
Vamos al cine, Carlos Saura invita
De imágenes también se vive. Casi unas memorias (Penguin, Random House, 2023), así se llama el libro que llegó a mis manos y a mis ojos como regalo de Reyes, pero no el 6 de enero como marca el calendario, debido a los caminos sinuosos que algunas veces recorren las entregas por mensajería.
Carlos Saura, gran cineasta y uno los directores del renacimiento del cine español —que lo rescataron después de la horrorosa época del franquismo—, nació en Huesca, Aragón, y cerca de cumplir los 90 años, en momentos de la pandemia, decidió compartir “esta especie de autobiografía ahora que tengo tiempo para pensar en el encierro de mi estudio, decido escribir estas reflexiones. Voy a tratar de poner en orden algunas imágenes, los recuerdos que han sido acumulados a lo largo de mi vida”.
En sus primeras reflexiones escribe: “He dividido parte de mi vida entre tres adicciones: la fotografía, el cine y la música. La fotografía da constancia de nuestra presencia aquí, me enseñó a ver la realidad con ojo crítico; el cine me permitió llevar adelante mis sueños; la música, valorar la armonía de los sonidos y estar más cerca de la ingravidez”. Estas palabras con las que abre su biografía guiaron mi lectura y, por instinto —tomando la palabra de mi amigo Luis Emilio Giménez Cacho en la presentación de un libro, hace unos días—, dentro del universo de “imágenes que también se viven” fui en busca de Saura, por esas sus adicciones.
De la primera de sus “adicciones”, la fotografía —que estuvo con él toda la vida—, Saura confiesa: “Ha sido mi compañera en este viaje que es mi vida, compañera a veces traicionada, pero jamás olvidada”, para después señalar: “Es un milagro la imagen que surge con parsimonia del revelado, bajo la luz anaranjada del laboratorio, y que un papel donde no hay nada, por arte de birlibirloque, se convierte en espejo, reflejo de un momento y testimonio del pasado inmediato”; y cierra estas ideas con las siguientes deslumbrantes palabras: “La fotografía es estática, la dinámica es interior, porque los rostros y los paisajes ya no se pierden en la niebla de la imprecisión —están aquí, frente a nosotros—. Nos permiten al mismo tiempo ir más allá, enriqueciendo nuestra memoria”.
Ahora los invito a seguir a Saura en otra de sus “adicciones”, el cine. Saura introduce, casi filmando: “La fotografía, la pintura y sobre todo el cine me han permitido mantener viva mi curiosidad por el mundo de la imagen”. Y desarrolla este pensamiento al comentar: “pertenezco a una generación que ha vivido y sufrido, amado y odiado a través de las imágenes que renacen con el ritual del cine, mi memoria se confunde con paisajes de otros mundos, no es un escape de la realidad, es un complemento de esta y una forma de vivir con intensidad la vida de los demás”.

En su vida este gran artista, aragonés por parte de madre y murciano por ascendencia paterna, nos ha regalado películas maravillosas. Quién que sea de mi generación no recuerda, por ejemplo, Cría cuervos —ganadora en el festival de Cannes—, Ana y los lobos y ¡Ay, Carmela!, ambas premiadas en Berlín, y el extraordinario y conmovedor documental Flamenco. En sus memorias nos habla de las películas mudas de Fritz Lang, de su amistad con Altman, de su relación con Kubrick y de su admiración por Hitchcock. En otros pasajes nos habla de su pasión por las imágenes literarias de Borges y Pessoa. Dedica un capítulo completo a Chaplin y, además de su admiración por “el más grande actor que ha tenido el cine en su historia”, nos cuenta que formó parte de su familia al casarse con su hija Geraldine.
Páginas más adelante dedica un largo capítulo a su paisano, el otro genio del cine, Luis Buñuel, con quien construyó una gran amistad y una admiración mutua que atestiguan sus cartas. En una de estas Buñuel escribe:
“Mi querido Carlos:
“Recibí tu carta, que francamente me emocionó. Con el pretexto de hablarme de Tristana muestras la afición y cariño que me tienes y que sabes muy bien no supera el mío”.
