Pensar el fin: tiempo, Apocalipsis y el rechazo indígena del futuro

Roberto I. Rodríguez Soriano *

Durante tres días de agosto del año 410, el ejército visigodo de Alarico saqueó Roma. Para muchos de sus contemporáneos, este episodio fue más que una simple derrota militar, fue el derrumbe del mundo. El Imperio que se había pensado eterno cayó, y con él, parecía resquebrajarse el sentido mismo de la historia. Frente a ese colapso, los paganos culparon al cristianismo de la decadencia de Roma.

San Agustín y su alumno, Paulo Orosio, respondieron a estas acusaciones con sus magnas obras teológico-filosóficas: La ciudad de Dios e Historias, respectivamente. Escribieron no solo para defender la fe cristiana, sino para dotar de sentido a un mundo que parecía llegar a su fin. Para ello fue necesario reorganizar la historia misma, no como una sucesión de caótica de catástrofes, sino como un proceso orientado, gobernado por una lógica trascendente divina.

En ese contexto se consolida una concepción del Apocalipsis —del griego apokálypsis, revelación— que no remite a la destrucción absoluta del mundo, sino al desvelamiento de su verdad última: el momento en que la historia, entendida como plan divino, alcanza su consumación en el Juicio Final.

Siglos después, el núcleo de esta concepción lineal y progresiva del tiempo se secularizó. La Modernidad sustituyó el plan divino por la razón, pero conservó intacta la idea de progreso y de la trascendencia del devenir histórico. El futuro se convirtió en promesa, justificación y fin. En nombre del futuro, del progreso, se legitiman guerras, genocidios y devastaciones ecológicas: sacrificios necesarios para un mejor mañana. Hegel, uno de los grandes arquitectos filosóficos de la modernidad, expresó sin ambigüedades que la historia avanza aplastando “flores inocentes” en su camino. Lo cual justifica.

Esta lógica sigue configurando nuestra concepción del tiempo. El futuro se presenta como horizonte inevitable, aunque solo sea realizable para unos cuantos y a costa de de otros. En su nombre se decide qué pueblos deben desaparecer, qué territorios pueden ser destruidos, qué formas de vida son prescindibles.

En 2020, en medio de la pandemia planetaria, el colectivo Indigenous Action —integrado principalmente por personas diné (navajos)— publicó un manifiesto llamado “Repensar el Apocalipsis: Un manifiesto indígena antifuturista”. El texto comienza con una provocación radical: el mundo no se está acabando, lo que no termina es el colonialismo. “Vivimos el futuro de un pasado que no es nuestro”, afirma. Un futuro vacío, hecho de promesas que solo pueden cumplirse mediante la aniquilación de la vida.

Denuncia el Manifiesto que la imaginación apocalíptica occidental ha colonizado la imaginación y el tiempo mismo, destruyendo el pasado y el futuro a la vez. Frente a esto, las memorias indígenas no conciben el fin como línea recta ni como promesa redentora, sino como ciclo: nacimiento, muerte y renacimiento de los mundos. Los antepasados enseñan que las historias indígenas siempre han habitado el tejido del nacimiento y del fin de los mundos. El futuro hay que verlo hacia el pasado.

Ahí se sitúa el antifuturo: no como negación de la vida, sino como rechazo del futuro del colonizador. “Somos —dice el Manifiesto— la consecuencia de la historia del futuro del colonizador. Somos la consecuencia de su guerra contra la Madre Tierra”. No permitir que ese futuro se reactive es, hoy, una forma de sanación. Cuando cese la idea del progreso, se retornará al lugar de los antepasados, a su voz, a la canción más antigua de los mundos capaz de curarlo.

Pensar el fin, desde aquí, no es anunciar el desastre, sino escuchar. Escuchar a la tierra, a los ancestros, a los ciclos que persisten. Tal vez el mundo no necesita ser salvado. Tal vez necesita dejar de ser conquistado; dejar de ver al futuro hacia adelante para permitir que otros mundos —cíclicos, respirables, vivos— vuelvan a existir.

* Doctor en Filosofía. Posdoctorado UAEM

La Jornada Morelos