

(Nuestras raíces)
Cine en lenguas indígenas
Hablar de “cine indígena” resulta problemático. Como ha señalado la lingüista mixe Yásnaya Aguilar, el uso del término “indígena” tiende a homogeneizar una gran diversidad de pueblos y lenguas, arrastrando una carga colonial. No existe “la” lengua indígena, como tampoco “el” cine indígena. Por ello, resulta, si es necesarios hacerlo, más preciso hablar de cine en lenguas indígenas, reconociendo su pluralidad y especificidad.
Este cine no se define solo por estar hablado en náhuatl, mixe, zapoteco, maya u otras lenguas originarias, sino porque articula, desde esas lenguas, una visión del mundo, con sus propias problemáticas, afectos, memorias y cosmovisiones. Las lenguas no son solo vehículos de comunicación, sino modos de existencia y resistencia.
Según el Censo de Población 2020, en México hay más de siete millones de hablantes de lenguas indígenas, y más de veinte millones de personas se identifican como pertenecientes a pueblos originarios. Actualmente se reconocen 68 lenguas indígenas como lenguas nacionales en México.

Durante casi todo el siglo XX, el cine mexicano representó a los pueblos indígenas desde una mirada hegemónica: desde ignorantes, serviles o cómicos; hasta rebeldes, heroicos o exóticos. Esta ambivalencia encajaba con la narrativa del mestizaje impulsada por el Estado, que pretendía integrar —y al mismo tiempo silenciar— las diferencias bajo una idea de identidad nacional homogénea. El cine fue central en la construcción de esos imaginarios, especialmente en un país donde gran parte de la población no sabía leer.
Desde mediados de los años ochenta, sin embargo, comenzaron a surgir propuestas cinematográficas desde los propios pueblos originarios. A través de talleres comunitarios, cineastas como Teófila Palafox (con La vida de una familia Ikood, 1988) comenzaron a generar obras que descentraban la mirada dominante. Hoy en día, este cine persiste como una forma de contrarrepresentación, enfrentando tanto los criterios del mercado como las inercias del proyecto nacional y las valoraciones racistas del imaginario nacional.
Por ejemplo, entre marzo y mayo de este año, la Muestra de Cine de Realizadoras Indígenas en la Cineteca Nacional de la CDMX reunió cortos y largometrajes como Valentina o la serenidad (Ángeles Cruz), Chicharras (Luna Marán), Gente de mar y viento (Ingrid Eunice Fabián), entre otros. En total 15 entre largo y cortometrajes. Estas obras, en distintas lenguas, no solo narran historias, sino que afirman una soberanía discursiva largamente negada.
El cine en lenguas indígenas es mucho más que representación. Es reapropiación de la palabra, de la imagen y del tiempo que permite imaginar formas diferentes de mirar y vivir el mundo. Este cine impacta a las mismas comunidades y a audiencias más amplias en un diálogo intercultural abracando géneros diversos como dramas, comedias, tragedias, etc., mostrando una multiplicidad de visiones éticas, epistemológicas y estéticas.
*Programa de Posdoctorado de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos

Foto: Especial

