Viaje humano del fuego a las estrellas

Responder a la pregunta: “¿Por qué somos así?” exige algo más que datos. La pregunta no se deja atrapar por una sola disciplina, toda vez que el humano es a un mismo tiempo biología y memoria, deseo y norma, miedo y lenguaje, instinto y símbolo. Pero podemos empezar por reconocer su proceso civilizatorio; su largo viaje del fuego a las estrellas. 

Una noche, hace miles de años, una chispa iluminó la oscuridad: se descubrió el fuego. El fuego cocinó alimentos, ahuyentó depredadores, calentó cuerpos… pero sobre todo encendió el relato, la reunión, la comunidad. Alrededor de esa llama temblorosa nació el primer centro simbólico de la humanidad, un lugar donde el miedo podía compartirse, donde la experiencia se volvió historia y donde la vida dejó de ser solo supervivencia.

Esa chispa fue el inicio de un largo viaje. Durante milenios, fuimos nómadas, aprendimos a leer los mensajes de la tierra, los ciclos, las estaciones, las plantas, y también aprendimos a hacer comunidad. Luego, con la agricultura, hace unos 12 mil años, dejamos de perseguir el alimento y lo empezamos a producir. 

Así aparecieron aldeas, excedentes, jerarquías, escritura. Nacieron ciudades, templos, ejércitos, leyes. La civilización abrió posibilidades extraordinarias, pero también liberó males y calamidades como la acumulación, la desigualdad organizada, la guerra y el poder. El ser humano construyó pirámides, pero también cadenas y esclavitud. Fundó hospitales y también campos de exterminio. 

Luego llegó el Renacimiento, la ciencia moderna, la Revolución Industrial. Y, en apenas un parpadeo histórico, entramos en la era digital: del telégrafo al satélite, del motor al algoritmo, del libro al flujo infinito de datos. Hoy se manipulan genes, se explora el espacio, se conectan continentes en segundos y se crea inteligencia artificial.

Pero aquí aparece una paradoja: nuestro mayor poder es también nuestra mayor debilidad. La tecnología extendió la vida, multiplicó la producción, aceleró el conocimiento, hizo posible que la palabra cruzara el planeta. Sin embargo, al mismo tiempo nos volvió completamente dependientes de sistemas tan complejos cuya falla puede desencadenar un colapso en cadena. Electricidad, agua, alimentos, transporte, comunicación y salud descansan sobre redes interconectadas. 

La pandemia de COVID-19 fue una advertencia global. Bastaron semanas para mostrar cómo se fracturan las cadenas de suministro, cómo colapsan hospitales, cómo el pánico vacía estantes y cómo la vida cotidiana, que parecía sólida, evidenció que somos más vulnerables de lo que creemos.

La fragilidad no solo es sanitaria. Un apagón masivo, una crisis energética, una tormenta solar severa, un ciberataque a infraestructuras críticas o una escalada bélica pueden paralizar la civilización. 

¿Por qué somos así?”. ¿Por qué desarrollamos instrumentos prodigiosos, pero no desarrollamos la responsabilidad, el autocontrol ni el sentido? El Homo sapiens se volvió poderoso, pero no más sabio. Cuando el poder crece sin ética ni sabiduría, el retorno a la barbarie solo necesita de un catalizador que puede ser el miedo, una crisis, una falla en la información o un colapso.

Del fuego a las estrellas ha sido un viaje extraordinario. Pero el desafío, hoy, es no perder en el camino lo que nos hace humanos. Si lo perdemos, podremos tener satélites… y seguir viviendo como tribus enfrentadas. Podremos editar genes… y seguir odiando al otro. Podremos construir ciudades inteligentes… y habitar en las cavernas interiores.Estas reflexiones se profundizan desde la biología, la antropología, la filosofía, las religiones y la sabiduría popular en el libro ¿Por qué somos así?, cuya publicación estará disponible en unas semanas más.

Imagen: Corbis Images

José Antonio Gómez Espinoza