No es quién manda, es desde dónde: repolitizar la vida o seguir obedeciendo sin darnos cuenta

 

Recién terminé de ver la serie El cuento de la criada, basada en la novela de Margaret Atwood. No voy a arruinarle la trama, pero hay un momento que me llamó la atención, una escena donde alguien se pregunta ¿qué pasa con las mujeres que ya no pueden ser criadas, las que dejan de ser útiles como incubadoras en un régimen donde las mujeres son clasificadas según su función en la maquinaria patriarcal? Y aunque suena lejano, aunque parece ficción, no lo es tanto. Esa escena ocurre en Gilead, un Estado teocrático (ubicado en territorio estadounidense, por cierto). Suena a ficción, pero no lo es tanto.

¿Qué pasa con los cuerpos que ya no producen ni reproducen?, ¿qué destino nos espera en un mundo que mide el valor en función de lo que se puede explotar? Esa pregunta no se queda en la pantalla. Se cuela en nuestros trabajos, en nuestros vínculos, en nuestras cuerpas. El mundo ya trata como desechables a quienes no cumplimos con los mandatos de la utilidad, la belleza, la juventud, la maternidad y claro, de la explotación laboral.

La escena se repite, gobiernos que se dicen de izquierda o liberales pero que precarizan la salud, recortan derechos y reprimen disidencias; líderes que declaran su devoción a la libertad mientras promueven discursos de odio, censura, militarización de las cuerpas y control sobre nuestros deseos, si no me cree, solo mire a Javier Milei y Donald Trump representan la punta del iceberg de un sistema que, con nuevas máscaras, sigue venerando la vieja dueñidad patriarcal, esa que dicta quién puede vivir, parir, gozar o decidir. Y Europa, taaan civilizada, persigue mujeres por usar hiyab en nombre de “las libertades”. Pero no se asuste la libertad, la igualdad y la fraternidad están garantizadas… siempre y cuando no las exijamos nosotras, no interrumpan la comodidad del orden, no lleven velo, no menstrúen, no aborten, no desobedezcan.

Y es que el patriarcado no es solo un sistema jurídico o político, es una gramática del mundo, como dice Rita Segato, un régimen de sentido que organiza emociones, jerarquías y afectos. Vive cómodo en cuerpos masculinos, sí, pero también en cuerpos femeninos bien domesticados. Todo lo íntimo, lo público, lo comunitario, está moldeado por esa lógica. Hasta el amor nos lo enseñaron como obediencia.

Por eso urge repensar lo político. Pero no con más eslóganes ni con sillas extra en mesas que ya fueron diseñadas para excluir. Si la presencia de mujeres y disidencias solo sirve para legitimar la explotación, la verticalidad y el castigo, no estamos transformando nada.

Los feminismos no queremos solo entrar al juego, queremos cambiar el tablero, cuestionar quién lo diseñó, con qué lenguajes, y a favor de quién. Como advierte Yuderkys Espinosa, el feminismo es un acto de desobediencia epistémica, una ruptura con los modos coloniales y patriarcales de conocer y actuar. Verónica Gago en su trabajo “Cuerpo-territorio: el cuerpo, campo de batalla”, nos invita repolitizar la vida es disputar el sentido de lo cotidiano. Y muchas otras más lo dejan claro no basta con igualdad salarial si no desmercantilizamos la vida, si no defendemos lo común, seguiremos siendo las criadas del sistema, cargando con un Gilead dentro, incluso cuando creemos haber escapado.

Spoiler, si seguimos “mandando obedeciendo”, el presente será más de lo mismo, y el futuro una distopía con filtro de progreso. Soñemos entonces con despatriarcalizarlo todo. Aspiremos a otra forma de vida, tejida desde el cuidado, la dignidad, la interdependencia, la ternura política y laboral. Lo político debe dejar de estar secuestrado en lo institucional, tiene que reaparecer en lo íntimo, en lo cotidiano, en el descanso, en el placer, en el lenguaje, en la crianza, en la creación. Porque ahí también se disputa el poder. Y ahí también puede germinar la libertad.

Entonces nada está aislado. Cada retroceso, cada censura, cada violencia no son hechos sueltos. Son síntomas de un sistema de dueñidad que se resiste a morir. Y nosotras las exageradas, las que no se conforman, las que siguen pensando en voz alta vamos a seguir insistiendo en que otro mundo no solo es posible.

Porque como dice June, la protagonista de El cuento de la criada:
“Nolite te dominorum carborundorum” — que, para fines de este texto, diremos:
“no dejes que el patriarcado te destruya”.

Una caricatura de una persona

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ilustración Renee Nault. Cortesía de la autora

Denisse B. Castañeda