

El glotón del poder
Le comparto que este fin de semana descubrí un término de Sayak Valencia: glotaritarismo. Seguro usted puede identificarlo. Ocurre en tiempo real cada vez que abrimos TikTok, Instagram o miramos las noticias sobre Estados Unidos y su maquinaria uniformada, fascista, racista y misógina llamada ICE, esa policía del miedo y de la muerte.
El glotaritarismo no nombra solo un régimen, sino un apetito. Un poder que no gobierna: traga. Traga memoria, cuerpos, territorios, petróleo, afectos, un poder que necesita consumirlo todo, incluso el futuro. Un poder con sobrepeso de impunidad y hambre infinita.
El regreso de Donald Trump al centro de la escena política estadounidense no es un accidente ni una anécdota electoral. Es el síntoma más visible de un fenómeno global que lleva años fermentándose y que hoy se presenta sin pudor: un autoritarismo expandido, espectacularizado y profundamente misógino, racista y antiderechos. Un autoritarismo que se transmite en vivo.
Este tipo de poder no opera únicamente a través de decretos o ejércitos. Opera —sobre todo— a través de pantallas. Gobierna emociones, miedos, deseos y odios. No necesita ocultarse: se muestra, se repite, se viraliza. La crueldad se vuelve espectáculo y narrativa dominante. Trump no gobierna: asesina, grita, amenaza, señala y se relame frente a la cámara.
El glotaritarismo se alimenta de la hiperconexión. Las redes digitales, lejos de ser espacios neutros, funcionan como infraestructuras de control afectivo. Deciden qué vemos, qué ignoramos, qué nos indigna y qué nos parece normal. Un puñado de corporaciones tecnofeudales administra la conversación pública global mientras los Estados se vuelven operadores secundarios de esa maquinaria voraz.

En este régimen, los derechos humanos son un estorbo. Los feminismos, una amenaza. Las personas migrantes, un botín político. Las disidencias sexuales, un blanco perfecto. El discurso del orden, de la frontera, de la familia “natural” y del castigo reaparece como receta universal para una crisis que el propio sistema produjo y de la que luego se declara salvador.
Cuando más de doscientas personas muchas de ellas indígenas, hablantes de lenguas originarias son detenidas sin intérpretes, sin garantías, sin nombre, lo que vemos no es solo racismo: es necropolítica. Es la administración de quién merece vivir con derechos y quién puede ser descartado sin que nadie pueda ayudarle.
El glotaritarismo necesita enemigos constantes para sostenerse. Necesita producir miedo para justificar su violencia. Y necesita borrar la memoria para que cada atrocidad parezca nueva, aislada, inevitable. Por eso ataca la historia, desacredita a la prensa crítica, les dice en vivo a las reporteras “cerditas”, “estúpidas” las ridiculiza, sí, pero también las amenaza, les dice yo puedo asesinar personas, violar niñas, y ser el presidente de Estados Unidos un glotón de poder.
En Morelos, en México, en América Latina, sabemos bien que los autoritarismos no llegan de golpe: avanzan por goteo. Primero desprecian a las mujeres. Luego a las personas pobres. Después a las migrantes. Más tarde a cualquiera que estorbe. Y cuando despertemos el glotón seguirá comiendo, ahora en nuestro país

