Santiago de Compostela. O Milagre

 

Esta Vagancia inicia con el título del libro escrito por Daniel Asorey e ilustrado por Blanca Millán, publicado por Tintablanca. Y qué mejor que quien nos reciba sea alguien que ama esta ciudad. Aquí les comparto las mismas palabras con las cuales Asorey inicia su obra: “Compostela es un milagro. Alguien podía pensar que esto parece una exageración interesada de quien vive en ella. Pero en este caso es real, os lo aseguro. Me lo confesó una sombra. Me contó la sombra que con el tiempo el cielo dibujó mapas de estrellas, senderos de luz que llevaban siempre a Compostela”.

A ese milagro llegué a pesar de mi torpeza e ignorancia, ya que nunca había tenido interés en conocerlo. Sin embargo, desde el arribo al Arco de Mazarelos, específicamente a la calle Tránsito de los Gramáticos, supe lo fantástico de la ciudad a la que habíamos llegado. Descubrirla día a día, paso a paso, fue una aventura de tal emoción que mi memoria y mis notas la presentan sin un orden cronológico, pero fieles a las sensaciones y a los lugares donde se vivieron, y como dicen los españoles, “¡vamos a por ellas!”.

Como bien anota Daniel Asorey, “En Compostela se convive con miradas. Sus calles son lugares que acogen. Conversar con sus habitantes es escuchar las palabras que salen de juglares”. Los sonidos de la música callejera que escuché dibujaban alegría y me impacté —como describe el propio Daniel— ante “las uvas de piedra trepando exuberantes por las paredes hasta hacer explotar las fachadas en un tumulto de adornos felicísimos”. Cómo no vibrar al escuchar las voces inconfundibles de los poetas que la habitaron, al recorrer sus plazas vestidas por el teatro de Lorca, y al deleitarme con los deliciosos e infinitos sabores de su comida.

Acompáñenme a través de estas emociones, pero —como decía mi amigo, el arquitecto Eduardo Velázquez, cuando diseñaba y construía— partamos de algo. Siguiendo este sabio consejo los invito primero a un recorrido por los lugares donde encontré la vasta gastronomía gallega; no hacerlo sería una insensatez, un egoísmo imperdonable. Preparen su apetito, que no parará desde la mañana hasta la noche. La tarde-noche de nuestra llegada nos recibió a muy a pocas cuadras de unos callejones de vibrantes cafés, bares y pequeñas tiendas. Donde alucinamos por primera vez con las comidas de la ciudad fue en la Pulpería O Piorno, al probar un pulpo a las brasas sin más aderezo que un rociado de granitos de sal de mar. Esta alucinación de sabores nos acompañó durante aquellos cinco días. Los convido a sentarse a nuestra mesa en las comidas, en algunos desayunos y, por las noches, a picar algo.

En el camino por los callejones desde la Plaza Medina donde se encuentra su famosa catedral, hasta la calle Franco que lleva a la Alameda, los restaurantes en vez de ventanas tienen acuarios donde nadan o reposan langostas apretujadas, cangrejos gigantes, cigalas o gambas; asimismo, pueden verse en sus aparadores, como si fueran esculturas, enormes pulpos y, sin falta, afuera de todos estos restaurantes, sobre una mesa, se exhiben los clásicos cortes de carne de Galicia, los descomunales chuletones de buey y de ternera. Debido a este ramillete de sabores que anunciaba la vista y por el trato de un mesero muy divertido que invitaba a entrar al lugar, reservé para la hora de la comida una mesa junto al acuario que daba a la calle. Les comparto el nombre del lugar en donde ese día nos deleitamos con los mariscos de la ría, Restaurante Marisquería A Barrola. De primero pedimos un agasajo de conchas de vieiras y zamburiñas y, después de que con sus saltos en el acuario unos bogavantes salpicaron a Laura con su agua salobre nos los comimos preparados a las brasas, acompañados de una delicada mayonesa casera. Todo esto ocurría mientras Laura no le quitaba la vista a un chuletón que nuestros vecinos de la mesa de enfrente comían gustosos. Lo apuntó en su bitácora y confesó: “Vamos a venir algún día por él, eso no me lo pierdo”,

tema que no borró de su memoria, así que dos días después regresamos al A Barrola por ese chuletón gallego de ternera a las brasas acompañado con patatas. La dimensión y sus sabores… una vez más, declaro mi imposibilidad de describirlos.

El paisaje de ventanas-acuario se repitió el día siguiente. Después de una caminata por la calle Franco hacia la Alameda me senté a tomar el aperitivo en la terraza de un bar a la entrada de este lugar tan arbolado. Por intuición, en el camino había decidido dónde comer esa tarde, en el restaurante llamado El Pasaje el cual tiene una entrada estrecha y una escalera que lleva a unos salones; al subir escogimos el que da hacia la calle. Cuando vimos la carta y probamos lo que nos sirvieron supimos que había sido una gran elección, pero no por conocedores sino porque equivocarse de lugar para comer en Compostela es imposible. Siéntense cómodamente, compañeros de este viaje interminable, y afinen el paladar para saborear de entrada un pulpo a la feira; y como segundo, que nos dejó mudos, nos sirvieron una fideuá de frutos del mar gallego, de esos que un amigo aragonés dice que se guisan solos. Para lo que recuerda mi memoria paliativa sólo cabe la expresión: ¡waw…! Regresamos a El Pasaje, ese gran restaurante, en nuestro último día para no perdernos su arroz caldoso de mariscos.

En este tour gastronómico no pude omitir las maravillas absolutamente gallegas que encontré en los desayunos. Sabía de la fama de la tortilla de Betanzos, tres distintas personas me dijeron dónde encontrarla, en el Bar la Tita. Antes de pedirla me acerqué a la cocinera para preguntar cómo se cocina esa delicia que genera pasiones en Galicia y anoté sus palabras en mi libreta: “Esta tortilla de patatas es única por su textura tan especial, debe ser muy jugosa, casi líquida en el interior, con las patatas pochadas en su punto y sin cebolla. Es sencilla en ingredientes, pero requiere mimo para lograr el resultado cremoso que la distingue”. Esa mañana enloquecí con una ración completa. Al día siguiente, por supuesto, regresé a desayunar a La Tita, pero ahora la misma cocinera casi sin preguntar me sirvió otra especialidad del lugar, un bocadillo de Zorza, que es una delicia de lomo de cerdo cortado en cachitos, adobado con especias y aceite de oliva.

Durante las noches nos dimos el gusto de satisfacer los antojos que veíamos al pasar; una noche comimos unas bocatas de jamón ibérico cortado de una paleta frente a nosotros y, obviamente, otra noche, no podíamos perdernos las empanadas gallegas de bonito y bacalao.

Estimados viajeros, descansen su paladar y preparen sus emociones para acompañar el descubrimiento de libros, librerías, esculturas, monumentos, música, pintores y, definitivamente, para encuentros inesperados.

*Bailarín tropical apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Una captura de pantalla de un celular con texto e imagen

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Jorge “El Biólogo” Hernández