

Un viaje interminable narrado paso a paso
Afinal, a melhor maneira de viajar é sentir.
Fernando Pessoa
Este viaje interminable lleno de afectos y emociones comenzó con la llegada a Madrid, el sábado 13 septiembre, y beber la primera cerveza en una terraza con amigos de siempre, quienes bajaron de su departamento para producir las primeras sonrisas y anunciar el primer encuentro inesperado.
Después de esa cerveza en la terraza del Bar de Pepa, Pau Costa y Úrsula Murayama nos invitaron a subir a su departamento donde habían organizado una cena para Yolanda Rendón, la tía de Úrsula, que llegaba de la Ciudad de México, y Carol, la mamá de Pau y que venía de San Francisco, California.
A la reunión llegaron dos personas más que no conocía, Gustavo Bernal e Inés Gómez, su mujer. Ahí se produjo el primer encuentro inesperado de este viaje por dos razones. La primera fue que Gustavo, joven venido hace años de Toluca a vivir a España, es amigo de toda la vida de un amigo mío quien, a su vez, fue alguien importante en la publicación del libro El brillo del diamante, que escribí junto con Ramón el “Abulón” Hernández. La segunda razón fue que él e Inés, una andaluza fantástica, viven ahora en Granada, sitio que visitaría en los próximos días, por lo que al primer brindis prometieron guiarme y recorrer los alrededores de la ciudad cuando la visitara; el recorrido resultó tan fantástico que ameritará, más adelante, una crónica detallada. Pero ahí no acabó la sorpresa de este encuentro, pues el amigo mexicano de ambos es Juan Prieto quien cuando niño fue alumno de Laura y ella lo recordó de la época en que le daba clases de inglés en la escuela primaria “Ermilo Abreu”, la misma escuela —otra coincidencia— donde también fue maestra de Úrsula. Un aviso, queridos lectores, las historias de este viaje darán cuenta de una especie de árbol genealógico de la amistad cuyos protagonistas lo han ido construyendo a través de muchos años. Estas ramificaciones, que parecen tejidas en espiral, me permitiré señalarlas en estos textos como si estuvieran coloreadas con crayones.

Los tres días siguientes fueron aprovechados para caminar por el espacio para mí aún más satisfactorio y sorprendente que los museos, La Calle, así con mayúsculas. Recorrer las calles de Madrid con sus terrazas, sus bares, sus tabernas y sus librerías, y hablar con desconocidos, es un placer íntimo e inigualable.
Ese domingo, el lunes y el martes, antes de llegar puntual a dos comidas y una cena, me di el gusto de recorrer la ciudad por horas, me perdí más de un vez sin preocupación alguna, regalo maravilloso que nos dan los viajes de placer. Creo, incluso, que en ocasiones lo hacía deliberadamente al tomar la línea incorrecta del metro sólo por seguir los atrayentes nombres de las estaciones. El domingo me dirigí hacia la estación Paco de Lucía, en vez de hacerlo en el sentido opuesto que era el camino correcto hacia mi destino. A sabiendas de mi error, me bajé y recorrí las calles que circundan esa estación del metro no por mucho tiempo, sólo hasta encontrar la primera taberna para beber un “chato” de manzanilla en honor de ese genio de Algeciras.
Estos extravíos voluntarios los repetí, ahora como una travesura, siguiendo por las calles con nombres de artistas de la literatura y la música. Esa mañana continué para perderme por Manuel de Falla, en esa calle desayuné un montadito de lomo con pimiento, después busqué en el metro la ruta con la cual recordar la poesía. Me bajé en la estación Antonio Machado para, ya en la calle, quitarme en su honor mi sombrero rojo. Seguí mi trayecto tres paradas del metro más para saludar a Vicente Aleixandre. Detuve mi travesía por la literatura, ya que a la noche siguiente cenaría en un lugar donde los señores de la Generación del 27 solían reunirse para comer.
Ese domingo, sin embargo, después de mis recorridos y para llegar a tiempo a la comida, tomé la precaución, por la hora fijada que se acercaba, de revisar con cuidado el plano del metro, plasmado en la entrada de la estación donde me encontraba, revisé mi ruta y las conexiones que me llevarían a mi destino, el restaurante El Castizo. La estación donde debía bajarme para llegar al restaurante lleva el nombre ni más ni menos que de uno de los pilares más luminosos y reveladores de la pintura; mi destino, sin saberlo, era la estación Goya. Tuve tiempo de caminar una parte de Goya hasta la esquina con Alcalá donde se encuentra El Castizo, situado en el barrio igualmente castizo de Salamanca. La cita y reservación habían sido hechas por nuestra sobrina Gisela, quien ya es una madrileña, y su marido Raúl, también de Marbella. El lugar fue elegido con base en los gustos culinarios de su maravillosa hija Sofi, que a sus cuatro años ya sabe que uno de sus platillos favoritos es —pienso que por influencia andaluza de sus abuelos paternos— el salmorejo. Laura y yo, sin dudar, pedimos también ese delicioso platillo cordobés, elaborado a base de tomates maduros, pan duro del día anterior y salpicado de taquitos de jamón serrano.
La divertida plática estuvo llena de bromas con Raúl lo que nos llevó al futbol, sin dejar de pasar por el Real Madrid, su equipo favorito. Yo lo provocaba diciéndole que le iba al Marbella, entre las risas de Laura y Gisela. Pero lo que nos hizo gracia fue la manera en que Sofia corregía mi castellano, incomprensible para ella; sobre todo, cuando todos hablamos por teléfono con Erika, la hermana de Laura y madre de Gisela, y al oír que yo le decía a mi cuñada la broma familiar de siempre: “¡Pero te peinas!”, la cara de Sofi se transformó. Con los labios apretados, la cejas levantadas y los ojos como platos dijo, indignada, tomando el celular: “Abuela, ¡te ha dicho que te peines!”, haciéndonos reír a todos por su grave expresión.
Al terminar de comer nuestros sobrinos propusieron ir a la Casa del Libro a pocas cuadras de distancia. En esa alucinante librería de la calle Goya adquirí los dos primeros libros de este viaje. El primero es uno que me recomendó Pepe Woldenberg, cuyo título sugerente y su historia contada en una crónica publicada por el propio Pepe en su columna semanal, invita sin duda a leerlo, se llama El barman del Ritz, del autor francés Philippe Collin. El segundo, recomendación de otro amigo, el abogado Guillermo Govela, es de la autoría de Javier Marías y se titula Todas las almas, ejemplar que le agradecí a Raúl quien con todo cariño lo pagó para dármelo como obsequio de bienvenida.
Así acabó el domingo, que por lo bien que lo pasamos hacía olvidar el jet lag que empezaba a hacer sus estragos.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.


