

El rock en español trastocó mi niñez
El rock en español que se escuchaba en mi casa durante mi infancia y primera adolescencia, y que mis hermanos mayores gozaban en las fiestas, me hacía sentir, con cada nota que escuchaba, que yo era el más pequeño de la familia. Ese sentimiento crecía cuando mis hermanos Carmela, Óscar -el mayor de todos- y Martín se arreglaban para irse de fiesta.
Mientras Martín bailaba con la Pichís -mucho tiempo después supe que se llamaba Beatriz y que era tía, pero de la misma edad, de su amigo Paco Carballo- y Óscar lo hacía con varias muchachas, no solamente una, tenía el corazón muy amplio, cabían muchas, como decía El Piporro, yo me quedaba aburrido en mi recámara, con los pantalones cortos que me compraba mi mamá. Incluso cuando las reuniones eran en el amplio patio de la casa de Laguna de Guzmán, a mí me sentaban en un banquito y, sin falta, antes de que la fiesta se pusiera de ambiente, me mandaban a dormir, cuando muy tarde a las nueve de la noche.
Por esas tristes experiencias, durante muchos años hui de esa música; incluso la rechazaba irracionalmente, es decir, sin tener claro por qué me era desagradable. Cuando adquirí conciencia de lo absurdo de mi reacción hacia esas canciones, después de haberme practicado un psicoanálisis casero sobre ese atávico problema, fui en busca de un amigo, de profesión abogado, que como guitarrista interpretó por muchos años esa música. Era un intento de enfrentarme a ese disgusto guardado por años.
Sin revelarle a mi amigo mi antigua fobia a esos ritmos, lo invité a comer, con el pretexto de hablar de beisbol, tema que nos apasiona a ambos. Pero, en cuanto saqué a colación el tema del rock, su encendida reacción me reveló que, para Guillermo Rodríguez, ese asunto era central en su vida; sentí como si hubiera tocado los botones de una rockola que, de pronto, dispararon mil recuerdos, girando a cuarenta y cinco revoluciones por minuto. Esto que escribo a continuación es algo de lo que salió de la rockola mental de Memo, el guitarrista estrella de Los Rogers.
“El rock en español inició en 1960 -cuando el biólogo tenía 11 años. Todos los grupos, incluido el mío -decía Guillermo, emocionado-, grabábamos “covers”, es decir, canciones norteamericanas traducidas al español. Las piezas originales eran composiciones de grandes músicos; cómo no recordar a Elvis Presley, Bill Halley y sus Cometas cantando “Al compás del reloj”, Jerry Lee Lewis, Chuck Berry…”. Y en la lista siguiente de sus recuerdos aparecieron Fats Domino, Roy Orbison y su inolvidable “Pretty Woman”, Chubby Checker, Buddy Holly, Richie Valens, y el último que vino a su mente, con todo su swing, Freddy Fender. “Los músicos mexicanos lograron hacer grandes versiones en español de esas piezas. Tanto, que llegaron a cautivar a toda una generación. Sus discos, producidos por la famosa disquera de esas épocas, Orfeón, se vendían como pan caliente. De verdad, subrayaba mi amigo, no había fiesta donde no sonaran esas canciones. Era tal su éxito que se abrieron escenarios exclusivamente para escuchar a estos grupos en vivo.” En esa reunión, Memo continuó diciendo: “Recuerdo a algunos de esos grupos y algunas de sus rolas: Los Locos del Ritmo, Los Rebeldes del Rock, Los Hermanos Carrión, Los Hooligans, Los Sinners. Con ellos, alternábamos muchas veces nosotros Los Rogers, mi extrañado grupo.”

Entonces, mi amigo me increpó diciendo, “no pude ser, mi querido Biólogo, que no recuerdes estos títulos: La chica alborotada, El rock de la cárcel, Pólvora, Tus ojos, Magia blanca, La novia de mi mejor amigo, Se fue, El oso corredor, Matilda o Jinetes en el cielo.”
En esos años del auge del rock en español, la música se escuchaba en escenarios muy diversos; podían ser centros nocturnos, teatros, bares o restaurantes. Los rockeros de esos días eran como nómadas, viajaban a todas partes de la república, se organizaban tocadas en Tijuana, Guadalajara, Monterrey, y por supuesto recorrieron la Ciudad de México de norte a sur y de este a oeste. Quiero finalizar el recuerdo de esa plática con algo que es muy valioso para todos esos músicos: la amistad construida y sostenida por más de cincuenta años. Todavía, no hace mucho, se reunieron para desayunar algunos de los sobrevivientes de ese rock en español que yo escuchaba a regañadientes en mi niñez.
Esa gran transmisión oral de Guillermo Rodríguez me ayudó a exorcizar ese mal juvenil. Sin embargo, guardo todavía un resabio de ese mal: ya bastante grandecito aprendí a bailar ese alocado ritmo, pero nunca lo hice tan bien como mis hermanos, ni tampoco como tres amigos entrañables que lo hacían a la perfección y que se sabían todos los pasos. Tengo presente todavía hoy la esbelta figura de Fito Sánchez Rebolledo contorneándose sin perder el ritmo, la de Pablo Pascual, haciéndolo con elegancia frente a las mujeres que lo admiraban y, para colmo, veo a Manuel Martínez -quien era de mí misma edad- poniéndome el ejemplo de cómo se bailaba el Rock de la Cárcel. Confieso que me dolía verlos, sobre todo porque yo era mejor bailarín que ellos de cualquier otra música, incluso el tango. Ahora, al escribir estas últimas letras, para mostrarme que ya estoy curado de aquel mal de infancia, voy a poner en mi reproductor de discos un rock en español que bailaré magníficamente con una pareja imaginaria.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad. (elbiologony@gmail.com)

Memo Rodríguez y los Rogers, foto cortesía de autor

