Rocío Rodríguez Valentín, Lourdes Flores Luna, Angélica Ángeles Llerenas y Eduardo C. Lazcano Ponce.

El número de personas adultas mayores que viven solas (en un hogar unipersonal) continua en aumento. Este fenómeno se relaciona con el envejecimiento de la población, la disminución de las tasas de matrimonio y fertilidad, el incremento de los divorcios o separaciones, la migración de los hijos, así como la preferencia creciente por una vida independiente. Con ello, las redes familiares que tradicionalmente brindaban acompañamiento en la vejez se han visto fragmentadas.

En México, la presencia de personas adultas mayores que viven solas es cada vez más visible: rostros conocidos en nuestras calles o colonias, vecinos que antes vivían con sus familias y que hoy enfrentan sus días sin compañía. Datos del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), obtenidos a partir de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) Continua, muestran que en 2020 el 12.4% de las personas de 65 años o más vivía sola, cifra que se duplicó rápidamente durante la pandemia de COVID-19, alcanzando el 27.1% en 2021, es decir, alrededor de 1 de cada 4 personas mayores.

Vivir solo o sola en la vejez puede conllevar múltiples desafíos. Entre ellos, un menor acceso a redes de apoyo y cuidado, mayor vulnerabilidad ante emergencias, inseguridad económica, dificultades para realizar actividades cotidianas, menor control de las enfermedades crónicas, y mayor riesgo de problemas de salud mental. Además, las personas adultas mayores que viven solas pueden ser más vulnerables tanto al aislamiento social -entendido como la falta o limitación de contacto social con otras personas- como a la soledad, es decir, el sentimiento subjetivo de estar solo o sola. Un estudio llevado a cabo por el INSP reveló que, entre las personas de 65 años o más que vivían solas en México en 2021, 1 de cada 2 experimentó soledad y que 8 de cada 10 presentó aislamiento social.

El aislamiento social y la soledad representan un riesgo para la salud y la calidad de vida, y según la Organización Mundial de la Salud (OMS), ambos constituyen una “amenaza oculta para la salud que ya no podemos desatender”. Numerosos estudios muestran que el aislamiento social y la soledad incrementan el riesgo de depresión, ansiedad, enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo e incluso muerte prematura. La Comisión de la OMS sobre Conexión Social señala que la falta de contacto social puede aumentar el riesgo de fallecer igual o más que factores como fumar o la obesidad. Entre las personas adultas mayores que viven solas, puede haber quienes, pese a tener enfermedades o limitaciones funcionales, eviten pedir ayuda para no ser una carga, lo que reduce aún más sus posibilidades de socialización y de recibir apoyo. La ausencia de comunicación y actividades sociales puede generar un círculo vicioso que repercute tanto en la salud física como en la mental. De ahí la importancia de prevenir e identificar a tiempo el aislamiento social y la soledad.

Frente a este escenario, es necesario impulsar estrategias que fortalezcan la interacción social y el acompañamiento de las personas mayores, especialmente de aquellas que viven solas. Tomando en cuenta las características de los individuos viviendo solos con las prevalencias más altas de aislamiento social y soledad, el estudio del INSP propone enfocar las intervenciones en personas con baja escolaridad, bajo índice de bienestar y que no utilizan tecnologías de la información y comunicación, así como en viudos o viudas, residentes de zonas rurales, personas con discapacidad, sintomatología depresiva o ideación suicida.

Finalmente, es fundamental que la comunidad reconozca al aislamiento social y la soledad como problemas de salud y se involucre activamente. La vejez no debería vivirse solo o sola. Reconocer la vulnerabilidad de las personas adultas mayores que viven solas es el primer paso para construir un entorno más humano y solidario. Brindar compañía -una conversación, una visita- puede marcar la diferencia entre que una persona viva aislada y en soledad, o lo haga integrada en una red de apoyo que le brinde seguridad emocional, bienestar y sentido de pertenencia. Solo así podremos avanzar hacia una sociedad en la que se garantice la calidad de vida de las personas adultas mayores.

Intervenciones comunitarias para promover integración social en personas adultas mayores que viven solas:

  • Promover redes de apoyo personalizadas y programas de actividades grupales, presenciales o virtuales, con especial atención a los hombres.
  • Facilitar el acceso a internet y a la telefonía fija.
  • Impulsar la alfabetización digital con énfasis en los usos sociales de internet -videollamadas, mensajería, plataformas comunitarias- para mantener la conexión emocional con familiares, amigos o grupos de interés.
  • Diseñar programas comunitarios que combinen actividades sociales con la promoción de la salud.
  • Garantizar el acceso a servicios de salud, mediante modelos de atención primaria, que no se limiten a la atención básica, sino que también funcionen como espacios donde se identifiquen necesidades y se promueva el contacto social.

Publicado Originalmente en La Jornada Morelos. 22 de diciembre de 2025

La Jornada Morelos