Crónica de un bar de allá, del otro lado

 

Mi amiga Marcela López, quien se fue a vivir y trabajar a los Estados Unidos, hace ya más de 25 años siguiendo su vocación por la enseñanza del español, y que hoy es profesora en la Universidad Estatal de Illinois, es decir les enseña español a los “Redbirds” de ISU, como se apodan a los estudiantes de esa casa de estudios, me llamó por teléfono en respuesta a una petición mía para nos contara sobre algún bar que guardara su memoria.

Marcela no lo dudo mucho. y a los pocos días se comunicó para vernos por zoom y contar su experiencia. De aquella conversación tomé a mano nota detallada que ahora les comparto.

La voz de mi amiga comenzó diciendo:

No me gustaría que en esa recopilación que estás trabajando sobre la tradición oral de tus amigos sobre los bares y cantinas, faltara uno de mis bares favoritos que recuerdo de los tiempos de cuando vivíamos toda mi familia en San Antonio, Texas.

Este no tengo duda, podría ser otro lugar que El Roosevelt Room, que un día 24 de Mayó se me apareció en una de las ocasiones que visitaba la ciudad de Austin. Imposible que olvide esa fecha, porque ese día es el de mi cumpleaños.

Como es nuestra costumbre en los bares mi esposo Óscar (a quien también yo conozco desde hace mucho tiempo como un hombre de números, teoremas, geometría, y docto estudioso del arte de la coctelería), nos dirigimos a la barra. Ante la reacción de vernos tan contentos, sentimos la necesidad de explicar a la bar tender, que se llamaba Sharon -que hasta la fecha no he olvidado su nombre -que estábamos felices porque estábamos celebrando mi cumpleaños.

Ella después de felicíteme, nos dijo que para ella también era un día especial, ya que se estaba preparando para una competencia internacional de coctelería a base de ginebra Bombay Sapphire, y que esa mañana había recibido la magnífica noticia de que había logrado ser finalista de ese certamen.

Para celebrar esa coincidencia se ofreció entonces, para agasajarme a crear cocteles para mí, y así también practicar para la final de su competencia.

Me pregunto mis gustos, y de inmediato empezó a elaborar una degustación, probé en muy pequeñas copas, al menos, sino no mal recuerdo seis cocteles de ginebra salidos de su imaginación, todos completamente originales y por demás deliciosos, cada uno dentro de sus diferentes aromas y sabores. ¡A eso le llamo, querido Biólogo, pasarla bien el día de tu aniversario de nacimiento!

Desde entonces cada ocasión que visito Austin disfruto el encantador ambiente relajado del Roosvelt Room, pero no solamente eso gozo, sino que también me produce un gran placer, y una invitación a la conversación leer pausadamente su carta de bebidas, que además como si fueran un mural están escritas a espaldas de la barra. No es exagerar decir que leerlas, se convierten en un paseo por parte de la historia de los Estados Unidos. Si no me creen, sígame por los nombres y las fechas en que están presentadas esas bebidas.

Con un título sugerente y provocador aparecen ordenados de la siguiente manera, va mi primera lista de cocteles. Esos son sus nombres:

Early years Pre -1880

Turn of the Century 1880-1919

Prohibition 1920-1933

Post Volstead 1933- 1950

Tiki años 1930- 1970

Dark Ages 1950-1990

Moder Classics 2000- to the present.

Para terminar, o como diría la canción, con esta me despido, completo mi lista de entre las 53 bebidas preparadas en este fantástico bar, que por sus nombres, inventados por algún poeta u humorista cantinero, al repasarlos, al leerlos escritos en la pared, sería imperdonable no probar algunos de ellos en una tarde de vagancia placentera. Acompáñenme, aquí se los presento:

Floradora,

Martínez (sí, así, con acento y Z),

London Calling,

East India,

Brooklin,

Charlie Chaplin,

Hemingway Daiquiri,

Last Word,

Rattle Snake,

Vieux Carre,

Pain Killer,

Mexican Firing Souad,

Pepper Plane,

Window´s Kiss,

Lion’s Tail,

Air Mail Special,

y el último de mi fila, el Corpse Reviver.

Ante esos nombres mencionados por mi amiga, cómo no imaginar a Chaplin dejando su bastón de lado y sin despojarse de su sombrero, tomar un sorbo de ese coctel dedicado para él. Ponerse un poco tenso al oír gritar a Hemingway, después de que haya bebido varios de sus daiquirís, retando a golpes a cualquier parroquiano que se cruce en su camino. Así como temer por los efectos secundarios de tomar eso que en español sería una víbora de cascabel, o recurrir, me imagino en momentos de curar algunos malestares, al Pain Killer, que en una traducción libre y farmacéutica equivaldría a pedir con humildad, y decir a Sharon “me sirve por favor un analgésico”.

Marcela terminó esta conversación con la petición a ustedes, queridos lectores; que celebren el próximo 24 de mayo brindando por ella, con el compromiso de que el biólogo y bailarín tropical pagará el primer coctel.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad. (elbiologony@gmail.com)

Jorge “El Biólogo” Hernández