

Con la jubilación del obispo de Saltillo José Raúl Vera López en 2021, se cerró un ciclo en la iglesia católica mexicana, el último obispo rojo ligado a la Teología de la Liberación. Mima de la que el IX obispo de Cuernavaca, don Sergio Méndez Arceo fue uno de los actores más sobresalientes de esa doctrina progresista en el seno del catolicismo surgido a la par de los vientos de cambio y el Aggiornamento que trajo el Concilio Ecuménico Vaticano II. Y que además, cabe mencionar hace poco acabamos de conmemorar 33 años de la desaparición terrenal de don Sergio. A pesar de que en su momento la Teología de la Liberación llegó a contar cerca de diez obispos y numerosos sacerdotes ligados a esta corriente de pensamiento, con la opción preferencial hacia los pobres, de ninguna manera quiere decir que en su tiempo de auge como ahora, haya gozado de todas las simpatías de la jerarquía eclesiástica y de sectores tradicionalistas de la feligresía.
Los obispos rojos sufrieron en carne propia los embates de le conservadurismo católico en un ambiente mundial dominado por la Guerra Fría, en donde incluso el papado dirigido por el conservador Juan Pablo II se convirtió en un actor completamente beligerante en contra de todo lo que al interior de la iglesia se acercara a posiciones progresistas, de izquierda y más aún, marxistas. Finalmente, la batalla entre el conservadurismo católico y la Teología de la Liberación devino en una derrota para los segundos, pero su revés fue esencialmente al interior de la institución. Ya que durante mucho tiempo las comunidades que estuvieron ligadas a esos obispos y sacerdotes conocieron un rostro más humano de la iglesia, alejado de los dorados retablos y del aroma a incienso y veladoras que inundaba las naves de las iglesias, alentando la presencia de más religiosos que privilegiaran a sus comunidades por sobre quienes detentan el poder político o económico.
Y esto no es para menos, si en sus homilías don Sergio solía señalar cuestiones esenciales de la realidad en que vivimos: “El culto al poder económico ha tomado la forma de sistema de producción del consumo, de la acumulación, de la propiedad ilimitada, es decir, el capitalismo. Esto es la raíz de muchas inconformidades, la Biblia contiene la condenación irremisible de la violencia de los opresores y estimula la violencia de los oprimidos.” O bien el sacerdote guerrillero Camilo Torres Restrepo en su mensaje a los cristianos conminaba que: “Lo principal en el Catolicismo es el amor al prójimo… Este amor, para que sea verdadero, tiene que buscar eficacia. Si la beneficencia, la limosna, las pocas escuelas gratuitas, los pocos planes de vivienda, lo que se ha llamado “la caridad”, no alcanza a dar de comer a la mayoría de los hambrientos, ni a vestir a la mayoría de los desnudos, ni a enseñar a la mayoría de los que no saben, tenemos que buscar medios eficaces para el bienestar de las mayorías… Es necesario entonces quitarles el poder a las minorías privilegiadas para dárselo a las mayorías pobres. Esto, si se hace rápidamente es lo esencial de una revolución.”
La derrota fue política y no cultural. Y así como sucede en ámbitos alejados de la iglesia, las derrotas políticas nunca son totales, antes bien son temporales. La reconstrucción de nuevos postulados ligados a las causas populares defendidas por la Teología de la Liberación, logran avizorarse en algunas de las actitudes tomadas por el Papa Francisco, sin que esto signifique la pasividad de las alas reaccionarias en el seno de la iglesia. Aquellas facciones que tienen el desatino de culpar a la homosexualidad por eventos como la reciente pandemia de Covid-19 o bien el grupo que rodea al actor Eduardo Verastegui y sus ínfulas de convertirnos en una especia de república católica tradicional. Por otra parte, también hay que señalar que la victoria de las posiciones conservadoras de la iglesia alejó a muchos de sus fieles quienes encontraron refugio en las iglesias evangélicas, mismas que han experimentado un incremento notable en sus comunidades en las últimas décadas.
Lo anterior, me lleva al segundo punto de esta columna, el conservadurismo evangélico. Si bien es cierto que en nuestro país este sector tiene un presencia casi testimonial, si la comparamos con países como Brasil, en donde si juegan un papel político muy importante, y sus intentos de ingresar a la política nacional en 2018 fueron frenados en 2021 con la pedida de registro de los partidos Encuentro Social y Encuentro Solidario. Eso de ninguna manera quiere decir que como sucedió con el progresismo católico, el conservadurismo evangélico esté derrotado por completo, ellos también se encuentran en proceso de reconstrucción y reelaboración de posiciones políticas. La batalla continua, evitar su regreso a la política también debe ser parte de las tareas de quienes nos consideramos progresistas.
Hace más de un siglo quedó establecido que nuestro sistema de gobierno sería laico, ello costó la sangre de un sin número de mexicanos de las más distintas clases sociales, unidos bajo ese ideal. Su legado debe mantenerse y evitar la propagación de movimientos seculares y religiosos que busquen la reinstalación de los fueros eclesiásticos, ya sean católicos, evangélicos o cualquier denominación religiosa. Y por otro lado, guardando las muy necesarias distancias políticas, establecer un dialogo en condición de igualdad con las posiciones progresistas de las instituciones religiosas para así coadyuvar en el mejoramiento de las condiciones, políticas, económicas y sociales en nuestro país.

* Historiador

