

Muerto yace un conejo en el camino
Sobre la carretera hacia Tepoztlán yace un conejo muerto. Su cuerpo, antes ágil y hermoso, ahora es una masa sanguinolenta de carne, huesos, piel y órganos, aplastada por el peso de los autos, muchos autos, seguramente. Parece un ejemplar adulto, porque no es un conejo pequeño. Por el lugar donde está, el color del pelaje y tamaño podría ser un conejo del género Sylvilagus, muy probablemente Sylvilagus cunicularius o conejo mexicano de monte, el más grande de México con hasta 4 kg de peso, y con distribución conocida en la zona del Tepozteco.
Quizá el conejo muerto sobre la carretera era una hembra, aunque ya es imposible saberlo. Por la fecha y si fuera una hembra, podría haber tenido crías esperándola dentro de su madriguera, ya que los meses de junio a septiembre es cuando ocurre el periodo de reproducción, gestación, destete y abandono de la madriguera.
Varios días antes del parto, las hembras del conejo mexicano de monte de excavan túneles cortos (Aprox. 20 cm) y poco profundos para usarlos como madrigueras, con una cámara a unos 20 cm de profundidad en la que hacen un nido con pasto seco, fragmentos madera, agujas de pino, heno de alfalfa, paja de avena, pelo arrancado de su cuerpo y sus heces.
Las hembras salen de la madriguera para alimentarse y vuelven a ella para amamantar a sus crías en la entrada de la madriguera, cerrando la entrada para evitar depredadores. Así que, si ese conejo muerto en la carretera a Tepoztlán era una hembra con crías, ellas podrían haber muerto por falta de alimento, encerradas en la madriguera.
Las carreteras, que para nosotros son vías de comunicación indispensables, tienen un enorme impacto sobre la fauna silvestre. Las carreteras fragmentan los hábitats, crean una barrera a veces infranqueable entre dos zonas de territorio, lo que lleva al aislamiento de las poblaciones, el cambio en los patrones reproductivos de la fauna y por, consecuencia, la disminución de las poblaciones silvestres. Además, los vehículos atropellan animales con regularidad. De acuerdo con Naturalista, desde 2012, más de 5,800 persona han documentado, con foto, más de 20 mil atropellamientos de animales, de más de 1,200 especies, entre mamíferos, aves, reptiles, anfibios y otros vertebrados, algunos incluso en peligro de extinción como jaguar, castor, oso negro, tapir, águila real. Esto sin contar los insectos voladores que mueren impactados en los parabrisas de los autos, camiones y autobuses, que deben ser cientos; y la contaminación del aire, acústica y lumínica que producen los autos y las luminarias de los caminos. Personalmente, sobre la carretera a Tepoztlán he visto atropellados roedores, tlacuaches, serpientes, una tortuga, aves y el conejo de monte que motivó esta columna, además de infinidad de mariposas y escarabajos muertos.

En otros países se están implementando soluciones estructurales, como pasos elevados o subterráneos para la fauna, señalizaciones, entre otras.
Las carreteras, que para nosotros son un sinónimo de “progreso”, son un sinónimo de exterminio para la fauna silvestre. El auto, que para nosotros es signo de estatus y libertad, es un signo de muerte para la fauna. La velocidad, que para nosotros es emocionante, es la pena capital para los animales nativos. ¿De verdad necesitamos ir tan rápido en una carretera que nos sea imposible frenar o esquivar un animal que cruza el camino? O simplemente no nos importa porque en nuestra visión antropocentrista los animales “se cruzan en nuestro camino”, y no nosotros en el de ellos.
Como alguna vez dijo Gerardo Ochoa en un post en redes sociales a propósito de un tlacuache atropellado: “no se extinguen, los matamos.”
*Comunicador de ciencia / Instagram: @Cacturante

Fotografía de Topiltzin Contreras, tomada de su Instagram

