

De la correa urinaria a la correa de la precarización
¿Sabía usted que hubo un tiempo en que las mujeres no podían usar los baños públicos?
No porque no existieran —desde mediados del siglo XIX ya había—, sino porque se consideraba que hacerlo “comprometía su dignidad, su pureza, su buena reputación” (y, por supuesto, el honor de su dueño, perdón, de su esposo, padre o cualquier figura patriarcal de turno).
Porque claro, si una mujer no podía decidir ni cuándo orinar, ¿cómo iba a pretender decidir sobre su cuerpo, su trabajo o su maternidad?
La excusa era la moral. El propósito, el control. Mantenerlas en casa, bien portadas y deshidratadas.
A esa absurda limitación le pusieron incluso nombre: la correa urinaria. Las mujeres solo podían alejarse tanto como se lo permitiera su vejiga. Si no había baños para ellas, no había mundo afuera.
La ciudad —esa gran obra civilizatoria— fue diseñada como un club de hombres. Lo público les pertenecía: las plazas, los cafés, las fábricas, los parlamentos. Lo privado, lo doméstico, lo que no se nombra, era para ellas.

Salir era una prueba de resistencia física y política. Aguantar la sed, controlar el cuerpo, reducir los movimientos: un entrenamiento para obedecer, pero resistieron.
Formaron asociaciones, exigieron espacios, y ganaron algo tan básico como el derecho a orinar sin pedir permiso (aunque no sin escándalo ni sin burlas, porque toda libertad femenina siempre ha sido motivo de alarma).
Paradójicamente, el verdadero cambio no vino por justicia, sino por consumo. Cuando los grandes almacenes instalaron baños para clientas, no lo hicieron por empatía: lo hicieron por ventas. (Una mujer con la vejiga vacía compra más, aguanta más horas laborales, ya lo sabe el capitalismo y los sistemas de explotación.) Otra vez, el cuerpo femenino al servicio del mercado.
Las llaman políticas de inclusión, pero en el fondo es lo mismo: se celebra la presencia de las mujeres siempre que sea rentable, siempre que no incomode demasiado. El feminismo pop, el feminismo institucional, el maquillaje perfecto del patriarcado ilustrado.
La historia se repite con otros nombres y otros baños. Hoy muchas mujeres siguen atadas a nuevas correas invisibles: contratos temporales, salarios mínimos, jornadas infinitas, acoso normalizado, licencias negadas, trabajo de cuidados que nadie paga.
La llamada igualdad sustantiva —esa joya constitucional del artículo 4°— promete derechos reales. Pero ya sabemos: prometer no cuesta nada.
Según la CEPAL, la violencia contra las mujeres es una forma cotidiana de misoginia estructural: se expresa en los cuerpos agotados, en los salarios que no alcanzan, en las casas que aprietan, en los caminos inseguros, en las aulas donde ellas abandonan primero.
Y sí, el patriarcado también habita en cuerpos femeninos: esos que aprendieron a ejercer poder repitiendo la voz del amo, pero con pintalabios.
Entonces, dígame: ¿cuál es la diferencia entre la correa de la vejiga y la correa de la precarización? Ambas limitan el movimiento, ambas disciplinan la vida, ambas nos recuerdan que la libertad de las mujeres nunca ha sido una cortesía del sistema, sino una desobediencia sostenida. Porque la historia —como el baño público— no se conquista desde el mármol, sino desde la resistencia diaria de quienes se niegan a pedir permiso para existir.
En fin, como dice Clotilde Proyever, ganarse la vida en los tiempos de “igualdad sustantiva” es renunciar un poco cada día, la higiene del sueño, a la privacidad, a la autonomía, a la autorrealización. El capital voraz le encantan las correas.

Imagen: granadaradfem.wixsite.com

