José Rodríguez Cruz “El Chel”

 

 

En esas fiestas anuales lo vi hacerse amigo de mi padre el Doctor Orta, beber con él innumerables coñacs y cantar con su voz entonada y poderosa, dos canciones que no he podido olvidar una era Ypacaraí, y la otra de creada en su estado natal, que tenía una letra fantástica, decía así: “Pánpano fue el rey del carnaval, porque así lo quiso la flota del portal…. Castillo Bretón tu volarás, tú no tienes miedo., y a España llegarás…”.

A través de los años, el “Chel” como lo llamaban sus amigos, nosotros, los Hernández Luna fuimos una familia para este joven venido de los campos petroleros de las Choapas.

Al terminar sus estudios, dedicó buena parte de su vida profesional en la iniciativa privada, donde se convirtió en un ejecutivo de gran reconocimiento. Dirigió empresas no sólo en la industria química y construyó otras, en el área pesquera. Su paso por la pesca e industrialización de atún mexicano dejó una huella imborrable.

Mis caminos con José Rodríguez, comenzaron cuando yo era casi un niño. Para él, yo era el hermanito más joven de su familia adoptiva de Laguna de Guzmán número 10, mi casa paterna.

En mi adolescencia me vio jugar béisbol, y tiempo después, en mi primera juventud asistimos juntos al parque del Seguro Social a ver ganar a los Diablos Rojos del México de su paisano el beisbolista más completo mexicano de todos los tiempos, Miguel Becerril Fernández.

Recuerdo las conversaciones que tuvimos cuando yo era un estudiante de Biología en la Facultad de Ciencias, porque Pepe se interesó por el desarrollo del movimiento estudiantil del 68.

Ese vínculo maravilloso que se construía en las conversaciones no se interrumpió nunca. Los temas, como suelen ser entre amigos, recorrieron muchos caminos: la familia, los amores, los deportes, el arte, sin faltar las preocupaciones por el país. Nos entrábamos mutuamente de los temas a que nos dedicábamos en nuestras respectivas chambas; yo siempre escuchaba sus consejos, porque era un hombre muy inteligente y de gran experiencia, entregado al trabajo hasta la obsesión. Sin embargo, Pepe se daba sus vacaciones “haciendo adobes”-como se dice. Uno de esos “adobes” era hacerla de ranchero. Sus ingresos le permitieron comprar “unas tierritas”, como él las llamaba.

De ellas me viene a la memoria la siguiente imagen de Pepe Rodríguez. Una mañana que nos dirigíamos a su rancho en una lacha que navegaba por uno de los ríos que cruzan las Choapas, podía haber sido el Mochitlán, el Pedregal, o el Tonalá, no lo recuerdo bien, pero lo que no he olvidado es que ese trayecto fue hecho bajo un aguacero torrencial y fuertes vientos de un Norte veracruzano. José, conocedor de su terruño, venía protegido, no solamente con una manga, sino algo que, dijo, era el antídoto perfecto para el mal tiempo. Cuando la tormenta arreció y trajo un viento helado, Pepe sacó no sé de dónde, una botella de aguardiente de caña. Después de pegarle un enérgico farolazo a boca de botella; ese hombre de casi dos metros de estatura y cuerpo de jugador de futbol americano se despojó del impermeable, se quitó la camisa y, poniéndose de pie en esa lancha con el dorso descubierto, gritó hacia los árboles de esa selva, acompañado de una amplia y sonora carcajada: “¡éste es mi clima!”.

Los demás tripulantes, que estábamos muertos de frio y empapados; después de dar unos tragos a ese destilado salvador, eso sí, sin quitarnos la camisa lanzamos al unísono el grito que no podía ser otro:” ¡chingao, sí, este también es nuestro clima!”. Esas risas y el aguardiente nos reconfortaron, pero no tanto, como el saber que en la casa de sus hermanas, dos mujeres sabias y silenciosas cocineras, comandadas por Julieta, la mayor, nos tenían preparado, como recepción, una de sus especialidades: un caldo largo de pescado y acamayas, delicadamente picosito y aromatizado con hierbas que eran solo conocidas por ella. Ese día lluvioso conocí los orígenes íntimos de mi amigo el “Chel’’.

