Regreso a nuestra casa de Torrelodones

 

Dejamos Galicia —emocionados por lo vivido en esas tierras— rumbo a Madrid en un tren lleno de andarines que por semanas recorrieron el camino de Santiago. Después de un trayecto en el que desde la cafetería escuchaba las aventuras de estos caminantes llegamos a la estación de Chamartín para conectar con un tren de cercanías que nos llevaría a Torrelodones. En ese transbordo, debido a que Chamartín estaba en obras, tuvimos la monserga de cargar nuestras pesadas maletas por varias escaleras, dificultad y esfuerzo físico que nos enseñó que en próximos viajes debemos ir, como dijo Machado, “ligeros de equipaje”. Ya sentados en el otro tren, al comentar los muchos molestos y apremiantes inconvenientes de tener que subir y bajar maletas en los trenes, y bromeando sobre nosotros mismos, Laura recordó cuando nuestro compadre Rafael Pérez Gay, en un episodio de su imperdible programa, -La otra aventura-, citaba a la poeta argentina Alejandra Pizarnik quien en una de sus últimas cartas escribió: “Que me roben las maletas y yo pueda viajar con las manos libres”.

Al llegar a Torrelodones nos esperaba Maribel, amiga y anfitriona que pasó por nosotros en su auto, pensando justamente en nuestro equipaje, ya que la estación está a tan sólo 10 minutos andando desde su casa. En el breve trayecto a casa le pedí que hiciera una parada —para mí obligatoria— en el Zeppelin, mi bar favorito. Todas las ocasiones en las que me he alojado con Maribel este lugar ha sido más que un bar, se ha convertido en mi estudio desde donde he escrito varias de mis Vagancias. Después de brindar por nuestro nuevo encuentro llegamos a la casa que, sí, siempre he sentido como propia debido a la calidez y generosidad familiar con que somos recibidos. Nuestra estancia durante estos magníficos días la comparto, como decíamos en la secundaria, en episodios.

En mi desayuno a media mañana en el Zeppelin, frente a un montado de lomo con pimientos planeé tomar nota de los bares y tabernas del centro de Torrelodones. Con mi libreta en mano abordé el autobús urbano de la línea 1, que lleva al centro. Bajé en la Plaza del Caño y reconocí la calle donde está el Club Torre 72 —llamado así por el año de su fundación— en donde comería por la tarde. Al cruzar una calle se encuentra la amplia plaza peatonal, poblada a ambos lados por el sabor único que dan las tabernas y los bares. Tomé nota de siete de ellos y en cada uno conversé con los camareros sobre la historia del lugar y la peculiaridad de sus nombres. Aquí se los presento en orden de aparición: Bar Plaza Central, Taberna La Martina, Hermanos Martín Aparicio Bar; otro que sólo ponía Taberna y Tapas y más adelante se encuentran La Posada y El RanXo; y uno gallego: La Sidrería de Bulnes. Confieso que sólo en uno de estos bares pedí mi aperitivo antes de ir al Club Torre 72 para ser recibido por un camarero que se acordaba de mí gracias a mi sombrero rojo. Sólo de verme, José me puso sobre la mesa unas tapas para acompañar la primera caña; de inicio unas croquetas de atún y luego unos trocitos de pollo rostizado con hierbas. Del menú del día no tuve duda, pues los martes la especialidad es cocido madrileño.

El siguiente episodio fue cuando abordé un autobús de una línea distinta. Esperando el de la línea 1, que tardaba en pasar, se detuvo uno de la línea 3. Por curiosidad le pregunté a la joven conductora si sabía sobre el retraso de mi autobús, su respuesta fue muy amable y, sonriendo, me preguntó a dónde iba. Al conocer mi destino me dijo: “No se preocupe, yo voy a la terminal, lo puedo dejar en la Casa de Cultura, que está muy cerca de adonde desea ir”. No tardamos mucho en llegar a la sorpresa que me esperaba. El autobús me dejó frente a un edificio de una sola planta y, al bajar, impactado, leí en su frontis: “Casa de Cultura Paco de Lucía”. El solo nombre de este extraordinario guitarrista me hizo entrar al edificio en cuyo _hall_ estaba montada una exposición de pintura. También había una pequeña oficina de atención al público donde, además, un hombre vendía entradas para futuros espectáculos. Fue a ese hombre a quien le pregunté por qué la Casa de Cultura estaba dedicada al gran músico gitano. Para darme su respuesta Manuel me propuso entrar al teatro que alberga este centro cultural, me hizo subir al escenario y con orgullo justificado comentó: “Aquí, en el lugar donde está usted parado, Paco de Lucía interpretó en vivo, frente al maestro Joaquín Rodrigo, el _Concierto de Aranjuez_”, al tiempo que me señalaba la butaca que esa noche ocupó Joaquín Rodrigo, el compositor de esa obra maestra. Debido a la emoción de lo que acababa de oír no pude pronunciar palabra. Esa maravillosa escena no hube de imaginarla porque tiempo atrás ya la había visto, igualmente emocionado, en un magnífico filme titulado Paco de Lucía, luz y sombra, dirigido por Michael Meert, en un CD que compré hace años en Sevilla y que ahora, después de escribir este párrafo, veré de nuevo en la pantalla de mi casa de Cuernavaca.

