(Nuestras Raíces)

Flor y canto, la palabra endiosada y su degradación colonial

(In xochitl in cuicatl, ce cuicapeuhcayotl ihuan itlahuehueloliztli)

José Manuel Meneses Ramírez[1]

Para los pueblos nahuas la lengua era un puente que los unía con los dioses. In Xochitl in cuicatl, es una expresión que refiere la poesía de los que saben, de los que toman la palabra del interior del cielo, y que a través de ella remontaban su linaje hasta la dualidad simbolizada por Ometeotl. Aquellos que, por otra parte, eran capaces de hermosear la lengua también escribían y pintaban la palabra en registros multidimensionales que desafiaban el entendimiento europeo de la época y a sus sistemas escriturarios. Así los tlacuilos eran portadores de una sabiduría que no codificaba la palabra, sino que reproducía el universo mismo a través de la tinta negra y roja, sirviéndose del color, del espacio y de los materiales entretejidos en una filigrana que todavía hoy genera desconcierto para la mirada occidental; por su parte, los poetas enlazaban, con palabras turquesa, al hombre dentro de su entorno natural e, incluso, con el universo mismo (inauac).

De pronto, debido a la llegada de los españoles, en menos de cincuenta años esta “palabra endiosada” o cuicapeuhcayotl pasará a representar la alteridad de la lengua española, desde luego a ser uno de los elementos objetivos del alter ego de la religión católica y del Imperio español. En este sentido, la lengua náhuatl será percibida por las autoridades novohispanas como una alteridad amenazante y peligrosa, una lengua demoniaca que reclamaba normalización, reducción, contención y control. Por tanto, la lengua que urdía el universo a través del canto, los colores y las flores pasaría a ser considerada retraso, sumisión, ignorancia e, incluso, asociación con el mal y negación del mensaje católico.

Como ejemplo gráfico de esta violenta transformación podemos confrontar algunos glifos que representan dos maneras diferentes de percibir la lengua, el habla y la escritura en un periodo que apenas abarca cuarenta años posteriores a la Conquista de Tenochtitlán. Así pues, la primera mitad del siglo XVI representa un cambio tan profundo en las condiciones que integran la percepción de la lengua náhuatl, tanto para hablantes como para conquistadores. La transformación es tan grande que la encontramos en fenómenos múltiples, piénsese en las glosas latinas y españolas que mancharon la limpieza de los Códices en su camino hacia Europa. En la violenta irrupción de la escritura española puede observarse ya una relación política asimétrica y una mirada examinadora que no podía comprender el universo (Cemanahuac) en el cual se movían los habitantes naturales del territorio ahora conquistado.

Pero también puede rastrearse en los giros semánticos que debieron construirse en la lengua náhuatl para dar cuenta de una cosmovisión diferente que ahora exigía nuevos horizontes de significación. Por mencionar algunos de los términos forjados a partir de las nuevas condiciones pensemos en los siguientes propuestos por Andrés de Olmos en su intento de verter la doctrina católica en lengua mexicana: 1) temictiani tlatlacolli: pecado mortal, 2) huexcatlatolli: blasfemia, 3) Tequitque: Hechicerías, y 4) Tlacatecolotl: brujo, diablo (curandero). Sobra decir que cada uno de estos términos fue violentado por la intervención del fraile franciscano que los llevó más allá de su significación. Así, de golpe, los glifos también cambiaron, la lengua se sometió y las manos del artista dejaron de florecer (amo ocachi cueponia). El cambio también puede atestiguarse de manera gráfica, sobre todo a través de la torpeza, la brusquedad y la terrible simpleza de los glifos urdidos por los intereses evangelizadores, pues, el glifo en manos de los recién llegados se ha transformado, y en este caso la representación misma del hombre manifiesta el profundo pasaje por el cual fueron reducidos los parámetros de una lengua multidimensional y de una cultura diferente a la triste voracidad del catolicismo que pugnaba por conversos. Por citar uno de los casos paradigmáticos véase el glifo del pecado procedente del Catecismo en pictogramas de Fray Pedro de Gante (1553).

Estos son tan sólo algunos ejemplos de los procesos que articularon una subjetividad que, hacia la tercera década del siglo XVI, según fray Alonso de Motolinía, ya balbuceaba para contento de los evangelizadores: “…Nehuapul, nitlatlacoani, ninoyolmelaua ixpantzinco in Dios…” (yo indigno, yo pecador, me confieso frente a Diosito…). De esta manera, resulta interesante pensar cómo irrumpe la lengua española para volverse hegemónica y de qué manera se manifiesta lo que Antonio de Nebrija había dicho sin reparos “el imperio español avanza con la gramática bajo el brazo”. Sobre todo, si consideramos que unos cuantos años antes, digamos en la segunda mitad del s. XV, la lengua náhuatl estuvo dominada por la presencia artística de Nezahualcóyotl, por los certámenes de poesía y por una alta valoración artística en el periodo del último esplendor azteca. Estaríamos hablando de una serie de cambios radicales en torno a la percepción de lo que la lengua significa en un periodo de menos de cincuenta años.

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Imagen: dos cantores recitando canciones-flor en el Códice Florentino (1540).

Imagen: dos cantores recitando canciones-flor en el Códice Florentino (1540).

Nahuatlato, Profesor en el Colegio de Morelos.

José Manuel