

Un día deseado por Sabines
Alguna vez el poeta chiapaneco escribió que debería haber un día entre el domingo y el lunes. Este magnífico día del que les hablaré parece haber cumplido el deseo de Jaime Sabines. Como dicen los españoles, fue tan potente este viaje interminable, que lo vivido en él —me atrevo a decir— se escribe solo; sus protagonistas, los paisajes y los sabores de sus encuentros me lo están dictando palabra por palabra.
Así, obediente, tomo nota de ese lunes 15 de septiembre —tercer día de viaje en Madrid— en que salí por la mañana de nuestro hotel en la calle Santa Engracia en el barrio de Las Salesas —para más detalles, ubicado a pocos pasos de la estación del metro Alonso Martínez— a fin de caminar hacia el Cruz Blanca, mi bar favorito de ese rumbo, no sólo para almorzar algo sustancioso dado el horario digestivo trastocado por el cambio de horario, sino también para saludar a un amigo, el camarero “el Mudo” —apelativo puesto por sus compañeros— quien hace un año me obsequió un pin del Atlético de Madrid. Esa mañana, en reciprocidad, le di una playera del América —lo confieso, preparado para los chiflidos que recibiré por parte de algunos lectores de estas Vagancias— misma que se puso de inmediato para tomarse una foto ante los aplausos de sus compañeros. Mientras comía mi revuelto de morcilla de Burgos y charlábamos sobre su equipo recordó lo mucho que gozó haber probado los tacos de carnitas en el restaurante Los Carnales, propiedad de mi amigo Diego Cordera, el que le recomendé la última vez que nos vimos. Al salir de ahí comprobé una vez más por qué a mi amigo le dicen con tino “el Mudo”, pues es un conversador sin freno.
Ese lunes Laura y yo estábamos emocionados porque en la noche nos reuniríamos con Alberto Agudo, con Miguel Sánchez Gatell, el poeta —aunque dice que “como los de verdad” ya no lo es—, y Nines, su increíble mujer. Los dos primeros, conocidos de Laura de años por haber trabajado juntos en temas editoriales. Alberto, un profundo conocedor de su ciudad y, sobre todo, de dónde comer bien, fue quien decidió que el lugar para la cena fuera La Carmencita. ¡Qué mejor lugar!, pensé durante mi extravío del día anterior por el metro y sus estaciones, y cito al escritor Carlos Osorio al describir La Carmencita en su libro Tabernas y tapas en Madrid: “Hermosa casa de comidas en la que se inspiraban, al olor de sus guisos, nuestros mejores poetas. La frecuentaron Pérez Galdós, el dramaturgo Benavente, el torero Bombita, Miguel Mihura y Edgar Naville” y no sólo ellos, como nos relata Osorio: “La Generación del 27 se dejó alimentar por doña Carmencita. Aquí estuvieron Federico García Lorca, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Miguel Hernández, este último se sentaba a escribir en una de las mesas que hasta hace poco tiempo ha estado junto a la puerta”.
Esa tarde, mientras yo me perdía por las calles, Laura fue al Museo Reina Sofía a saludar a Picasso y encontrar una exposición fantástica de la artista fotográfica Marisa González cuya obra tiene como foco los asuntos laborales con perspectiva de género. El impacto que le causó la exposición fue tema de conversación durante la cena.
Por mi parte, ese lunes, después de mis equívocos voluntarios entre estaciones del metro con nombres de músicos y literatos —que comenté en la Vagancia anterior— la siguiente búsqueda fue la de mis “museos”, es decir, la de tabernas desconocidas. Aunque, por precaución para llegar entero a la cena, sólo en una de ellas tomé un vino y comí. El tour siguió lo escrito por Carlos Osorio en su libro: primero fui al número 18 de la calle Huertas, junto a la Plaza Santa Ana, a la Casa Alberto la cual encontré sin dificultad gracias a su portada en madera pintada de rojo. De ahí continué el trayecto planeado, sin perderme esta vez, hacia la Puerta del Sol para llegar a la Casa Labra, en Tetuán 12, sitio fundado en 1860 por uno de los muchos asturianos que llegaron a esta ciudad.

La próxima parada, y en donde deseaba tapear, estaba por el rumbo en donde sería la cena, así que tomé el metro que me llevaría a la estación de Chueca. Busqué esta antigua taberna para comer unas lentejas y conejo con tomate; solamente medias raciones porque sabía que la cena sería sin duda sustanciosa. Cerca de la estación del metro, en la calle Augusto Figueroa, me esperaba el lugar donde comí esas delicias, la Tienda de Vinos, conocida popularmente por mucho tiempo como El Comunista, ya que ahí se reunían los socialistas cuya sede, la Casa del Pueblo, estaba en la vecina calle Piamonte. Ahí, en la Tienda de Vinos, frecuentada por los poetas y hermanos Antonio y Manuel Machado, tuve la suerte de que el cantinero me mostrara una joya que se conserva como reliquia, la plumilla que usaba Jacinto Benavente.
Ese lunes de vagancias terminó con mi caminata hacia la calle Libertad, en el barrio de Chueca, en una de cuyas esquinas se encuentra La Carmencita. Los comensales llegamos puntuales a la hora propuesta y ocupamos la mesa reservada —contigua a aquella en la que Miguel Hernández solía escribir— donde gozamos estar juntos nuevamente Alberto, Miguel Sánchez, Nines, Laura y El Biólogo y bailarín tropical Hernández.
Como es costumbre de este selecto grupo, la tertulia fue genial, llena de recuerdos de nuestros encuentros en los que volvió a surgir la escena que Alberto y Miguel no olvidan de la primera vez que estuvieron en nuestra casa de Portales, cuando según sus dichos les pedí de forma imperiosa que a los pies de la histórica palmera de la casa se hincaran e hicieran una reverencia. Otras muchas carcajadas resonaron cuando —ante la mirada atenta de Nines y El Biólogo— Alberto, Miguel y Laura recreaban nuevas versiones de las divertidas historias de sus reuniones de cuando trabajaron juntos en México.
Afortunadamente, la referencia a la poesía no podía dejar de estar presente sobre todo en ese lugar. Así, como si nada, sin decir “agua va”, Miguel Sánchez nos contó: “Vicente Aleixandre y mi madre se conocieron en las tertulias que él tenía en su casa de la calle Velintonia, adonde habían ido muchos escritores de esa época (años 1950-1960) y, por supuesto, antes el mismo Lorca había estado allí en los años treinta. Mi madre y Aleixandre tuvieron una amistad por años, por ello le dedicó personalmente libros de su poesía que publicó en esos años. Uno fue Historia del corazón y otro En un vasto dominio, ahora esos ejemplares los tengo yo en casa. También quiero comentarles que ellos mantuvieron una frecuente y sustanciosa relación epistolar”. Ante lo que acabábamos de escuchar yo solamente pude tartamudear para pedirle a la camarera que pasaba: “Por favor, ¿nos pone unos orujos para brindar con este señor?”.
Nos despedimos en la calle, no sin antes confirmar nuestra próxima reunión, impostergable, que se cumpliría al disfrutar la voz de Laura durante su concierto, programado en un club de jazz en Madrid, dos semanas después. Con abrazos despedí ese día que fue construido entre el domingo y el lunes.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.


