

Un joven de cabello largo
Hoy les presento en esta Vagancia el resumen de un texto que aparece en un libro colectivo y publicado como reconocimiento a mi amigo Raúl Trejo; lo escribo desde el mismo bar donde escribí en su momento el texto original y desde la misma mesa, siendo atendido una vez más por Javi, el camarero de siempre de este mi restaurante-bar favorito de Torrelodones.
Dicen mis recuerdos que mi primer encuentro con Raúl Trejo Delarbre fue en el tercer piso de un edificio de la colonia Roma, localizado cerca de Insurgentes a la altura del famoso letrero que anunciaba las zapaterías Canadá. Conocí a Raúl en 1973, en las oficinas de la revista Punto Crítico, ubicadas en la calle de Zacatecas. Ambos éramos muy jóvenes, él era un muchacho esbelto como hasta ahora, sólo que con el pelo más largo, y yo también era delgado pero con una cabellera mucho más larga que me rebasaba los hombros. Los invito a acompañarnos en este recorrido, a algunas de nuestras andanzas y travesías.
En la libreta de notas difusas que es mi memoria aparecen estampas de lugares, reuniones, fiestas y viajes que se entrecruzan, la mayoría muy gratas, incluso las tristes las compartimos y fueron sobrellevadas al estar cobijadas por nuestro afecto.
Aparentemente de carácter distinto, Raúl discreto y prudente, y este biólogo alocado y no pocas veces estridente, en todos estos años de conocernos jamás hemos tenido una discusión o un malentendido, ello sin duda debido a la sabiduría de Trejo.
De Raúl prefiero, más que escribir, contar nuestro camino juntos a manera de una charla festiva de sobremesa para lo cual le pediré a un mesero imaginario que me sirva un tequila Siete Leguas para abrir boca. Esas imágenes las compartiré trastocadas en su nitidez por la ficción que produce el paso de los años. Como en toda tertulia, mi mente taciturna me presenta los recuerdos sin orden alguno, como si fueran producto de un juego de azar, de unos dados que ruedan en la mesa.

El tiempo que hemos pasado juntos, más allá de las calles, creo que lo hemos disfrutado en nuestras casas; la suya en Coyoacán durante los primeros tiempos y más tarde en la calle de Amores y, por supuesto, la casa de la Palmera de Portales. Desde que nos conocemos, en las tres hemos gozado cada una de las victorias y sufrido hasta la depresión las derrotas de México en los mundiales de futbol. No olvido, a pesar del adormecimiento de mi memoria, un momento deportivo inolvidable. Fue en su departamento de Avenida México cuando vimos por televisión el golpe en gancho de derecha que Julio César Chávez conectó en los últimos segundos de la pelea que le dio un campeonato del mundo. Era un combate que claramente iba perdiendo, según nuestros ojos de conocedores expertos del deporte de los puños. Ante ese golpe —conectado en 1994— que mandó a la lona a Meldrick Taylor para ya no levantarse, nuestros gritos de emoción no se hicieron esperar y tengo presente todavía el abrazo de felicidad que nos dimos ante los ojos felices de Pepe Woldenberg, que también nos acompañaba esa noche, ante la hazaña realizada por nuestro campeón nacido en Culiacán, Sinaloa.
Otro puño lo tengo grabado como una fotografía; es el de Raúl, que lo mantiene en alto —ahora el izquierdo— proclamando alguna consigna. Su figura sobresale en el contingente de su facultad, marchando sobre Insurgentes hacia la Ciudad Universitaria durante una manifestación, en junio de 1975, organizada como parte del reconocimiento del SPAUNAM (Sindicato de Profesores y Académicos de la UNAM) del cual él fue personaje destacado, sobre todo en torno a una de sus pasiones, el área de prensa y comunicación. Esa imagen colorida por la alegría y la juventud mayoritaria de los profesos universitarios que componían la marcha, la viví desde el ventanal del quinto piso del edificio de la Coordinación de Educación Superior de la SEP, donde trabajaba. Muchos de sus compañeros en aquella manifestación eran mis amigos y yo, vistiendo un traje recién comprado y de corbata, los observaba desde mi cubículo que tenía vista a la avenida. Era la época en que había obtenido mi primer trabajo en el servicio público, lo cual explica sin duda mi indumentaria.
