
A propósito del Día Internacional de la Lengua Materna
En 1999, la UNESCO aprobó la celebración del Día Internacional de la Lengua Materna por iniciativa de la representación de Bangladesh. Desde entonces, cada 21 de febrero se realizan actos que buscan reconocer la diversidad lingüística mundial y el carácter multicultural y multilingüe de las naciones. El documento inaugural advertía un dato estremecedor: cada dos semanas desaparece una lengua; con ella, se extingue una forma singular de nombrar el mundo, un archivo irrepetible de memoria y conocimiento.
La lengua materna es la primera que aprendemos en la infancia; es el instrumento primario de nuestro pensamiento y comunicación. No es un repertorio neutro de signos: es una forma de habitar el mundo. En ella configuramos nuestra identidad y nuestra comprensión de la realidad, de las relaciones humanas y de otras formas de vida. Allí se gestan nuestros afectos y también nuestros desafectos.
Sin embargo, la lengua, su uso y sus transformaciones, no conforman un espacio inocente. Está atravesada por la historia y el poder. Todas las lenguas poseen la misma sofisticación gramatical y capacidad expresiva, pero no todas ocupan el mismo lugar en el orden social. Las jerarquías lingüísticas no son lingüísticas: son políticas.
El colonialismo no solo ocupó territorios y cuerpos; también clasificó culturas y lenguas y, con esto, clasificó humanidades. En el imaginario colonial, ciertas lenguas fueron asociadas a la razón, al progreso y a la civilización; otras, a la barbarie o al atraso. Ya los antiguos griegos llamaban “bárbaros” a quienes no hablaban su lengua: percibían como carentes de logos a quienes ellos no podían comprender. Ese supuesto legitimó procesos sistemáticos de prohibición, desplazamiento y estigmatización lingüística.
En muchos países de América Latina, África y Asia, hablar una lengua originaria ha significado —y aún significa— vergüenza y castigo. A generaciones enteras se les enseñó que la lengua de sus madres era un error que debía corregirse. La violencia lingüística fue —y es— una forma de violencia epistémica: no solo se silencia una lengua, se desacredita un modo de conocer el mundo.

Como ha señalado la pensadora mixe Yásnaya Aguilar, las lenguas no desaparecen por procesos naturales: desaparecen porque se mata o se desplaza a sus hablantes. Reflexionar sobre las lenguas maternas implica, entonces, reflexionar sobre las relaciones entre justicia social y justicia lingüística. Implica cuestionar el monolingüismo como ideal civilizatorio.
En 1492, Antonio de Nebrija escribió en la dedicatoria de su “Grammática Castellana” que “siempre la lengua fue compañera del imperio”. No era una metáfora: era una declaración política. La codificación de la lengua funcionó como instrumento de unificación y dominación. La expansión del castellano en América formó parte de un proyecto civilizatorio que subordinó y desplazó otras lenguas y otras formas de comprender el mundo. Nombrar desde una lengua significa fijar una forma de autoridad. La lengua que acompaña al poder tiene la función de disciplinar: homogeneizar, administrar y producir identidades unificadas y empobrecidas.
En este supuesto se inscribe parte determinante de la historia lingüística de lo que se llama América Latina. La imposición del castellano, que aún hoy hablamos, fue parte constitutiva de un proyecto civilizatorio que implicó la subordinación y exterminio de otras lenguas. Con ello, de otras formas de comprender el mundo.
La diversidad lingüística y cultural que aún persiste en el continente, en contra de la pretensión del monolingüismo occidental, es sostenida por la resistencia y persistencia de las comunidades “originarias” que continúan defendiendo sus lenguas como condición de su existencia colectiva. Si la lengua ha sido compañera del imperio que disputa la concepción plural de la vida, las defensas de las lenguas maternas son actos antimperialistas y de emancipación.
Defender, hablar, aprender las lenguas maternas “originarias” no debe ser un gesto folclorizante: son afirmaciones y disputas por el derecho de ser y de existir. Porque allí donde una lengua es silenciada y asesinada, también se empobrece lo que humanamente somos.
* Doctor en filosofía. Posdoctorado UAEM


