Otra historia conversada de bares

 

Mi amigo Govela es abogado. Con su picardía huasteca, me dijo un día que él, en su portafolio, llevaba siempre un ejemplar de la Constitución, para respaldar sus dichos, pero también llevaba un picahielo, como argumento contundente, por si hacía falta. Esto lo narré ya en mi libro Andanzas; ahora les contaré un viaje que hizo a sus recuerdos, que lo llevó a dos lugares, cada uno en ciudades y tiempos diferentes.

El primero lo llevó al Puerto de Tampico, su tierra natal. Nos recuerda Guillermo Govela que ese lugar del Golfo de México tiene entre sus símbolos distintivos la cantina El Porvenir, donde se inventó un platillo espectacular: las Jaibas a la Frank. Esta delicia fue creada por el primer dueño de la cantina, Don Jesús García, quien contaba que le puso ese nombre porque “le sonaba bonito”.

El crustáceo en cuestión está preparado a base de pulpa de jaiba, mantequilla, crema ácida, pimienta y ajo molido al gusto. Este gran lugar, en el año de 1916, antes de ser El Porvenir, fue una tienda de abarrotes y ultramarinos que en 1923 cambió de giro para convertirse en la cantina legendaria donde, además de este delicioso platillo, se ofrecen tortas, como en toda cantina que se respete, sólo que en ella pueden ser de angulas, camarón, o pulpo. Además, en este lugar, que cumplió su primer centenario el año pasado, el parroquiano puede gozar de la música huasteca interpretada en vivo por sus trovadores nativos.

Ante la descripción de Govela, la imaginación me lleva —porque nunca he estado ahí— y me veo sentado en la cantina, escuchando emocionado los versos de la Petenera, el Caimán, la Cecilia o el Sacamandú, mientras disfruto una torta de jaiba a la Frank. Ese lugar es inconfundible si uno camina por la Avenida Hidalgo, en la zona conurbada de la ciudad, por una frase de seis palabras que está escrita sobre su puerta principal y que por sí sola vale esta crónica cantinera: “Aquí se está mejor que enfrente”. Y claro que es así, porque El Porvenir se encuentra exactamente enfrente, ni más ni menos, que del Cementerio Municipal del Puerto de Tampico.

Al estar charlando sobre estos temas tabernarios, se encendió otra remembranza en la memoria de Guillermo, que lo transportó al otro lado del océano. Se fue a sus recuerdos de estudiante de posgrado en la London School of Economics. Aquí los dejo con su voz y, para gozar el relato, pídanse una Guinness:

“La cantina «The Three Tuns» estaba ubicada en el corazón de la escuela, abría como a las diez y media de la mañana, y era operada y administrada por la sociedad de alumnos de la escuela (LSE Student’s Union). Por la ubicación de la escuela y el importante subsidio que tenía la cerveza (producto de un precio regulado en la canasta básica en el Reino Unido, jajaja), «The Three Tuns» (o «el tres tunas», como le decíamos los estudiantes mexicanos), tenía un ambiente único: podías encontrar estudiantes jóvenes, académicos, trabajadores de la construcción, corredores de bolsa y empleados bancarios, así como abogados postulantes con toga y peluca en mano, esperando la hora de su cita en las Cortes de Justicia.

“Era probablemente el bar más sucio de la historia de Inglaterra: no tenía ventanas -sólo un vitral que daba hacia una calle peatonal- una barra larga de madera vieja, una alfombra con color indefinido y que despedía un fétido olor a cerveza y otras joyas. En el fondo izquierdo había una rockola muy vieja y oxidada, que aparentemente no funcionaba con monedas, sino que prendía cuando se le pegaba la gana, solamente para reproducir «Paint it Black», en su versión original, interpretada por uno de los exalumnos más famosos de la LSE: Mick Jagger, quien dejó trunca la carrera de Economía para dedicarse de lleno a los Rolling Stones.

“Recuerdo que ahí conocí a amigos mexicanos que ahora son mis compadres y hermanos: pasamos un año entero en esa cantina, tomando pintas de cerveza, que era lo único que podíamos comprar con nuestras respectivas becas. Ahí vimos el mundial de 2002, aquel en el que Jared Borgetti le metió un golazo de cabeza a Italia; ahí hubo amigos que conocieron a sus novias/esposas, ahí conseguí mi primer trabajo en el gobierno federal y, claro, ese lugar fue testigo de borracheras espectaculares en las que no pocas veces terminamos abrazados, cantando José José, con peruanos, dominicanos y otros latinoamericanos. En fin, como es natural en Inglaterra, la gente solo habla en el Pub después de unas cervezas, así que esa catedral de la desinhibición resultó el lugar crucial para conocer otras culturas, personas, formas de pensar.”

Esos momentos luminosos, que me trasmitió oralmente de este bar, Guillermo Govela los vivió en los inicios de los años dos mil, como estudiante de la Maestría en Políticas Públicas y Administración.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad. (elbiologony@gmail.com)

Imagen cortesía del autor

Jorge “El Biólogo” Hernández