

(Nuestras Raíces)
La muerte de Imelda y la deuda histórica con los pueblos indígenas
Roberto Rodríguez Soriano*
La tarde del 28 de agosto de este año, una niña de apenas tres o cuatro años, que fue identificada como Imelda, murió atropellada por un camión de carga en la avenida Plan de Ayala, en Cuernavaca, Morelos. Durante el alto, un automovilista le había entregado unas monedas que se le cayeron de las manos. Al intentar recogerlas, el semáforo cambió a verde. El camión que se encontraba en ese carril avanzó sin verla. El impacto fue fatal: Imelda quedó tendida en la banqueta.
Ella, junto con algunos de sus familiares, trabajaba bailando por unas monedas en los semáforos de la zona. De acuerdo con algunas versiones, estaba bajo el cuidado de su tía ya que su madre la había abandonado medio año atrás. Tanto el conductor del camión como la tía fueron detenidos para resolver las responsabilidades legales.
Imelda llegó a Cuernavaca desde Chiapas, junto con su familia, buscando salir de la pobreza extrema. Su origen, como el de miles en el éxodo silencioso que cruza el país, era indígena. Era tzotzil.

Ante sucesos como este, la primera reacción suele ser la indignación y los juicios rápidos contra la familia: ¿cómo es que se permita que una niña tan pequeña esté en esa situación tan peligrosa y en condiciones de trabajo infantil? Sin embargo, conviene evitar la facilidad de los juicios emitidos desde posiciones de poder y de privilegio. Ni el chofer ni los familiares de la niña encarnar por sí solos la raíz del problema y el núcleo de la responsabilidad por el suceso. La verdadera urgencia es reconocer la dimensión colectiva y estructural de este suceso.
México es un país edificado sobre violencias históricas: económicas, culturales y sociales. Estas han impuesto un orden jerárquico en que los pueblos indígenas, como los tzotziles, han sido relegados sistemáticamente a la pobreza. El despojo, las violencias institucionales y la modificación de formas tradicionales de subsistencia y organización sociocultural han forzado a estas poblaciones a migrar y enfrentar prácticas de exclusión y racismo.
No es casualidad que Imelda estuviera en ese crucero y no en un lugar seguro. No es azar. No es una tragedia aislada. El suceso es resultado de una maquinaria de exclusión que convierte a niños y niñas en trabajadoras invisibles, en cuerpos expuestos a la calle y a la muerte.
Imelda no murió solo por un accidente vial: murió a causa de siglos de discriminación y marginación étnica, por la pobreza normalizada que solo se vuelve, medianamente, visible en situaciones límite, como esta, y por un racismo estructural que sigue operando. Su muerte debería recordar que mientras millones de niños y niñas siguen creciendo y trabajando en esquinas y semáforos, el país entero es responsable y que no se puede seguir mirando hacia a otro lado.
*Posdoctorado UAEM

