

(Nuestras raíces)
Luis Villoro y el indigenismo bueno
«Luis Villoro ihuan cualli macehualcayotl»
En 1959, el filósofo español Luis Villoro publicó Los grandes momentos del indigenismo en México. Este trabajo, más importante por la influencia que ha tenido en la configuración del nacionalismo mexicano que por la solidez de sus planteamientos, propone una lectura selectiva —y no exhaustiva— de lo que considera los “momentos cumbre” en que la conceptualización del indio y del indígena habría alcanzado un alto humanismo. El recorrido va del siglo XVI a mediados del siglo XX, interpretando cómo españoles, criollos y, posteriormente, mestizos han nombrado, caracterizado y controlado a los indígenas desde posiciones de privilegio histórico que Villoro decide no problematizar.
Para Villoro, el indigenismo es esencialmente un proyecto humanista orientado a la integración nacional, que reconoce la especificidad cultural indígena sin negarla. En su visión, este sería un proceso —casi teleológico— iniciado en el siglo XVI, cuyo fin es una “redención” social y política del Estado mexicano mediante la corrección de agravios históricos. Sin embargo, esta perspectiva omite que el indigenismo ha funcionado —y sigue funcionando— como un instrumento estatal para asignar a los indígenas características sociales, culturales, económicas e, incluso, fenotípicas, manteniendo así relaciones de poder y dominación. Bajo un discurso integrador, se les sigue colocando en una posición de marginación y explotación, mientras se insiste en su diferencia respecto de la nación mestiza.

La idealización villoriana del “humanismo” ignora la violencia inherente al colonialismo español y al colonialismo interno del Estado mexicano. También soslaya que el humanismo mismo se ha fundado en la imposición de una definición única y excluyente de lo humano. En este marco, los “grandes momentos” del indigenismo solo existen desde la perspectiva de quienes gozan del privilegio de diseñarlo e implementarlo; o, incluso, desde quienes forman parte de una élite intelectual y cultural que piensa a los indios y a los indígenas (que es el caso de Villoro).
Reconocer o ignorar —consciente o inconscientemente— las violencias históricas lleva a aceptar la premisa paternalista de que los indígenas requieren tutela estatal para integrarse y subsistir ante un proyecto nacional que, incluso con ropajes multiculturalistas o interculturalistas, excluye la verdadera diferencia y autonomía cultural y política.
El planteamiento de Villoro influyó en el antropólogo francés Henry Favre, quien en L’indigénisme (1996) también consideró el indigenismo como una fuerza positiva que integraría a los indígenas en un futuro desvinculado de Europa, dando lugar a una nueva civilización distinta a la impuesta por la conquista ibérica. Esta visión contrasta con la de los antropólogos E. Boege, H. Díaz Polanco, A. Medina y G. López y Rivas, quienes en El indigenismo y los indígenas (1983), sin pelos en la lengua, denunciaron que, sin importar su retórica integracionista, participativa o pluralista, todo indigenismo es un instrumento estatal etnocida.
En suma, la obra de Villoro participa de una tradición intelectual que, al centrar la mirada en un ideal integrador y redentor, desatiende la historicidad de las violencias coloniales y reproduce, aunque de forma velada en idealiaciones, la lógica de control y subordinación que dice combatir.
*Posdoctorado, UAEM

Foto: antiqua.mx

