

(Nuestras raíces)
El día de la hispanidad y las políticas de la memoria
Roberto Rodríguez Soriano[1]
Hace unos años tuve la oportunidad de estar en España un 12 de octubre. En esa fecha, tan simbólica e históricamente significativa en América, el Reino de España celebra el “día de la hispanidad”. La efusividad con la que se festeja es equiparable a la del 16 de septiembre en México, por ejemplo.
La celebración española enaltece su cultura y su historia. Pero, como toda conmemoración nacional, contiene una alta dosis de nacionalismo donde no caben las violencias coloniales desplegadas por la misma España a lo largo del mundo; ni su deuda histórica con el mundo árabe, cuyos legados culturales son constitutivos de su identidad.
Diversos teóricos —historiadores, antropólogos, filósofos— han mostrado que los nacionalismos se construyen sobre políticas de la memoria: procesos selectivos que crean, recrean y omiten sucesos históricos para sostener un relato útil a las élites que definen la nación. Así se fabrican visiones de la historia coherentes y sin contradicciones, limpias de las violencias fundacionales. Todas las naciones tienen mucha sangre debajo del tapete, y España no es la excepción.

En el spot oficial de este año, el presidente español exalta la diversidad y la riqueza cultural, invitando a la población a sentirse orgullosa de ellas. El discurso es eficaz: persiste una creencia acrítica en las bondades que España ha aportado al mundo. Cuando se cuestiona la violencia colonial en América, la respuesta inmediata suele ser que, gracias a España, aquellas naciones “atrasadas y salvajes” lograron civilizarse. Ese discurso, con sus velos nacionalistas, también las comparten las culturas latinoamericanas. México, al igual que la gran mayoría de naciones americanas, se configuró bajo el poder del criollismo: españoles que disputaban el poder a otros españoles.
Hasta hace unas décadas, en México se celebraba el “Día de la Raza” cada 12 de octubre, fecha en la que Cristóbal Colón llegó a la isla llamada por sus habitantes Guanahani y que rebautizó como San Salvador, sin importar su nombre original. Dicha celebración reivindicaba el proceso de conquista y colonización española. Fue gracias a la lucha de los pueblos originarios, en actos de memoria, que esa nefasta conmemoración dejó de promoverse oficialmente.
Uno de los gestos más emblemáticos de esa memoria insurgente ocurrió el 12 de octubre de 1992, cuando pueblos originarios en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, derribaron la estatua de Diego de Mazariegos, conquistador y fundador colonial de la ciudad. Ese acto, realizado el mismo día en que se celebraba el “Encuentro de Dos Mundos”, rompió simbólicamente con la narrativa del descubrimiento y devolvió a la fecha su sentido de resistencia.
Son los pueblos originarios —quienes han padecido y siguen padeciendo las violencias más intensas del colonialismo— los que han confrontado con legitimidad los relatos nacionalistas: desde el “día de la hispanidad” hasta las independencias latinoamericanas, e incluso los gestos oficiales de petición de perdón a la corona española, como el promovido por el expresidente López Obrador. Frente a las políticas estatales de la memoria, son esas memorias vivas las que revelan la continuidad del colonialismo y la urgencia de imaginar otras formas de historia y de futuro.

Derribo de estatua de Diego de Mazariegos el 12 de octubre 1992 en San Cristóbal de las Casas. Foto de Antonio Turok
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Posdoctorado, UAEM ↑

