Una cantina singular

 

Mi tenaz curiosidad por conocer cantinas, saber de los lugares donde fueron fundadas y vivir sus ambientes, me hizo preguntarle al encargado de un restaurante-bar —ubicado en una terraza de esas preciosas casas de Oaxaca— si conocía algunas de las cantinas con tradición de la ciudad. Pepe Sánchez, hombre al que me atrevo a darle el título de “cronista del vagabundeo tabernero de Oaxaca”, me apuntó en una servilleta, que todavía conservo, lo siguiente:

“CANTINAS

El Otro Mundo

El Jinete Junior (Melitón)

La Barca de Oro

El Superior

La Orquídea Negra”

Siguió sus recomendaciones con dos comentarios muy importantes de los cuales tomé nota para mi probable recorrido: “Desgraciadamente, algunas de ellas han perdido su sabor desde que se convirtieron… el día que a alguien le dio por cambiar de giro y volverlas mezcalerías. Sin embargo, la que no se puede perder es Las Madres”, cantina que no apuntó en la servilleta, pero su énfasis se me quedó grabado.

A la mañana siguiente de ese 31 de diciembre, después de desayunar unas enmoladas en el Restaurante El Jardín de los Portales, fui hacia el barrio de Jalatlaco en busca de la cantina Las Madres. Durante el trayecto hacia la calle del Refugio núm. 203, imaginaba la crónica que posiblemente escribiría acerca de ese lugar; pensaba que sería padrísimo platicar de una cantina que seguramente en el pasado había sido un convento o casa de monjas.

Serían como las once de la mañana cuando entré por las puertas de esa cantina, de ese increíble lugar. Me senté en una mesa frente a la barra donde se leía en una pantalla el nombre de los intérpretes de la canción que en ese momento estaba sonando. Ese día, el último del 2024, escuché la voz inconfundible de Tony Camargo interpretando aquello de “Yo no olvido al año viejo porque me ha dejado cosas muy buenas […]”.

El lugar, según supe, oficialmente se llama La Poblanita, sin embargo, todos en la ciudad la conocen como Las Madres, no por razones religiosas como pensé, sino por algo realmente alucinante. La dueña atendía personalmente a sus clientes y el sobrenombre del lugar viene por la manera en que siempre se dirigía a ellos, con voz a todo cuello, echando madres. Estas impresiones están ahora registradas por escrito en las paredes de la cantina, textos que pude leer desde mi mesa. Hasta hace poco, antes de morir a los 90 años, a doña María del Carmen Aguirre, todavía se le oía gritar: “Aquí se viene a tomar, si no van a tomar, a chingar a su madre, cabrones”. Otro de sus gritos plasmados en un muro decía: “Ya voy a cerrar, cabrones, qué no tienen familia, ya váyanse”. Y el tercero de sus gritos, el cual se puede leer en las camisetas de los meseros, sentencia: “Aquí se viene a tomar, no a hacerse pendejos”.

Esa cantina de barrio, que tiene el mejor sobrenombre que he conocido, abre sus hostilidades a la siete de la mañana. Sí, estimado lector, leyó usted bien, es un after hours oaxaqueño en toda forma, asunto que comprobé esa mañana, pues a mi llegada se encontraban ocupadas ocho de sus 15 mesas. En ese ambiente no se sentía ninguna mala vibra, ningún signo de violencia posible, eran parroquianos que se notaba, eso sí, que no habían dormido y seguían de fiesta; no estaban solos, los acompañaban unas cubetas llenas de cervezas y sus risas, incluso uno de ellos se acercó cálidamente a saludar.

Mientras pedía una cerveza, el lugar me regaló en la pantalla la grabación de cuando, en vivo, en el Festival OTI, José José hizo la inolvidable interpretación de El Triste. Cuando concluyó la canción, al ver que tomaba notas en mi libreta, el mesero y encargado del lugar se acercó a mi mesa y me hizo compañía un momento para preguntar qué era lo que escribía. Ante su curiosidad, le dije que el lugar valía la pena para hacerle una crónica, entonces se presentó: “Me llamo Adolfo Carreño y soy el mesero más antiguo. Llevo más de treinta años trabajando en el lugar” y me contó algunas anécdotas de su vida de cantinero y luego, con una sonrisa franca en el rostro, me dijo: “Sabe, que esta cerveza la invita la casa, pero no sería gratis si viviera doña Carmen, ya se la tomaría acompañada de una que otra madre dedicada por ella para usted”. En el taxi, en el camino de regreso, imaginaba, riendo sólo para mí, las posibles madres que habría recibido de doña María del Carmen al saber que un biólogo y bailarín tropical escribiría acerca de su cantina.

Pero ese fin de año hubo otra grata sorpresa. Laura y yo teníamos la invitación de nuestros amigos Patricio Caso e Itzel, su esposa, a cenar y brindar para recibir el año nuevo en el Centro Cultural del Mezcal. La cita era a las nueve de la noche y fuimos recibidos por nuestro anfitrión en una bellísima casa restaurada, en el centro histórico, era el Centro Cultural del Mezcal cuya construcción fue, en parte, idea de nuestro amigo Patricio. Antes de ir a sentarnos en nuestra mesa, Patricio nos hizo un recorrido por el lugar donde aprendimos que el sitio estuvo pensado como un espacio para dar a conocer de forma documentada la historia de esta “mágica” bebida llamada mezcal y cuenta con 300 etiquetas de distintos mezcales que se pueden ver y probar.

Otra cosa que salta a la vista en esta especie de museo son temas que el curador resolvió magníficamente. En una de sus salas se halla dibujado el mapa del estado de Oaxaca, en el cual están señaladas las zonas productoras de mezcal. Al pasar a otra de sus salas se ven sobre un muro distintas formas y tonos de verde que muestran 12 variedades de agave, que por su calidad y precisión parecen pintados por la mano de un botánico especialista en cactáceas.

Ese recibimiento del año nuevo fue celebrado con una magnífica cena diseñada por Itzel, quien es una reconocida chef, y la voz de Laura Koestinger, a quien Patricio le había pedido que cerrara la noche cantando algunos blues como sólo ella sabe hacerlo, así que esa noche recibimos el 2025 con su interpretación de Cry me a river.

En nuestro último día en Oaxaca, y primero del año, no podíamos dejar de ir a comer unas dobladas de amarillito en La Palapa de Raúl, restaurante en el que hemos estado todas las muchas ocasiones que hemos visitado la ciudad. Esta vez fue particularmente agradable porque nos acompañó una amiga de Laura, Irma del Toro, una mujer muy inteligente y de gran simpatía, experta en climatología, geógrafa de profesión que trabajó mucho tiempo en el INEGI, en Aguascalientes, y que un buen día decidió venir, gozar y vivir en Oaxaca. La Palapa de Raúl es un lugar que trae muchos agradables recuerdos de mis cuñados Hubert, Edwas y Stéphanie, estos últimos vivieron años en esta ciudad antes de migrar a Francia. Por su recuerdo pedí las dobladas y un tasajo con frijoles condimentados con hierba de conejo.

Con ese sabor único del mole amarillito, las imágenes y los textos en torno al box que ya les conté, y las madres que en mi imaginación me habría dedicado doña María del Carmen, quedé satisfecho de ese fin de año en Oaxaca.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Persona sentada en un restaurante

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Foto: cortesía del autor

Jorge “El Biólogo” Hernández