Otras estampas, desordenadas por mi cariño, llegan al recordar a ese gran amigo, que hace más de dos años me dejó su ausencia.

Un día muy temprano, cuando estaba por salir a mi trabajo en la Secretaría de Pesca, sonó el teléfono – claro, era la lejana época de cuando la gente se llamaba a los teléfonos fijos de casa. Era una llamada en la que reconocí de inmediato la voz de Pepe Rodríguez, quien me preguntó si podía comer ese día con él, al tener mi respuesta afirmativa, propuso un restaurante español de la Zona Rosa. En esa comida, Pepe temerariamente, se atrevió a invitarme a colaborar con él en una nueva responsabilidad que tenía en el Banco Pesquero y Portuario del gobierno de México. A la hora de los digestivos, le pregunté cuál era el cargo que él tenía, las sus funciones cumplía; su respuesta fue, un aforismo redondo. Cito textualmente: “Biólogo, todo jefe tiene un pendejo. Yo soy ese”.

Tuve el placer de trabajar con el Director de plantación y desarrollo del banco por dos años. Ahí vi al Chel pararse en la caja de bateo.

Era un cuarto bat en el trabajo, era brillante como como si jugara la segunda, resolutivo y con resultados inmediatos como un pícher, y responsable y fuerte de espíritu como un gran cátcher. hasta el extremo que un día que recuerdo bien lo vi completar su jornada del día enfermo resintiendo temperaturas de 39 o 40 grados de fiebre, sin hacer caso a mi padre, su amigo y doctor, que le indicó ir a su casa a cuidarse.

Con él aprendí a ser mejor funcionario público; sus indicaciones y consejos eran claros y precisos, revisaba mis trabajos con lupa. Guardo como recuerdo una hoja con las correcciones hechas por él a un texto mío; se pueden leer sus acotaciones hechas con la punta roja de un lápiz bicolor. Rodríguez también hacía literatura, aunque sin saberlo. En una ocasión en la que me envió a un viaje de trabajo a Tabasco, al refiriese a la persona que con la que me iba a encontrar, y quien estaba interesado en hacer una inversión en un proyecto acuícola, me dijo esto que es una joya literaria. Describió a esa persona de la siguiente manera: “Toño Sánchez es un hombre que hizo, no sin un trabajo esforzado, rico a su papá, quien antes era inmensamente rico”. Esa sentencia es una paradoja perfecta en un solo un trazo -me aclaró un amigo y poeta al contársela. Repito, Pepe tú hacías literatura sin saberlo.

Para cerrar este viaje memorioso con el “Chel”, nada mejor que recordar las grandes paellas preparadas por él en su casa cada enero. Ahí, todavía lo veo vestido con su mandil y su cerveza en una mano, con sudor en la frente, producido por el calor que desprendía la leña que calentaba la enorme paellera de donde él, personalmente les servía a varias decenas de invitados.

Esas comilonas acababan siempre hacia la noche alrededor de dos guitarras magistrales y un repertorio de piezas más amplio que el Cancionero Picot, que eran tocadas e interpretadas por Humberto Lazo y Luis León, acompañando sus voces por la entonada de Pepe, y por las no tanto de Carlos Mena Brito y la de mi hermano Martín. Ese coro compuesto por esos cinco compañeros de la facultad, que frecuentaban la casa de mi infancia. Así se terminaban esas inolvidables reuniones de enero.

Nunca supe, ni pregunté por qué a José Rodríguez Cruz le decían El Chel, ni siquiera mi hermano y su compadre Carlos Mena Brito lo saben, pero todos sentíamos que ese sobrenombre le iba como hecho a la medida. Para terminar este viaje por los recuerdos, como un homenaje a mi amigo, le pediré a algún botánico que le guste extraviarse en la selva alta perinifolia, que bautice a alguna especie de enormes y generosos árboles con el nombre científico de Chel rodrigae cruzilium.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad. (elbiologony@gmail.com)

Jorge “El Biólogo” Hernández