(Nuestras raíces)

Violencia sobre nuestro cuerpo: el caso de las tablas de castas

(Tecuitlahuiltiliztli ipan tonelhuayo: in macehual ixcopinalme)

José Manuel Meneses Ramírez*

Las pinturas de castas exponen la combinación de tres razas: española, india y negra. Por sí mismas, son reflejo de una corporalidad sometida y representan el resultado de la violenta transición hacia el “buen indio”. De tal forma, los pigmentos que las integran convergen bajo la lógica de la aceptación y de la autopercepción (el juego de la pigmentocracia que ya ha sido interiorizado). Cada una de las 84 pinturas que se conservan es portadora de los efectos producidos por la violencia de un sistema de control y vigilancia corporal que se concentró en la dinámica familiar (el ayuntamiento) y en sus resultados (avance o retroceso, mejora o pérdida de la calidad de la raza).

De tal modo, la vida pública de la población sometida está fundamentada por las consecuencias del acto sexual y el proceso reproductivo, pero, especialmente por las consecuencias de una elección en el largo camino de la gradación corporal que determina la posición social en el cruce de lo que se ve (visibilidad de la piel y el cuerpo) y lo que se dice (enunciabilidad de las denominaciones al respecto). Se trata de una violencia específica, quizá ontológica, pues saca al ser de su eje, llevándolo a invadir el reino de los animales y a perseguir, desesperadamente, las alturas de una corporalidad hegemónica bajo vociferaciones como mulato, albino, lobo, zambo o tente en el aire.

En este sentido, la ratio castellana primero debió ayuntar, marcar, moler, quemar, someter los cuerpos indios. La etimología del vocablo (iungo) señala esa violencia original que en su desdoble más formal se constituye en ayuntamientos, en orden, en la posibilidad misma de la vida civilizada bajo la perspectiva europea; en tanto, por otra parte, también señala la violencia del trato animal y su contención gracias a la experiencia milenaria de la domesticación y su inmensa utilidad en materia de agricultura y, en general, en la vida del hombre. Para constituir el orden político novohispano es necesario ayuntar (iungere), la violencia corporal se revela una vez más en su nivel radical. No es casual que la ratio determinara como paso inicial de la aventura en nuestra tierra la fundación de ayuntamientos en la Villa Rica de la Vera Cruz o en Segura de la Frontera. En el caso que nos ocupa, la prescripción que subyace es la del ayuntamiento prescrito por el bien de las familias, una vez más, se trata de una intervención política del lecho familiar.

Así pues, mientras el pie del gigante europeo se afirmaba y su fundamento se establecía destrozando los cuerpos y esparciendo el terror. España florecía gracias al saqueo sistemático de África y América. En este sentido, los horrores que aquí y allá se veían como normales no son sino el envés del cimiento del así llamado Siglo de oro que, en nuestro territorio, necesitó sangre, sesos, huesos podridos, hiel y tuétano descompuestos para que apisonaran el terreno sobre el que iba a manifestarse la célebre prudencia de su majestad. A través de estos cuadros se manifiesta la fuerza productiva de la mirada europea, atendiendo a su posición de sujeto hegemónico. Así pues, la desviación del paradigma corporal es objeto de una marca lingüística que, en su osadía, pretende dar cuenta de la salvaje naturaleza que describe, a través de una serie de volutas y pliegues que van de lo animal a lo humano, en un barroquismo corporal que lleva al viejo mundo a confrontarse con sus otros, para encontrar en ellos la fuerza que necesita para erigirse como hegemónico.

Aquí no solo la degradación juega un papel importante, sino también la degeneración, es decir, una descomposición interna que saca a los individuos del juego de sumas y restas, de fracciones que moldean y mejoran la sangre. Hombre, mujer e hijo son los elementos básicos a través de los cuales se emprende un largo camino hacia una corporalidad hegemónica. Blanqueamiento a través del matrimonio, es decir, de una estrategia normativa que impactó la corporalidad, como una medida para avanzar en la lógica espacial de la superioridad racial, como si se tratará de remedios para una familia que calcula su destino frente a la amenaza de la perdición y la caída en desgracia. No hay que olvidar que lo que estaba en juego era el control de la volatilidad del deseo sexual, de la atracción corporal, del laberinto de la empatía amorosa y el seductor juego de la prohibición en un contexto colonial; así como el nivel de pertenencia-incorporación al nosotros español y de sumisión hacia la corona y la fe católica.

Pintura anónima, dentro de la colección del Museo Nacional del Virreinato (Tepotzotlán).

*Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo en el Colegio de Morelos.

José Manuel