

Durante el periodo de gobierno de Armando León Bejarano (1976-1982) se inició la construcción del Teatro de la Ciudad, en un predio entre las calles de Matamoros y No Reelección del centro de Cuernavaca, como resultado de largas gestiones de varios promotores culturales del estado, entre ellos mi padre, el Maestro Jorge Cázares Campos. Finalmente el estado contaría con un recinto adecuado para traer obras de teatro, conciertos, ballet y otro tipo de artes escénicas.
En ese entonces mi padre viajaba constantemente pintando por todo el país y sus ausencias a veces eran prolongadas. Recuerdo un viernes por la noche que recién regresaba tras varias semanas de trabajo en el campo y mi madre lo puso al tanto de las vicisitudes. La primer noticia fue sobre un licenciado (no recuerdo su nombre) que llamaba diariamente a la casa preguntando si el Maestro Cázares ya había llegado.
El sábado temprano volvió a sonar el teléfono: era él nuevamente. Media hora después estaba en casa platicando con mi padre, diciéndole que el Teatro de la Ciudad “que tanto trabajo costó gestionar” estaba a punto de convertirse en Recinto Legislativo por instrucciones del entonces gobernador Lauro Ortega (1982-1988), “Maestro yo mismo estoy haciendo los trámites, por eso tengo la certeza de lo que le digo, y creo inclusive que ya es demasiado tarde para revertir esa orden”.
Mi padre, descompuesto, marcó a la casa de don Lauro en Xochitepec y para su sorpresa el mismo contestó “¿Maestro que le urge hablar conmigo? Venga a mi casa, le invito un café”.
Como en muchas ocasiones, yo lo acompañé. Nunca olvidaré la cara de mi papá cuando de pie le dijo al gobernador: “Usted me traicionó, se decía mi amigo, y me traicionó”. Entonces don Lauro pasó de la sonrisa a la cara de asombro:

— Mi querido Maestro, está usted usando palabras muy duras… ¿qué le hace suponer que yo lo traicioné?
— Sólo vine a que me diga de frente si es cierto que el Teatro de la Ciudad que está casi terminado, se lo quiere entregar al Congreso del Estado.
La respuesta llegó inmediatamente cuando el Gobernador bajó la mirada.
Mi papá le reclamó en voz alta y don Lauro aguantó todo hasta que le dijo:
— ¿Ya terminó, Maestro? Siéntese, porque esto lo arreglamos ahorita, no quiero perder su amistad ni su respeto.
A regañadientes nos sentamos, yo francamente estaba asustado, no era la primera vez que me tocaba ver a mi papá en una batalla, pero esta vez no la vi venir.
— Mire Maestro, lo del Congreso no tiene marcha atrás, porque ya pasó todas las instancias legales, pero dígame, ¿cómo puedo resarcir el daño que le hice a la cultura del Estado? Dígame que otro inmueble podemos construir o comprar.
— ¡No juegue conmigo don Lauro!
— Pero si no estoy jugando, Maestro. ¡Mire cuánto lo aprecio que le ofrezco lo que está escuchando! Así que dígame qué hago
Para mostrarle que iba en serio, el gobernador tomó su pluma y una tarjeta, listo para escribir aquello que mi padre le dijera.
— Expropie el Jardín Borda, creo que está en un litigio…
— ¿El Jardín Borda? En aquel momento, don Lauro no sabía de su existencia, pero anotó: 1.- Jardín Borda, expropiar. Luego preguntó:
— ¿Qué más querido Maestro?
— ¿Qué más? Aquello tomó tomó por sorpresa a mi padre. Don Lauro seguía esperando, pluma y papel dispuestos:
— Si, dígame otra cosa más.
— Nos quitó un teatro, don Lauro, denos un teatro digno, expropie el Teatro Ocampo, el que está casi enfrente de su oficina, el de Carlos Amador. El gobernador escribió: 2.- Teatro Ocampo, expropiar.
— ¿Qué más Maestro? dígame una cosa más.
— Recupere el Cine Morelos, es del Estado pero creo que está concesionado y en un estado lamentable.
Sin mediar respuesta, don Lauro, apuntó: 3.- Cine Morelos, recuperar.
Don Lauro dejó la pluma y mostrando la tarjeta dijo:
— Le insisto, quiero conservar su amistad, así que le ofrezco cambiar tres por uno, ¿le parece justo?
— Apenas con esas tres cosas le alcanza don Lauro, pero no me mienta.
— Vaya sin cuidado que sabré honrar mi palabra.
Poco después don Lauro cumplió. Se anunció la expropiación del Teatro Ocampo y más tarde se publicó la recuperación del Cine Morelos. La remodelación del Jardín Borda comenzó en 1983 a cargo del arquitecto Jesús Sánchez y su inauguración en 1987 refrendaba el compromiso de Don Lauro con la cultura estatal; el invitado especial para dicha inauguración fue Rufino Tamayo, quien vivía en Cuernavaca. Todo fue alegría hasta que a Tamayo se le ocurrió decir:
—Este jardín es muy bello, pero tal vez demasiado grande para la cultura del estado.
De manera impulsiva, Cázares le respondió:
— Mi querido Maestro, usted sabe lo mucho que lo aprecio y admiro, pero eso que acaba de decir ¡vaya a decírselo a los oaxaqueños!
En ese momento Tamayo salió del salón intempestivamente y don Lauro detrás de él buscando calmarlo. Finalmente, Tamayo accedió a asistir a una reunión en Casa Morelos; a la hora de la fotografía oficial acomodaron a mi papá a su lado y con un sonoro “Ash” el grandulón Rufino giró y le dio la espalda; Cázares Campos sólo sonrió ante esa actitud infantil.
Mi padre conservó la amistad con don Lauro y un bloque de hielo lo separó de Tamayo por un buen tiempo. Al final todo valió la pena, se ganaron tres espacios culturales para Morelos a cambio de uno, que por cierto, está inservible actualmente.
*Miembro del Consejo Municipal de Cultura, editor de obra gráfica y comelón irremediable.

Alfonso Sandoval Camuñas, Rafael Mazón, Paula Lazos, Gabriel Contreras, Efraín Pacheco Cedillo, Jesús Sánchez, Manuel Mariscal, Jorge Cázares Campos, Rufino Tamayo, Karime Zarur, Lauro Ortega Martínez, Olga Tamayo, Ana Laura Ortega Vila, Fausto Gutiérrez Aragón, Ramón Prats, David Jiménez González, Alejandro Jasso, Tláloc García Lazos, Felipe Castañeda, Rolando Guillermoprieto, Humberto Salgado. Imagen cortesía del autor

