Me duele la vulve no más de acordagme de la película

 

Primero me disculpo si el título le parece incomodo, o de mal gusto, quería encontrar de entrada una coincidencia con usted para hablar la desafortunada película Emilia Pérez, dirigida por Jacques Audiard, que ha desatado críticas en México, donde la violencia sistémica y las desapariciones forzadas no son ficción ni espectáculo. Audiard, con la sensibilidad de un tanatoturista en un incendio vivo, ha decidido convertir estos temas en el trasfondo de una «comedia musical», porque al parecer nada dice crisis humanitaria como un narcotraficante redimido a ritmo de pésimas canciones.

Las madres buscadoras, que excavan con sus propias manos en busca de sus hijos, no son guionistas ni productoras de cine, pero conocen la crudeza de una realidad que la película trivializa. Para ellas, la desaparición de un ser querido no es una excusa narrativa ni un recurso estético, es una herida abierta que no necesita un musical, sino justicia, memoria y verdad. Porque la memoria no es un acto del pasado, sino una exigencia presente que reclama dignidad para quienes ya no están y para quienes aún buscan.

Y si me permite opinar al estilo del director, segura casi estoy que las madres, o la orfandad por narcotráfico, ¡jamás! harían santo al asesino o aquel que metió en un tambo el cuerpo de sus hijos para desaparecerlos, para tirarlos a la basura sin importar cómo se autodefina sexogenéricamente. La identidad, en este contexto, no es un disfraz ni una vía de redención superficial, sino una experiencia compleja que atraviesa el cuerpo, la historia y la verdad de las personas y sus comunidades.

El filme, creado sin trabajo de territorio ni consulta con grupos afectadas, recicla estereotipos y reduce la violencia estructural en México a una historia de redención prefabricada. ¿El narcotraficante se convierte en mujer trans y con eso expía sus crímenes? Fantástico, una visión tan innovadora como decir que un cambio de vestuario soluciona la desigualdad. La identidad de género no debería ser utilizada como un recurso narrativo vacío que invisibiliza la responsabilidad y el daño causado.

Pero claro, Emilia Pérez no está hecha para México ni para quienes viven o sobreviven a esta violencia. Está dirigida a una audiencia europea de nacionalidad o aspiracional que aplaude a otros hombres blancos por “atreverse” a contar historias ajenas sin el menor esfuerzo por comprenderlas o dignificarlas.

Es cine diseñado desde la comodidad de la distancia, con la misma lógica con la que, se acordará usted, los españoles «descubrieron» un continente ya habitado y lo llamaron suyo, y lo vistieron de “civilización” a punta de espada, hoguera e inquisición. Si funcionó una vez, ¿por qué no habrían de intentarlo de nuevo? Ahora no con acero y pólvora, sino con guiones y cámaras, borrando memorias, reescribiendo narrativas y decidiendo, otra vez, qué merece ser contado y cómo.

No vi Emilia Pérez siguiendo la lógica del director, no hace falta documentarse para hablar de algo que no se conoce y al parecer hacerlo no es de mal gusto, lo que sí lo es, es opinar negativamente de la película, en fin la hipotenusa.

No se crea, claro que la vi, ni que fuese yo un señor feudal, colonizador y/o historiador de memorias alternas, llenas de complejidades que nos atraviesan el alma, la historia, el cuerpo y nuestras muertas, y las convierten, como el narco, en productos desechables. Ni que fuera yo a instaurar un nuevo feudalismo cinematográfico, en el cual, claro, usted lo sabe, los blancos siempre son buenos y la epistemología o conocimiento situado de la otredad no importan. Recuerde usted que el director comentó que ningún actor mexicano tenía el nivel para representar a un mexicano en este escenario de pedagogías de la crueldad. Y que: «El español es una lengua de países emergentes, una lengua de países modestos, de pobres y de migrantes.»

De verdad, me duelen las historias de nuestras desaparecidas y asesinadas nomás de acordarme de la película. Porque la memoria no es un espectáculo, la identidad no es un disfraz, y las luchas de la comunidad LGBTQ+ y de los colectivos de madres buscadoras no es un artefacto estético, es un acto de resistencia contra el olvido y la violencia.

Denisse B. Castañeda