

Territorios en disputa. El rostro de la crisis
socioambiental tras la impostura del progreso
Héctor T Zetina Vega*
En el llamado Sur Global cada vez más territorios enfrentan una crisis múltiple que combina el despojo neocolonial con un veloz proceso de degradación ambiental. Esto se refleja en una lacerante desigualdad social que se impone desde los consejos de administración de los corporativos trasnacionales. Enfrentar estas dinámicas en el estado de Morelos requerirá una importante dosis de creatividad, enfoque en el ejercicio activo de los derechos humanos, conocimiento aplicado y la más amplia participación popular.
En el 2022 el estado alcanzó los dos millones de habitantes, con una mayoría en edad productiva y un envejecimiento progresivo. Pero este bono demográfico se desarrolla en un escenario no desprovisto de adversidades. Un estudio reciente del INEGI sobre pobreza resalta que el 35.4 por ciento de la población vive en una situación de pobreza multidimensional, con casi 150 mil personas en pobreza extrema, la mayoría niños. El 44 por ciento de la población total carece de servicios de salud y 54.7 por ciento no cuenta con servicios integrales de seguridad social (INEGI, 2024). En otras palabras, cientos de miles de personas en el estado enfrentan un futuro de precariedad; y, por lo tanto, con pocas herramientas de resiliencia frente a los impactos ecológicos y económicos impulsados por el modelo dominante.
Las lluvias intensas de la presente temporada colocaron a Morelos entre los estados más afectados, mostrando la fragilidad de un territorio herido por la deforestación y la urbanización desordenada. Sabemos que el calentamiento global potencia la energía del ciclo hidrológico y explica la mayor recurrencia de tormentas e inundaciones. Así que cuando la pobreza obliga a la gente a habitar en zonas peligrosamente vulnerables, como márgenes de ríos, barrancas o al pie de laderas inestables, los desequlibrios climáticos se convierten en verdaderas catástrofes sociales.

A ello se suma la violencia atribuida al crimen organizado. En Morelos se registró, durante el 2024, una tasa de 43.8 homicidios por cada 100,000 habitantes; para 2025, más del 90 por ciento de la población expresó vivir con miedo por la inseguridad, y la violencia alcanzó a casi al 70 por ciento de las mujeres mayores de 15 años. La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública del año anterior (ENVIPE 2024) reporta altas tasas de robo y asalto en la vía pública. La violencia, por lo tanto, no es un fenómeno aislado, sino que se entreteje con la desigualdad y el despojo por múltiples medios; erosiona los lazos comunitarios, inhibe la resistencia popular frente a la injusticia y refuerza la captura del territorio por intereses siniestros.
Pero, desde abajo, donde está la esperanza, no se carece de respuestas. Pueblos en defensa de la tierra y el agua, redes ciudadanas que se activan frente a las emergencias, jóvenes cada vez menos dispuestos a hipotecar su futuro y la permanencia de diversas prácticas culturales ancestrales ofrecen alternativas que combinan la justicia ambiental, la democracia local y la solidaridad comunitaria. Tal como lo señala el filósofo ecosocialista brasileño Michael Löwy, enfrentar el colapso socioambiental requiere una planificación democrática y ecológica guiada por dos principios fundamentales: el primero es el de satisfacer las verdaderas necesidades sociales como techo, salud, alimentación sana, cultura, educación y seguridad personal y comunitaria; todo esto en la misma medida en la que se respetan y protegen los equilibrios naturales.
Pero también hay que pensar a largo plazo. Los zapatistas de Chiapas nos recuerdan que la lucha contra el egoísmo social y la tormenta del colapso civilizatorio quizás vea sus frutos más allá del tiempo de nuestra vida personal. Esa perspectiva histórica y política de largo aliento, además de ser realista, nos invita a trascender el voluntarismo inmediatista, para mirar con más precisión lo que se construye para el futuro.
¡Alto al genocidio del pueblo palestino!
* Académico de la UPN y Coordinador del Observatorio Ciudadano de la Calidad del Aire de Morelos

Antimonumento a Samir Flores adornado con una kufiya palestina durante la recolección de firmas para exigir que el gobierno mexicano rompa relaciones con el estado sionista y genocida de Israel. Cortesía del autor

