Una visita a la casa de Rafael Cauduro

 

Llegué un medio día a la calle de Saturno número 13 en la colonia Jardines de Cuernavaca. Iba en compañía de mi amigo y compañero de trabajo Alfredo Cordero y la razón del viaje era pedirle a Rafael Cauduro que pintara un cuadro para el nuevo edificio de nuestras oficinas. Yo llegué con mi imperdonable ignorancia de quién era la persona a la que veríamos, no tenía la más mínima idea de que estaría conversando y recorriendo el estudio de un gran artista, un verdadero genio de la pintura, quien al igual que otros extraordinarios pintores que había conocido por cuestiones familiares, resultó una persona muy inteligente y sencilla, igual a mis tíos Pedro y Rafael Coronel, e igual que el tío de mi prima Ana Luna, Carlos Mérida.

La primera imagen que tengo de esa visita es que nos recibió en su jardín, un tzompantli de piedra, un altar a la muerte, para después pasar a la sala de esa casa reconstruida por él mismo y que, al verla por primera vez —según nos contó—, decidió dejar tal cual algunas humedades de las paredes porque, enfatizaba, “son el tiempo, son parte de la historia de la casa”. Ante esas huellas y la casa, pienso ahora, aquel recinto daba la impresión de estar dentro de una de sus pinturas.

Antes de mostrarnos su estudio y su obra en curso nuestro anfitrión, una persona educada y gentil, nos pidió pasar a su jardín, a ese espacio arbolado, a degustar un tequila. Ahí tomamos asiento y se acercaron sus perros, dos enormes pero muy educados San Bernardo, y nos hizo reír por primera vez al decirnos el nombre de sus mascotas. Con una sonrisa pícara señaló: “Uno se llama Ortega y el otro Gasset” y, de verdad, así los llamaba para darles instrucciones”.

Después del aperitivo que —recuerdo— fue un Siete Leguas blanco nos llevó a su estudio, un lugar perfectamente ordenado en donde se encontraban trabajando dos jóvenes, una mujer y un hombre. Al entrar a ese espacio y ver las cuadros apoyados contra los muros nos quedamos impactados. A mí esas obras me revelaban que estaba en la casa de un gran artista, un pintor absolutamente original de trazos magistrales. Lo que más nos asombró a Alfredo y a mí fue un lienzo en el que se observaba una locomotora jalando un vagón de ferrocarril de tamaño natural pintado, si me memoria no me engaña, en una variedad de colores terrosos en tonos ocre y naranja. Rafael nos explicaba que para él los trenes tenían un significado sobre el tiempo y el pasado. Con generosidad y con toda naturalidad, sin aspavientos y fuera de cualquier pedantería, nos comentaba sus razones para realizar de esa manera sus trazos y lo que quería expresar con ellos.

Más tarde, al finalizar el recorrido, nos propuso ir a comer a un restaurante italiano que era su favorito y que quedaba cerca. Comimos una pasta deliciosa, acompañada de un buen vino italiano, pero gozamos aún más de su conversación tan divertida que no parábamos de reír. Era un hombre muy simpático, con un gran sentido del humor, y nos llevó a sus recuerdos de cuando era un mal estudiante del Colegio Patria donde hacía caricaturas de sus compañeros y de cuando desertó, para bien, de la Escuela de Arquitectura y Diseño Industrial de la Universidad Iberoamericana.

Años después de esa visita, ahora en el D. F., una vez más sin anticiparlo, me encontré con el mundo mágico de Cauduro. Fue un día en que me invitó a comer mi amigo Farid Barquet, en ese tiempo director general jurídico de la Suprema Corte. Durante la llamada telefónica para confirmar la cita, me dijo: “Te propongo que llegues a la oficina como a la una y media, quiero que veas algo, y ya como a eso de las tres nos vamos a comer a la cantina que tú prefieras”.

