

El gastropatriarcado y el malestar de la delgadez
Este artículo dialoga con el texto “Nunca es solo comida” de Amorhak Ornelas Vázquez (2024), publicado en Ilaciones, retomando su mirada crítica sobre las relaciones entre comida, cuerpo y poder.
“Nunca es solo comida”, escribe Amorhak Ornelas (2024), y tiene razón. Comer es un acto político, emocional y cultural. Pero cuando ese acto se somete a reglas, prohibiciones y castigos —sobre todo para las mujeres—, ya no se trata de alimentarse, sino de disciplinarse. Propongo entonces nombrar a este régimen de control sobre los cuerpos feminizados a través de la comida como gastropatriarcado.
El gastropatriarcado es un sistema que convierte el cuerpo de las mujeres en territorio de vigilancia y guerra simbólica. Bajo su lógica, el cuerpo ideal debe ser delgado, contenido, autocontrolado y normado, como si la grasa —o el hambre— fueran una amenaza civilizatoria.
Como lo señala Amorhak: esta dictadura de la forma no es nueva. Desde los años setenta, se habla de lipofobia, ese rechazo social a la grasa que va más allá de la estética: implica exclusión, enfermedad, fracaso moral. Como lo explica el texto al que se hace referencia, la lipofobia se manifiesta como una expulsión de la grasa en múltiples ámbitos de la vida cotidiana, generando obsesiones con la delgadez, dietas extremas, ejercicio compulsivo o incluso fenómenos sectarios. Lipovetsky (2016).
En nombre de la salud, el gastropatriarcado ha disfrazado sus mecanismos de castigo: dietas milagro, culto al fitness, marketing de “autocuidado” y discursos médicos que patologizan cuerpos gordos. El objetivo no es el bienestar, sino el control.

Comer una ensalada o rechazar un pastel se convierte en una microdecisión moral: ¿eres una buena mujer, disciplinada y saludable, o una débil sin voluntad para someter a tu cuerpo al límite y ser agradable para la mirada patriarcal?
Amorhak nos recuerda que muchas veces la comida es amor, consuelo, historia familiar. Pero también puede ser una prisión simbólica cuando está atravesada por los mandatos de la belleza. ¿Hasta qué punto hemos normalizado que las mujeres pasemos hambre como forma de pertenencia? ¿Qué tanto de nuestra obsesión con “verse bien” es, en realidad, una pedagogía del castigo?
La belleza impuesta sí es un malestar contemporáneo. Es una enfermedad cultural que convierte el cuerpo en proyecto eterno, siempre a medio camino de ser aceptado. Es también un distractor: mientras las mujeres cuentan calorías, el poder sigue sin ser cuestionado.
Entonces, la pregunta feminista es urgente: ¿cómo imaginar una estética sin sufrimiento? ¿Podemos construir una ética del cuidado que no parta del sacrificio, sino del goce?
Como señala Amorhak, nunca es solo comida. Muchas veces es la carencia, la falta, el mandato patriarcal de estar vacías, ligeras, ausentes. Pasar hambre no es una elección libre cuando se vive bajo un sistema que castiga la abundancia, la redondez, el deseo. Por eso, resistir también implica reconfigurar lo que nos llevamos a la boca y al alma.
Receta contra el gastropatriarcado:
Toma una cucharada de feminismo
Agrega dos tazas de placer sin culpa.
Revuelve con memoria de abuelas que cocinan sin balanza.
Hornea con digna rabia a fuego lento.
Sirve caliente, con amor, y no compartas con la culpa
arroja al triturador el mandato patriarcal
disfruta en manada con una copa de vinito y flores.

