Las trampas del multiculturalismo y los pueblos indígenas

El artículo 2º de la Constitución mexicana reconoce que la nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas. Este reconocimiento se formalizó en 1992, a partir de una reforma impulsada por el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari. No es un dato menor que esta modificación coincidiera con el Quinto Centenario, la entrada en vigor del TLCAN y la necesidad de proyectar una imagen del país como moderno, plural y democrático ante el nuevo orden económico global.

Debe decirse con claridad que este reconocimiento no representó una ruptura con el pasado, sino la implementación de una nueva forma de articulación político-económica acorde con el neoliberalismo. El multiculturalismo suele presentarse como un avance democrático; sin embargo, en la práctica ha operado como una tecnología de control: bajo el discurso del reconocimiento, el Estado ha integrado la diferencia cultural sin permitir que esta se traduzca en autonomía política real.

Lejos de transformar las relaciones históricas de desigualdad, el multiculturalismo ha servido para gestionar la disidencia frente al proyecto nacional. Ha celebrado lenguas, tradiciones y símbolos, mientras evita discutir los fundamentos de las demandas indígenas y de otras llamadas “minorías étnicas”: territorio, autonomía y condiciones materiales de vida.

Este modelo tiene su origen en el liberalismo canadiense de las décadas de 1960 y 1970, en un contexto marcado por las luchas de las Primeras Naciones. Sin embargo, el reconocimiento estatal de la diversidad no implicó una ruptura con el orden colonial, sino su reconfiguración. Las demandas por soberanía, territorio y control de recursos fueron traducidas al lenguaje de la cultura y la identidad, desplazando el conflicto político hacia el terreno del reconocimiento simbólico. Con la globalización y la consolidación del neoliberalismo, el multiculturalismo se volvió una fórmula efectiva de gobernanza.

En México, los pueblos indígenas han sido incorporados al relato nacional bajo la condición de su docilidad. Cuando dejan de pedir inclusión y comienzan a exigir autonomía, el multiculturalismo revela su verdadero rostro: una herramienta de violencia simbólica y material que busca disciplinar la disidencia. Así, lejos de desmontar el orden colonial, lo moderniza. Convierte a los pueblos indígenas en patrimonio cultural y atractivo turístico, legitima el despojo territorial y epistémico, y hace compatible la desigualdad estructural con un relato celebratorio de la diversidad. 

Pensar críticamente el multiculturalismo hoy, ya consolidado como un concepto de uso cotidiano, académico, cultural y político, es indispensable para comprender el funcionamiento del imperialismo contemporáneo y del capitalismo. Se trata de una de las formas centrales mediante las cuales se gobierna la diferencia en un mundo marcado por migraciones forzadas, extractivismo, crisis climática y conflictos armados. El multiculturalismo sigue funcionando para reconocer identidades sin transformar las estructuras que producen desigualdad; celebrar la diversidad mientras normaliza el despojo; visibilizar culturas mientras invisibiliza las relaciones de poder que las sujetan. 

En el plano social, el multiculturalismo tampoco ha logrado transformar de manera sustantiva las prácticas cotidianas de discriminación y racismo. Lejos de ello, ha contribuido en muchos casos a fijar estereotipos e imaginarios culturales que reducen la diversidad a formas aceptables, folclorizadas y marginales. 

Sin embargo, esta crítica no implica pensar a los pueblos indígenas como sujetos pasivos. En muchos casos, han sabido apropiarse estratégicamente de este lenguaje para abrir grietas, disputar recursos y ampliar márgenes de acción política. Esa instrumentalización inversa recuerda que incluso dentro de los dispositivos de poder, la resistencia no desaparece, se reconfigura.

* Doctor en filosofía. Posdoctorado UAEM

Roberto Rodríguez Soriano