En respuesta —sólo transcribo algunos párrafos de una larga carta— Saura le dice:
“Querido Luis:
”Cuando a los dieciocho años decidí dedicarme a la fotografía, de Luis Buñuel sólo sabía que estaba prohibido, que era aragonés y que en los años veinte había hecho en Francia algunas películas experimentales. […] Me parece un poco inútil decirte que eres uno de los más grandes cineastas y preferiría no repetir que has hecho películas llenas de inteligencia, antirretóricas, llenas de humor —un humor aragonés, no se me ocurre una mejor definición—. Además, eres de los cineastas que han puesto títulos más hermosos a sus películas: Los olvidados, Él, El ángel exterminador, El discreto encanto de la burguesía, La Vía Láctea y Ese oscuro objeto del deseo”. Carlos Saura termina su carta con estas palabras: “Bueno, querido Luis, perdóname que haya dejado todo a medias, ya sabes que nunca me han gustado las obras bien terminadas. Algún día, quizá, me gustaría escribir de ti con más amplitud”.
Al avanzar en la lectura fui en busca de su pasión por la música porque —me atrevo a decir— aunque era aragonés siempre, según sus palabras, había “sentido una irresistible atracción hacia ‘el Sur’ y especialmente por Andalucía”. Sin duda, por esta razón dedica todo un capítulo al flamenco y pienso que algunos pasajes de dicho texto son una buena forma de cerrar este viaje con Saura y sus “adicciones”, además porque —debo confesar— el flamenco es una de la músicas, cantes y bailes que más me llegan y apasionan.
Aquí dejo algunos destellos que escribe Saura sobre esa profunda música, que presenta como si fueran cantes: “Me he acercado al flamenco de puntillas, con respeto a esa música que siento en lo profundo y que, al mismo tiempo, se me escapa de los dedos” […] “Son variados los mimbres que hacen el cesto del flamenco, crótalos griegos, jarchas mozárabes, cantos gregorianos, romances de Castilla y lamentos judíos, el son de la negritud y el acento del pueblo gitano que viene de la lejana India para quedarse aquí: el pueblo andaluz y gitano que se entremezclan para formar lo que hoy llamamos flamenco y que se expresa mediante el cante, el baile y la guitarra”. Y esto que bien podría ser la letra de una bulería: “El flamenco es sin duda una decantación de ritmos que un día, por ese milagro del nacimiento de las cosas nuevas surge de la oscuridad para brillar con brillo propio. Su pervivencia, su vitalidad y su modernidad son las muestras más palpables de su excepcionalidad”.
Al referirse a la evolución de esta música no podía dejar de mencionar a dos grandes. Nos habla, por supuesto, de El Camarón de la Isla: “Camarón es la modernidad creativa y la hondura del cante flamenco gitano y profundo. Su entrega al cante es tal que da la impresión de que se va a romper. Su guitarrista Tomatito y que es un gran tocador flamenco me dice con seriedad ‘Él es único, un artista único, un genio’”. Y de Paco de Lucía nos dice: “Paco de Lucía, desde que lo conocí como artista, ha crecido. Ha madurado, se ha estilizado, difícil una perfección mayor. ¡Y qué aparente facilidad! Es la facilidad de un artista superdotado, y de horas y horas de trabajo sentado en la silla de anea, abrazando a ese instrumento perturbador que es la guitarra”.
Carlos Saura plasmó en el cine su amor por el flamenco al filmar tres obras maestras: el documental sobre esta prodigiosa música titulado Flamenco, así como Bodas de sangre y Carmen.
Al terminar de leerlo y disfrutar las decenas de fotografías que lo ilustran, este regalo de Reyes mereció, en honor a su autor, intentar palmear y zapatear como un gitano que vive en Portales.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.


