El espíritu feminista del 2026: una ucronía de fin de año

 

Espero que este año que se va le haya tratado bien, que haya sido generoso y justo. Y si no lo fue, permítame entonces desearle que, este año nuevo, que ya no tarda en llegar, sí lo sea.

Usted conoce muy bien la palabra utopía y lo que implica en el imaginario colectivo. Lo problemático es que, cuanto más una se acerca a ella, más lejana se vuelve. Es como perseguir al tiempo mismo, atrapadas dentro de un reloj de arena.

Hoy quiero hablarle de otra cosa: de la ucronía. No del no-lugar, sino del no-tiempo. De aquello que no ocurrió, pero que pudo haber ocurrido si la historia no hubiera sido escrita, casi siempre, por los mismos.

Piense en Un cuento de Navidad, pero sin moral victoriana ni redención individual.
Esta vez no apareció ningún fantasma cargando culpas, sino el espíritu feminista de un futuro urgente: un dos mil veintiséis donde México dejara de sobrevivir a sus mujeres y empezara, por fin, a hacerse cargo de ellas a través de políticas públicas decididas y un cambio cultural profundo.

No mostró milagros ni finales felices. Mostró algo mucho más subversivo: decisiones políticas distintas. Porque, como en toda buena visita navideña, el mensaje no fue tierno; fue una visión clara de un futuro que miles de mujeres soñamos y seguimos disputando.

En ese dos mil veintiséis, la interrupción legal del embarazo funciona en todo el territorio. Sin épica, sin moralina, sin excepciones humillantes. Como lo que es: una política de salud y de justicia reproductiva. La maternidad dejó de ser mandato y se volvió una decisión respaldada por las leyes.

El Congreso —sí, el Congreso— votó de manera unánime en contra de los vientres subrogados. No porque se volviera repentinamente virtuoso, sino porque entendió algo elemental: que no todo lo legal es justo y que llamar “libertad” a la explotación no la convierte en derecho.

El feminicidio alcanzó su tasa más baja. No por milagro, sino porque se escuchó antes. Porque la palabra dejó de ser exageración y empezó a funcionar como alerta, porque prevenir dejó de parecer exagerado y comenzó a asumirse como política de vida.

En ese futuro cercano existe un partido feminista nacido en Morelos (PDRM), Partido de las Dialécticas Revolucionarias Morelenses, con sus colores representativos morado, verde y blanco. No nació como anomalía, sino como resultado lógico de décadas de organización, pensamiento crítico y resistencia territorial. Un partido que no pedía permiso para existir y que no suavizaba su discurso para tranquilizar al poder.

En esa ucronía, los gabinetes se conformaron con mayoría de mujeres feministas. No por cuota simbólica, sino por proyecto político. Se aceptaron postulaciones desde los feminismos decoloniales, comunitarios, indígenas y afrodescendientes. Ya se imaginará usted la agenda hermosa de iniciativas de ley que se construyen en ese universo.

Los hombres no desaparecieron. Tampoco colapsaron, asisten a escuelas de reeducación cuando ejercen violencia, no como castigo ejemplar, sino como responsabilidad política. Aprendieron que la violencia no es naturaleza, sino pedagogía, y que toda pedagogía puede desmontarse. En las escuelas primarias se imparte la materia de despatriarcalización de la violencia y masculinidades diversas. La ternura es una asignatura optativa que siempre tiene cupo lleno. El feminismo se enseña también como una forma política, social y cultural de transformación.

En ese dos mil veintiséis también comenzaron a desarticularse las economías de la muerte. El crimen organizado dejó de gobernar territorios completos porque el Estado dejó de abandonarles. Se detuvo la explotación sistemática de cuerpos y tierras cuando la vida dejó de ser mercancía y botín. Las masacres y las desapariciones comenzaron a disminuir no por fuerza bruta, sino porque se atacaron las causas: la desigualdad, la impunidad y el despojo. Entender que no hay justicia para las mujeres sin justicia para los territorios cambió, por fin, el rumbo.

Pero al terminar este artículo, el patriarcado seguía aquí, más feroz, más articulado que nunca. Si no me cree, basta con voltear a ver el avance de la derecha en varios países latinoamericanos, la normalización del odio y la pedagogía del miedo reciclada como sentido común.

Por eso le comparto esta ucronía, este cuento de Navidad feminista. Dígame usted: ¿realmente suena tan terrible un mundo feminista como nos lo han querido hacer creer? ¿O lo que incomoda es imaginar un futuro donde la vida —toda la vida— esté al centro?

Y si usted cree en los rituales, cuando se coma la séptima uva, pida que esta ucronía deje de ser literatura y empiece, por fin, a ser realidad. Feliz año nuevo 2026

Denisse B. Castañeda