Cuando en lo alto… alfaguara

Cuando en lo alto el cielo no había sido nombrado y la tierra no había sido llamada con un nombre, solo las aguas existían. En el principio la tierra estaba desordenada y vacía y el espíritu de Dios flotaba sobre las aguas. Babilonio, el primero; hebreo, el segundo; ambos mitos tienen en común al agua como elemento primordial; existente antes de la creación misma.

Mucho antes de los caldos primitivos de Aleksandr Oparin y J.B.S. Haldane, ya en el siglo V a.e.c. Tales de Mileto aseguraba que “el agua es el principio de todas las cosas”. Tal vez el agua no sea el principio de todo, pero al menos tenemos la certeza que la vida en el planeta se originó en el agua, comenzando como seres unicelulares hasta los organismos complejos que salieron de ella, “conquistaron” los continentes y algunos, como las ballenas y otros cetáceos, volvieron al agua.

Pero ¿de dónde surgió el agua en la Tierra? Una hipótesis es que al menos una parte vino de asteroides y cometas que se estrellaron en el planeta hace millones de años. Lo que significaría, apunta María Belmonte en El murmullo del agua (Ediciones Acantilado, 2024), “que algunas de las moléculas del agua de nuestros océanos serían más antiguas que la propia Tierra, e incluso el Sol”.

El libro de María Belmonte (historiadora y antropóloga), es un recorrido sobre las divinidades acuáticas, el agua y las fuentes. Desde las primeras páginas la autora muestra una asombrosa erudición y logra hacernos reflexionar sobre palabras que giran en la esfera semántica del agua: manantial, vena, surgencia o alfaguara, esta última de origen árabe cuyo significado es “manantial copioso que surge con violencia”.

Invariablemente, pensar en las aguas nos lleva a los mares, como si el pensamiento corriera junto con el agua de los ríos hasta el océano. Y es en el océano en donde hemos depositado muchas fantasías y deseos de cómo quisiéramos ser, como la idea de una civilización idílica parecida la nuestra que habita en las profundidades, del tipo de la Atlántida; o incluso imprimimos nuestras pautas culturales, como en Bob esponja, donde Patricio y Bob capturan medusas con redes para mariposas.

Esto no es casual. En La elocuencia de la sardina (Editorial Anagrama, 2022), Bill François habla de la leyenda del espejo, una creencia antigua en la que se pensaba que bajo el agua había un mundo paralelo y que cuanto existía sobre la tierra tenía su equivalente bajo el océano. Se la atribuye a Plinio y explica que, para él, parecía que las creaturas marinas fueran copias modificadas de los seres terrestres: pepinos/pepinos de mar; la sierra del pez sierra; caballos/hipocampo y un largo etcétera. La leyenda del espejo llegó tan lejos que se creó un mito sobre los percebes (esos moluscos a los que Darwin dedicó casi una década) y las barnaclas u ocas (del género Branta): según este mito, los percebes eran formas inmaduras de las barnaclas, de las que solo habían desarrollado el pico. Bill François da detalles al respecto y en Wikipedia hay una entrada sobre el Barnacle goose myth.

Relacionar el océano con las aguas en general es casi un lugar común. Hace años, a propósito del número especial de la revista Tabique sobre Cuernavaca que tomaba como modelo Las ciudades invisibles de Calvino, el entonces director me invitó a escribir un texto sobre las albercas, bajo el supuesto que Cuernavaca era en esos años una de las ciudades con más albercas en el mundo (algo que nunca corroboré). Escribí un texto que nunca se publicó, pero en el que pensaba en las aguas de las albercas como entidades que en su suave vaivén añoraban la inmensidad del mar, como seres que vivían permanentemente la nostalgia de volver al océano.

En esos años resonaban en mí Los cantos de Maldoror y sus versos dedicados al viejo océano: “eres tan poderoso que los hombres lo han aprendido a sus expensas […] Digo que han encontrado algo más fuerte que ellos. Ese algo tiene nombre. Ese nombre es: ¡el Océano! El miedo que les inspiras es tal, que te respetan”.

Sobre el miedo/respeto, María Belmonte menciona la palabra del pueblo inuit Ilira, que significa “sensación de miedo o temor reverencial ante ciertos aspectos de la naturaleza”. La evoca a propósito de la violencia con la que a veces brota el agua de las rocas para dar origen a ríos. Ilira también ese momento en que los truenos, los que anuncian tormentas, nos hacen conscientes de nuestro minúsculo lugar en el mundo; Ilira también cuando en nuestras vacaciones observamos un embravecido mar y decidimos, más por miedo que por cautela, respetar su furia y evitar entrar en él.

*Comunicador de ciencia / Instagram: @Cacturante

Gabriel Millán