

Mis últimos días en España
Ese viernes por la mañana, después de despedir a Laura porque volaría de regreso a México, fui a recoger un regalo especial. Un camarero aragonés que se había hecho mi amigo, a quien sus compañeros le dicen “el mudo” por lo parlanchín que es, me había prometido regalarme un pin del Atlético de Madrid, equipo del cual es fanático desde niño. Al entregármelo, me contó la historia de ese recuerdo; me dijo que lo había adquirido el día de un juego histórico en el que su equipo se había coronado campeón de liga, en el año 2021.
Muy feliz, con el regalo prendido en mi chamarra, tomé el metro para cumplir otra promesa hecha para este viaje. Me bajé en la estación Marañón, donde cruza con el Paseo de la Castellana. En las afueras de la estación pregunté a varias personas por la calle de mi destino, pero ninguno de los transeúntes tenía idea dónde quedaba, así́ que caminé hasta encontrar una oficina de gobierno y volví́ a preguntar, ahora a un guardia uniformado, quien tampoco conocía esa dirección. En ese momento, otra persona vestida de civil (asunto relevante para esta parte de la historia) me escuchó, tomó su celular y buscó la dirección. Con gran amabilidad me dijo, yo lo acompaño, el lugar no queda lejos de aquí́. Cruzamos la ancha avenida de la Castellana y seguimos, mientras subíamos por una cuesta de intrincadas calles; mi acompañante me confesó que por años fue policía y ahora estaba jubilado. Es decir, un policía retirado me condujo a la calle del Pinar, a La Residencia de Estudiantes, donde convivieron Luis Buñuel y Salvador Dalí́, visitados con frecuencia por Rafael Alberti, que vivía cerca de ahí, en la calle Lagasca, y quien tenía la costumbre de ir a conversar también con el habitante más importante de la residencia y entrañable amigo suyo, Federico García Lorca. Recorrí́ profundamente conmovido los pasillos, patios y jardines hasta encontrar la habitación de García Lorca, de donde por una ventana (que al lado tiene la placa que indica quién vivió́ ahí) observé el escritorio, la cama y una pequeña sala, todo preservado tal cual estaba cuando Lorca lo habitó.
Como escribió́ en algún verso Neruda: “Pensad por un momento, imaginad un solo instante”, la emoción que me produjo ver esa habitación. Acompañado por esa emoción caminé hacia el restaurante de la Residencia, donde me senté́ para tomar un chato de manzanilla y brindar por el lugar donde me encontraba. Momentos después pedí́ al camarero el menú́ del día y un tinto de verano, el que bebí mientras intentaba imaginar la escena en la que en alguna de esas mesas a mi alrededor se habían sentado a almorzar esos cuatro hombres del arte universal.
El sábado, aún con la emoción a flor de piel del día anterior, di una caminata por el barrio de Salesas, donde habíamos pasado muchos días por encontrarse ahí nuestro hotel. Fui a despedirme, por supuesto, de La Cruz Blanca, el bar que me recibió́ con cariño para desayunar en esos días. Sólo me quedaba esperar a Maribel, quien vendría a buscarme para llevarme a su casa, en Torrelodones, la última parada de este viaje a España. Mi amiga llegó puntual a la puerta de mi hotel y tomamos camino hacia Torrelodones, pasando por Moncloa, hacia la autovía A6 que lleva a Coruña. Al cruzar una calle del barrio de Argüelles, Maribel me indicó que mirara a la derecha, para ver una casa que estaba a unos veinte metros de mi vista; era la Casa de las Flores, el lugar donde vivió́ Pablo Neruda y que era visitada por sus amigos Alberti y Lorca. Al ver a lo lejos “estallar esos geranios” como los describió́ en un verso el poeta chileno, otra vez la emoción me tocó en este viaje, al pensar que por esa calle que veía caminaban esos tres grandes poetas.
Después de solo recorrer veintisiete kilómetros, ya en Torrelodones, fuimos directamente al Club Torre 72, uno de nuestros bares favoritos ubicados en el centro del pueblo. Luego de un par de cañas nos fuimos a comer a la terraza del Quiosco del Bulevar, que está a cinco minutos, caminando, de la casa de mi anfitriona. En ese restaurante pasamos la tarde, riendo y recordando, y por supuesto reinventando, historias de nuestros muchos encuentros y anécdotas pasadas.

Llegó el domingo y Maribel, esa gran mujer y extraordinaria cocinera, había decidido preparar para la comida un cocido madrileño a lo grande, con tuétanos incluidos. Los convidados, por supuesto, lo mejor; llegaron desde Madrid nuestros queridos amigos: Marta Cebollada, Pau Costa, su increíble mujer y gran actriz Úrsula Murayama, su hija Zoe, y Tere Costa, prima de Pau.
Sobre el cocido, no hay palabras que alcancen a describir lo exquisito que estuvo. Sin embargo, no puedo evitar contar lo ocurrido en la sobremesa de ese domingo. Todas juntas, esas inteligentes y divertidas mujeres, me “bulearon” a sus anchas. A mis costillas rieron sin parar, al construir una historia sobre un episodio que les compartí́, del día anterior, el sábado por la mañana y, que ingenuamenté conté́ a la hora de los postres de esa tarde.
Corte a un pequeño bar del barrio de Chueca. Después de una larga caminata por esas calles y plazas, llegué a ese bar que busqué por razones fisiológicas, es decir, tenía necesidad de hacer pipí. Antes de preguntar por el baño, pedí́ una caña a quien atendía el bar, con el fin de disimular mi verdadera y única intención, que era usar el sanitario. Ya resuelto ese asunto urgente, regresé a la barra, di solamente dos traguitos a mi vaso, y pregunté cuánto se debía, a lo que la encargada amablemente me dijo: es un euro con ochenta y siete céntimos. En ese momento saqué del bolsillo de mi pantalón las monedas que se habían ido juntando en esos días; como no las conozco bien, puse todo el ‘montoncito’ en la barra y pregunté si con ellas cubría el costo, y fue entonces que la persona que me cobraba me dijo, perdón, señor, pero le faltan cuarenta céntimos. Reaccioné esbozando una sonrisa de pudor y me dispuse a tomar de la cartera un billete de diez euros, cuando una mujer pequeña de estatura, y de edad que calculé mayor a los setenta años, se dirigió́ a la camarera y le dijo: “Juani, no hay problema, yo le pago al señor su caña”. Sorprendido, solo llegué a balbucear un tímido gracias y salí́ del lugar.
Mis amigas, al escuchar con toda atención esta escena, construyeron dos hipótesis acerca de lo ocurrido. Maribel comenzó́ diciendo que esa menuda mujer había pensado, conocedora de esos contratiempos, “a este pobre hombre no le ha llegado a tiempo su pensión y habrá́ que ayudarlo”. Por su parte, Marta, Úrsula y Tere fueron más punzantes y con toda picardía construyeron su argumento y lo expresaron entre carcajadas: “no te hagas, Biólogo, esa mujer mayor te quería ligar, andaba buscando galán y pensó́, este moreno de sombrero y de acento mexicano no se me va vivo”. Aunque yo quería dar explicaciones para defenderme, fue imposible, porque la “verdad” de lo ocurrido ya estaba construida. No pude siquiera pedir la opinión masculina de Pau, ya que estaba ajeno a la conversación porque, como todo hombre español que se respete, estaba él tomando su religiosa siesta.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.