Al día siguiente Maribel tenía una comida con amigas en un restaurante del barrio de Salamanca de Madrid y, al saber esto, Laura propuso aprovechar el “aventón” para comer nosotros en uno de nuestros lugares favoritos, muy cerca de donde Maribel tenía su compromiso. Cuando terminamos nuestra espléndida comida en El Barril, en la calle Goya, nos comunicamos con Maribel, tal como habíamos quedado, para regresar a casa, pero ella nos sugirió que la acompañáramos en la sobremesa con sus amigas. En un muy elegante salón, sentados en cómodos sillones, fue donde esa tarde sucedió otro venturoso episodio. En la mesa donde estuvimos con Maribel y con Teresita y Elsa —a quienes no conocía, pero que fueron grandes amigas de Pedro Costa y vieron crecer a su hijo Pau Costa— junto con Carol, la madre de Pau, y con Yolanda Rendón, tía de Ciro y Úrsula Murayama, fuimos dibujando el árbol genealógico de la amistad que hemos visto acrecentarse a través de los años. Con nostalgia y placer aparecieron las más antiguas de sus ramificaciones, que se han entrecruzado en forma de espiral. Carol, madre de Pau y primera esposa de Pedro, recordó que Víctor Mesalles fue quien tejió la primera ramificación de esa amistad. En los años setenta este joven español llegó de Chile a México, huyendo tras el golpe de Estado al gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende al cual había estado apoyando, y estableció una muy cercana relación con Rolando y Fallo Cordera. Esta amistad con Víctor —catalán, pero con alma gitana— abrió las puertas al mundo de Pedro Costa y Maribel Álvarez a muchos amigos mexicanos. De dicha rama Ciro conoció a ambos en la época en la que Alfonso, su amigo y compañero de estudio, le presentó a Marta Cebollada, un encuentro que se convirtió en lo mejor que le ha pasado a Ciro en su vida en España. Al escuchar el nombre de Alfonso —hoy un gran economista— me llegó la imagen de cuando visitó la casa de la Palmera en Portales y del día en que mientras presenciábamos un juego de beisbol en el parque del Seguro Social nos tomamos unos tequilas clandestinos. Ya encaminada la construcción del árbol genealógico, Maribel trajo a la plática cuando Úrsula, en una de sus visitas a su hermano Ciro, que estudiaba el posgrado en Madrid, durante una comida cruzó miradas con Pau Costa, gesto que él correspondió contento al saber que aquella guapa chica era hermana y no novia de Ciro —tal cambio de señales los llevó luego a vivir juntos y tener hoy día dos fantásticas hijas—, y no se omitió recordar que el flechazo fue en 1999 en un asador cerca de la Puerta de Alcalá. Otros muchos nombres de amigos españoles surgieron al avanzar la conversación; así también las fiestas con Marisol y Alberto en la casa de Aravaca, y las interesantes pláticas alrededor de un buen tinto con el querido Santos Ruesga, profesor de Ciro.

Esta reunión nos demostró el peso de las maravillosas travesuras que los duendes Serendipity suelen construir. Con esa certeza nos despedimos no sin antes comentar que, al enterase de que al día siguiente Laura daría un concierto, nuestras nuevas amigas, Teresita y Elsa, cambiaron sus planes y cancelaron una cena y un viaje para asistir a la presentación.

Estimados lectores, para cerrar esta Vagancia, que llegará después de Navidad, en la próxima entrega les avisaré si resulté afortunado en la Lotería Nacional de Navidad de España con el “cachito” que me regaló un aragonés —vecino de mesa con quien conversé en un restaurante de Compostela—, si es que el número 82571 salió premiado.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Jorge “El Biólogo” Hernández