La emergencia de un narco y su perfil social

(Segunda parte)

Fernanda Isabel Lara Manríquez

Dando continuidad a la columna de hace 15 días, hace ya varios años que Tláhuac se erige como una de las alcaldías con mayor violencia, y en donde su población se encuentra en una indefensión total, donde no hay presencia del Estado ni de sus policías más que para detener a quienes defienden su territorio de la minería ilegal que, según el Estado, no existe, pues de acuerdo con las respuestas de solicitud de transparencia no hay actividad minera en el lugar, señala el Estado: “cero concesiones”.

Pero quienes habitan el espacio son testigos de la actividad minera extractiva de arena de lunes a sábado, contaminando el agua y el ambiente, funcionando [según rumores de la zona] con la base de la estructura criminal cuya herencia se atribuye al Cartel de Tláhuac, con halcones que espían a cualquier visitante de la Sierra Santa Catarina y que en cualquier momento llaman a la policía de Iztapalapa o Tláhuac quienes parecen operar como escoltas de la minería ilegal, actividad que fomentan mediante la amenaza y la coacción hacia la población del lugar que pueda oponerse, pues ante cualquier oposición de la población ésta corre el riesgo de ser detenida por la propia policía, como ya ha ocurrido en los últimos meses.

Siendo México el segundo país que más horas trabaja después de Colombia, también es un escenario no sólo con diversos territorios de muerte, como Tláhuac y gran parte de Iztapalapa, sino también un espacio de desigualdades, donde la esperanza que se erige para varios y varias es pertenecer a la “narco cultura”, trabajar menos, estudiar menos y “vivir mejor”.

¿Qué hacer ante el oscuro panorama? Considero que hay que ir más allá de resolver las desigualdades con programas sociales o políticas públicas paliativas que otorgan un estipendio mensual por sólo pertenecer a una población vulnerable, lo cual solo arregla una parte del problema y no de manera estructural sino superficial y temporal, es el aspecto del capital económico, cuya carencia puede conducir a una vida criminal.

Hay entonces, otros aspectos relacionados al capital cultural que habría que atender. Se observan las figuras de padres ausentes en los perfiles criminales de varios capos de las drogas. Pero también se identifican mujeres provenientes de familias desgarradas, ya sea soñadoras de ser novias/esposas de algún capo o de ser ellas mismas una advocación de La Reina del Sur. Personas que nacen en esos escenarios de desigualdad, con nulo acceso a una educación de calidad y a oportunidades laborales dignas y bien remuneradas, la actividad criminal se presenta como oasis y como utopía.

Hace falta gobiernos capaces de crear posibilidades de vida honestas en donde las horas infinitas de trabajo tengan un valor, en donde se vuelva a reconocer la valía del campo y la vida rural más allá del espejismo lujoso de la vida urbana, moderna y rodeada de marcas con las que sueñan los grandes capos cuyas infancias estaban rodeadas de hambre, violencia y muerte.

Hernán Bermúdez Requena y Adán Augusto. Fotografía tomada de https://unomasuno.com.mx/nacional/murio-hernan-bermudez-requena-exfuncionario-de-adan-augusto/. Consultada el 23 de julio de 2025.

Pero más allá de eso, los hechos recientes en nuestro país nos enseñan que “la tipología” del narco o, mejor dicho, aquello que lo hace surgir no se reduce a las desigualdades sociales y económicas en donde creció, ni a un contexto de marginalidad. Me refiero al ex secretario de Seguridad Pública de Tabasco, Hernán Bermúdez Requena quién conforme a lo publicado en días recientes por diversos medios a partir de la información publicada por el grupo hacktivista Guacamaya, parecía ser líder del grupo criminal “La Barredora”.

Si bien, poco se sabe de la biografía de “El ojos”, ex líder del cartel de Tláhuac, sí se sabe que presuntamente comparte oficio con el ex Secretario de Seguridad de Tabasco, lo cual descoloca la posibilidad de construir sociológicamente un tipo ideal de capo, es decir, su emergencia trasciende las desigualdades sociales y económicas de sus infancias y pasados, considero, en su lugar, que es el contexto político y social de opacidad, indiferencia e impunidad lo que configura el medio ambiente para que se erijan seres capaces y solapados de despojar, de matar, de violar, de reprimir y de explotar con el fin último de acumular.

Pero, ya rebasando la discusión sobre un posible perfil criminal de un narco o una señora del narco, prevalece la mayor preocupación, y esa es la de tener documentos filtrados de la Secretaría de la Defensa Nacional donde se devela un servidor público, un hombre de la vida política, un actor gubernamental, que además es líder de un cartel, ¿en dónde nos deja como sociedad civil esta doble personalidad y agencia de la sociedad política?

Considero que lamentablemente México tiene narco en el Estado como un cuerpo tiene cáncer, y ese cáncer ya hizo metástasis. Así como nuestras formas de vida con racionalidades occidentales han llevado al medio ambiente al punto de no retorno y hemos olvidado “escuchar en clave tojolabal”, la política de nuestra nación está podrida [lo ha estado históricamente], y lo seguirá estando hasta que no reflexionemos en nuevas formas de hacer política, una que vaya más allá del acto clientelar y partidista del voto, una política que trascienda el ser ciudadana en el llano acto de votar, una política que apele a la capacidad de agencia de la sociedad civil, esa sería la transformación a perseguir.

La Jornada Morelos