

Wiñaypacha: el desgarro de un mundo indígena
Roberto I Rodríguez Soriano
Wilka y Phaxsi son una pareja de ancianos aimaras que viven aislados en la cordillera de los Andes, rodeados de impresionantes montañas y desolados valles. Su existencia está vertebrada por la rudeza sin piedad de la naturaleza, la vejez y la soledad. Sin embargo, su dolor más grande no proviene de esos elementos, sino del abandono de su hijo, migrado a la ciudad hace tiempo con la promesa incumplida de regresar. Ese abandono funciona como sinécdoque de un abandono mayor: el resquebrajamiento de su mundo como consecuencia del rompimiento violento de los lazos sociales.
En los albores del Pachakutik —el fin radical de una era mitológica que anuncia una renovación de los tiempos—, las señales no les dejan de aparecer. Una tragedia se avecina, y ambos saben que está milenariamente anunciada. Wika las lee con resignación: sabe que frente al orden cósmico no hay opción. Phaxsi, con un fuerte estoicismo y un tenue sentido de esperanza, enfrenta las adversidades con un ánimo que poco a poco se va quebrando. Ambos imploran a los dioses que no sean tan severos, pero estos parecen sordos. El viento, incesante y gélido, elemento clave de la atmósfera lúgubre y encarnación de la fuerza vital, potencializa narrativamente la asfixiante sensación de lo terrible que se aproxima. Phaxsi le habla implorándole todo el tiempo; este le responde con desprecio y crueldad.
Sin embargo, el verdadero quiebre del mundo no proviene de los dioses ni de la naturaleza, sino del abandono del hijo, por quienes los ancianos preguntan al viento y buscan en vano en un horizonte fracturado por montañas inmensas. Migrado a la ciudad, despojado de sus padres, de su lengua, de su tradición, de su mundo, ha desaparecido para siempre. Tal vez haya muerto y ellos no lo saben. Solo piden verlo antes del final. Phaxsi dice, en aimara y entre llantos: “Un día me dijo: Hablar aimara es vergonzoso. Así dijo. Las cosas deben estar mal como para que nuestro hijo nos haya abandonado. Ojalá algún viento pueda traerlo de regreso a casa”.
Oscar Catacora, director aimara de la película, no simplifica ni ahorra esfuerzo al espectador. A través de metáforas e hipérboles, denuncia que el abandono del hijo no debe leerse de manera simplista en un país como Perú ni en un continente donde la desindigenización sigue siendo estrategia de sobrevivencia para miles de personas—. El racismo sistémico y estructural es la causa y el efecto, desplegando su violencia en múltiples direcciones bajo lógicas necropolíticas de la blanquitud y la occidentalización.

Wiñaypacha, palabra aimara, que en español significa “eternidad” es el título de esta película estrenada en 2018. Es la primera película filmada íntegramente en lengua aimara. Sobre ella dijo Catacora —fallecido en 2021— en una entrevista: “Se basa en mi vida en el pasado con mis abuelos, veía la ausencia de mis papás y de sus otros hijos, mis tíos que viven en Lima, que pocas veces los visitaron; veía su nostalgia. Y ese abandono sigue ocurriendo porque muchos jóvenes dejan su lugar”.
Así, Wiñaypacha no sólo es el relato sobre dos ancianos frente al desgarro de la pérdida, sino una parábola sobre la violencia histórica que ha provocado el desarraigo indígena en el continente. La ausencia y la espera se convierten en la metáfora de la violencia de la modernidad que devora la lengua, la memoria y la cosmovisión.

Fotograma de Wiñaypacha. MUBI