Otras satisfacciones deportivas eran compartidas los miércoles en el Parque del Seguro Social al asistir a los juegos de beisbol. Las ocurrencias divertidas y atinadas del público, los tacos de cochinita y las cervezas servidas por un cubetero de confianza nos hacían felices en esas tardes. Era selecto el grupo que casi sin falta nos sentábamos juntos en las butacas de la primera base, es decir, éramos parte de la porra de los Diablos Rojos del México, conformada por Pablo Pascual, Pepe Woldenberg, algunas veces Arturo Balderas. Con esa concurrencia sobra decir que la diversión era no sólo el juego de pelota, los chistes punzantes de Pablo, las conversaciones igualmente gozosas de Balderas, los corajes del biólogo ante una jugada mal hecha o el reclamo de una decisión del ampáyer —estas últimas no aceptadas tampoco por el futuro árbitro electoral—, sino que muchas veces cruzábamos apuestas en unos papelitos que nos vendía el Güero; eran unas quinielas que tenían escrita la posición del jugador que anotara la primera carrera del juego, ese asunto de atinar le daba un sabor especial al día sin importar si se ganaba o no la apuesta. Muchos de esos días salimos de ese diamante con rumbo a la casa de Raúl, a la de Pepe o a la mía a seguir nuestros encuentros por el solo placer de estar juntos.
Ante el giro de mi mano los dados del cubilete del memorismo hicieron aparecer a Trejo en su intento por hablar ruso en busca de la Plaza Roja de Moscú. No se le ve solo en esta escena, lo acompañan varios amigos y amigas que preguntan a los transeúntes que encuentran a su paso, sin darse a entender, por ese lugar histórico y emblemático de la ciudad. El ingenio de Luis Emilio Giménez Cacho resolvió el problema: incrédulos, todos escuchamos a Luis Emilio decir con desparpajo: “Oye carnal, ¿dónde queda la Plaza Roja?”, ¡sí! lo dijo en español con todo y entonación chilanga. Nunca supimos qué pasó por la mente de aquel moscovita al oírlo, pero a señas nos indicó cómo llegar sin perdernos a ese bellísimo lugar.
Con Raúl me une el gusto por la literatura, la música y el cine, otras de sus pasiones. Esta tarde en Torrelodones, una pequeña ciudad en las cercanías de Madrid, mi amiga Maribel trajo a cuento a Vázquez Montalbán y sus historias policiacas y entonces, ya sin necesidad de tirar los dados, apareció mi figura al lado de mi amigo Trejo en su casa de Coyoacán. Juntos vimos en su televisor todos los capítulos de Pepe Carvalho, lo acompañamos en sus aventuras, seguimos sorprendidos su manera de resolver los entuertos de los criminales que perseguía al usar su lógica punzante de detective incisivo, lo veíamos enamorase de bellísimas mujeres y sufrir por dichos amores, en algunas ocasiones, no consumados.
La amistad con Raúl sigue intacta, como son las amistades de verdad. Se ha refrescado en los últimos tiempos y lo debemos al maléfico virus que nos encerró por dos años en nuestras esferas sanitarias. Durante ese lapso, casi religiosamente, nos veíamos los viernes a las ocho de la noche; hablábamos, reíamos y compartíamos preocupaciones no solamente sobre la pandemia sino, por supuesto, sobre el otro virus perverso que sigue aquejando al país. Ese lugar virtual fue un remanso, un oasis para los amigos, “la clase de los viernes”, este es el divertido nombre de ese grupo. La conjunción de cariño de estos amigos es tan grande que, ya pasada esa época negra del covid-19, el grupo se sigue reuniendo cada viernes a la misma hora. Ese afecto reafirmado cada semana deberá ser delineado algún día por la pluma del alumno destacado, nuestro poeta y cantor Luis Miguel Aguilar.
El tiro final de mi juego de los dados de mi memoria me lanzó al mismo tiempo al presente y al pasado de Raúl Trejo Delarbre. Leo en este momento su artículo semanal en el periódico Crónica y lo hago por internet en el bar Zeppelin de Torrelodones desde donde también escribo estas líneas. Como siempre, su texto es actual, certero, escrito con su prosa inconfundible, y lo imaginé como hace años, escribiendo en su máquina mecánica a una velocidad endiablada, utilizando sólo dos dedos para plasmar de forma alucinante sus ideas, sin titubeos, sin necesidad de corregir un solo renglón.
Esa tarde de 1980 le había pedido que me ayudara a redactar un artículo en torno a un asunto alejado de su conocimiento; yo le contaba de qué iba la historia sobre la investigación pesquera de nuestros mares, él sin parpadear tecleaba. Al terminar mi explicación él me entrega para mi lectura cuatro cuartillas sacadas del rollo, perfectamente escritas. Esto que les cuento sobre la manera en que Raúl se enfrenta a un teclado no tiene ningún tinte de exageración.
Raúl, por ahora te envío desde tierras hispanas un abrazo interoceánico y te ofrezco disculpas ante las fallas de memoria, explicables por el remolino de mi afecto.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Imagen cortesía del autor