Llegué a la hora que Farid indicó, sin tener idea alguna de lo que me encontraría. Entré al edificio, caminé hacia la izquierda en busca de las escaleras para de repente descubrir, impactado, frente a mis ojos, en la planta baja del edificio de la Suprema Corte, la obra de Rafael Cauduro, que se extendía plasmada en ocho lienzos pintados sobre el cubo de las escaleras y las tres ventanas del extremo sureste del inmueble. Al ver lo que estaba frente a mí sólo pude exclamar en voz alta: “¡No mames! ¿Qué es esto?”. Ante tal maravilla pintada por este hombre confieso mi incapacidad de describir semejante obra maestra, menos aún por escrito, sólo debo decir que para cualquier persona que goce del arte pictórico es imperdonable perderse la oportunidad de contemplar una de las obras más imponentes que alguien haya pintado en algún muro de México. Tomen el metro, bajen en la estación Zócalo, pidan permiso para entrar a la Suprema Corte y luego me dicen si exagero.

Fue hace algunas semanas, durante una sobremesa con Alfredo Cordero en la Casa de la Palmera de Portales en la que hacíamos una remembranza de la visita a la casa de Rafael Cauduro y comentábamos sus obras, cuando nació la idea de escribir una Vagancia no solamente sobre aquellas visitas a su casa y a la Suprema Corte, sino también en torno a algo más del propio Rafael. Por esa razón fui en busca de algunos secretos de Cauduro y en esos pasos tuve la suerte de encontrarlos en voz de su expareja Liliana Pérez Cano, quien en una entrevista filmada y producida por Milenio nos cuenta algunos rasgos de este gran artista. De esa rica y extensa entrevista quiero compartir algunos fragmentos que me parecieron luminosos porque describen cómo era este artista y lo que pensaba de su obra.

Decía Cauduro que el tiempo son las huellas, por eso no pintaba personas, pintaba huellas, seres como las paredes de su casa, que se craquelan; sus figuras humanas “no son de carne y hueso, sino de tiempo, que se van despegando y van dejando a su paso el vestigio de su vida”, señaló alguna vez Cauduro.

Liliana Pérez nos cuenta que, como todo artista verdadero, Rafael era obsesivo y lo describe perfectamente con esta anécdota: “Con frecuencia le pedía a alguien de la casa que encendiera el motor de su coche para evitar que se le bajara la batería, porque muchas veces se encerraba por días en su estudio sin salir ni para comer”.

Su obra, sus lienzos, eran como piezas de un rompecabezas, así están hechos algunos de sus murales, como piezas acomodadas en el tablero de su creación. Otro momento que cuenta Liliana es fascinante y nos revela algo muy íntimo: “Algunas veces Rafael pedía que del estudio le llevaran a su recámara el cuadro que estaba realizando y que lo colocaran junto a su cama, para mirarlo al dormirse. Cauduro decía que algunas veces soñaba con el cuadro y conversaba con la obra la cual le decía por dónde continuar; así, a la mañana siguiente, Rafael Cauduro sabía lo que debía hacer sobre el lienzo”. Al escuchar esta anécdota recordé una frase del Cuento de la isla desconocida en donde José Saramago escribe que “el sueño es un prestidigitador hábil”.

Como cierre de este viaje les dejo estas imágenes verbales del artista, tomadas de la serie de YouTube Una trayectoria, una colección. Rafael Cauduro. Cauduro relata estas tres joyas:

“El dejar la escuela (de Arquitectura) fue como una epifanía; de repente dije ¡carajo!, yo quiero ser pintor, es lo que hago bien. Fue un momento fundamental y mi vida cambió, pero cambió en todo”. Sobre su obra, Rafael señala: “¿Que si hay un común denominador en mi obra? A veces he dado bandazos muy grandes, pero puedo afirmar que hay un gran común denominador: el deterioro. Aceptar el deterioro tiene un trazo, una forma específica, pero siempre ligado a esa parte de la destrucción, del paso del tiempo”. Más adelante abunda en su obra y comenta: “Cuando pretendo retratar al ser humano no lo hago como tal, siempre es referido a un póster, una pintura, una fotografía, como una huella de sí mismo que va dejando”.

Mientras terminaba de escribir este texto, confieso que por un momento tuve la idea peregrina de llevarme esta Vagancia a mi recámara y dormir con ella, asunto que creo que por su gran sentido del humor a Cauduro no le hubiera molestado, incluso le habría parecido muy gracioso pensar en verme cargando mi iPad para ponerlo junto a mi almohada. Por supuesto que no lo hice, porque esa genialidad es propiedad exclusiva de Rafael Cauduro con quien tuve el honor de pasar algunas horas.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso de la cotidianidad.

Una puerta de madera

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Jorge “El Biólogo” Hernández