Rescatar la memoria de los escombros: la búsqueda de Lucía Calderas

Roberto Rodríguez Soriano *

México es un país que se ha formado a partir de violencias de todo tipo. Una de ellas es la construcción de una historia que, como ocurre con todos los proyectos nacionalistas, se ha edificado mediante un ejercicio selectivo de la memoria —y del relato histórico—: un proceso que encubre, o directamente naturaliza, las múltiples formas de exclusión, segregación y despojo que le son constitutivas.

Este proyecto nacional, heredero y continuador del colonialismo europeo, nos exige también un ejercicio selectivo y constructivo de nuestra propia identidad, muchas veces en contra de los propios cuerpos, de los afectos y de los vínculos. Nos impone la autoexigencia de parecernos a modelos ideales que, mediante una pedagogía de la violencia, se han instaurado como la única posibilidad de sobrevivir y de acceder a derechos, desde los más básicos y elementales hasta los privilegios más superfluos y absurdos.

Frente a las necesidades individuales de autoafirmación identitaria —que en ocasiones pueden ser complacientes y selectivas, y en otras, por necesidades vitales, críticas, autocríticas, honestas y confrontativas—, Lucía Calderas propone en “Nuestra gloria los escombros” un ejercicio simultáneamente constructivo y deconstructivo de su propia historia e identidad. Un gesto que, más allá de su intención personal, se vuelve extensivo: permite pensar cómo el colonialismo no solo atraviesa a los sujetos, sino que los constituye histórica y afectivamente.

Más allá del cliché nacionalista reaccionario que insiste en que toda persona nacida en México posee una doble raíz —la indígena y la española—, Calderas rescata, mediante un ejercicio de memoria situada, la figura de su abuela mazahua.

El libro abre con un índice dental, un gesto que no es ornamental sino estructural. Los dientes son fragmentos corporales duros y sobrevivientes; funcionan como archivos mínimos, como memoria material, como escombro del cuerpo. Por ello son también inscripción política e histórica. Remiten a la boca, a la lengua, a la primera forma de arraigo al mundo y a los afectos más primarios. Frente a la historia monumental del Estado, Calderas propone una memoria que muerde, que mastica restos, que habla desde el cuerpo y no desde el monumento que exige rendición y adoración.

En el diente incisivo central se inscribe la figura de la inferioridad: la persona problemática para el orden colonial y globalizado, la analfabeta, la de piel morena. La gestión estatal y capitalista identifica a la “prieta, indígena, mujer mazahua” como un problema que debe resolverse: quitarle la tierra, arrebatarle la lengua, transformarla. Mestizarla, desarraigarla, expulsarla de su lugar de origen para insertarla en el mundo de las fronteras móviles del capital y la mercancía. A Lucía se le desarraigó la lengua de la abuela, el mazahua, pero se aferra a la memoria de la infancia: “Me acuerdo de mi pasado en el pueblo… trepada en lo alto del naranjo”. Recuerda el canto de los coyotes al amanecer y los principios elementales de la comunidad: el cordón umbilical enterrado bajo el fogón como símbolo de cuidado y pertenencia. Una ética contraindividualista, contracompetitiva, contracapitalista y contracolonial.

Una de las preguntas centrales del libro es qué significa ser indígena. La respuesta no es identitaria en un sentido esencialista, sino histórica y material. Calderas muestra que la definición de lo indígena ha sido construida para excluir. Si solo es indígena quien habla una lengua originaria, se castiga y se avergüenza a quien intenta recuperarla; si solo lo es quien habita un territorio “asignado”, se legitima el despojo, la migración forzada y la ruptura violenta de las comunidades. Las lenguas no se pierden por descuido ni por azar: se eliminan junto con quienes las hablan. Por eso, como escribe Calderas, nombrar duele. Recuperar una lengua no es volver a un origen intacto, sino recomponer fragmentos originados por las violencias históricas, aceptar pérdidas y asumir que toda traducción deja restos fuera. “Nuestra gloria los escombros” propone, así, una ética de la memoria: una que muerde, que habla con dificultad, que arriesga el dolor inscrito en la lengua —en su pérdida y en su búsqueda— para hacer posible otra forma de vida, sostenida no en la gloria de los vencedores, sino en los escombros que resisten.

* Doctor en filosofía. Posdoctorado UAEM

Un dibujo de una persona

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