antes del nacimiento de Zapata, pero quien desconoció los títulos de propiedad expedidos por los reyes de España a las comunidades, así como el huichol Victoriano Huerta y el juchiteco Juvencio Robles quienes ensangrentaron el suelo morelense.

Finalmente, y reforzando lo anterior, Emiliano Zapata fue un hombre de carne y hueso, de yerros y aciertos, de luces y sombras. Pero lo que es ineludible, es que más allá de constituir un blasón de orgullo para sus coterráneos, es la figura icónica, ejemplo de congruencia y dignidad, que hoy a 106 años de su muerte aún muestra el camino para hacer de Morelos, un fundo de tierra y libertad.

*Escritor y cronista morelense.

Foto cortesía del autor

Roberto Abe Camil