

La discusión sobre cobertura en la educación superior suele quedarse en slogans. Los datos, en cambio, obligan a hablar de presupuestos, de planta académica y de infraestructura, si miramos los últimos tres sexenios, el patrón es claro, se dio una expansión importante con Calderón, después un crecimiento relevante con Peña Nieto y finalmente en el último sexenio se presentó una meseta. El arranque de Sheinbaum trae consigo un reto importante, ampliar la matrícula sin descuidar la calidad.
Con Felipe Calderón el sistema público tomó tracción, arrancó en 1,513,367 estudiantes (ciclo 2006–2007) y cerró en 1,948,359 (2011–2012). Eso es un salto de 434,992 alumnas y alumnos, equivalente a +28.7% en seis años, no es poca cosa, en cobertura, el Estado recuperó capacidad de absorción y contuvo, al menos parcialmente, la deriva hacia la privatización acelerada de los noventa. Pero el éxito vino con una hipoteca, la matrícula creció más rápido que el gasto operativo por estudiante. Las universidades hicieron espacio estirando aulas, horarios y cargas docentes; lo que no llegó al mismo ritmo fueron los tiempos completos, la renovación de laboratorios y los programas de tutoría que sostienen el aprendizaje cuando los grupos se hacen grandes. La cobertura avanzó; la calidad quedó dependiendo de la buena voluntad de profesores por horas y de infraestructura que envejecía sin reposición.
Con Enrique Peña Nieto el empuje público continuó y, en términos absolutos, fue incluso mayor. El sexenio inicia en 2,060,297 estudiantes (2012–2013) y termina en 2,512,586 (2017–2018): +452,289 personas, un +22.0%. El mensaje parecía claro, el Estado puede masificar la educación superior, sin embargo, la arquitectura del financiamiento siguió siendo la misma: presupuestos base históricos, negociaciones anuales, poca multianualidad y nulos incentivos vinculados a permanencia y titulación. Muchas IES públicas crecieron a punta de contratos por asignatura y equipamiento al límite. Abrimos la puerta a cientos de miles, pero no consolidamos cuerpos académicos ni expandimos la capacidad instalada al mismo ritmo. En la práctica, la inversión por alumno no acompañó el aumento de matrícula y el sistema empezó a mostrar signos de fatiga: grupos más grandes, menor acompañamiento, tiempos de titulación que no mejoran y brechas en áreas que requieren práctica intensiva.
Con Andrés Manuel López Obrador el discurso cambió a “austeridad”, y la estadística pública lo resintió, entró al gobierno con 2,571,909 estudiantes (2018–2019) y lo terminó con 2,617,333 (2023–2024) el sistema apenas creció 45,424 estudiantes, un +1.8% en seis años, un incremento bastante limitado. Hubo creación de nuevas universidades y expansión de becas sociales, pero sin incremento sostenido del gasto por alumno que permitiera estabilizar plazas de tiempo completo, profesionalizar la tutoría, financiar nivelación, salud mental y conectividad, o renovar equipo con la velocidad que exige la docencia práctica.
El patrón de los tres sexenios es incómodo y evidente si miramos solo al sector público, con Calderón se probó que se puede crecer rápido; Peña Nieto, que se puede sostener la ola; AMLO, que sin combustible real el sistema se estanca. En los tres casos, la deuda común es el financiamiento por estudiante, estable y plurianual, que dé certidumbre para contratar planta, cuidar la relación alumno/profesor, equipar laboratorios, mantener y actualizar infraestructura. Sin esa ancla, la cobertura queda atada a la demografía o a shocks como la COVID-19, y el aprendizaje depende de héroes anónimos que hacen malabares con cargas por hora.
El dato más reciente, el primer ciclo del gobierno de Claudia Sheinbaum muestra un repunte de estudiantes inscritos en el sector público que pasó de 2,617,333 (2023–2024) a 2,670,365 (2024–2025), es decir, +53,032 estudiantes (≈+2.0% en un año). Es una buena señal, pero no una tendencia. Si el objetivo es recuperar una senda de 4–5% anual, hacen falta dos o tres veces ese aumento cada ciclo y, sobre todo, otra forma de financiar.

La consigna no debería ser “más matrícula” a secas, sino más matrícula con la los insumos suficientes para que la formación sea de calidad, es decir contratación de profesores de tiempo completo en las áreas de mayor demanda y pertinencia regional; infraestructura moderna y suficiente (laboratorios, bibliotecas digitales, conectividad robusta, aulas híbridas equipadas); y servicios académicos que reduzcan el costo total de permanecer (tutoría, nivelación y apoyo socioemocional).
*Universidad Autónoma del Estado de México


