Las raíces y los días

 

A inicios de la década del 2000, Marcel Detienne publicó Cómo ser autóctono. Del puro ateniense al francés de raigambre, donde examina el concepto de autoctonía y cómo las sociedades crean narrativas de «origen puro» vinculadas al territorio, mostrando que suelen ser construcciones ideológicas que buscan legitimar derechos de unos grupos y excluir a otros. Detienne habla de la raigambre para aludir a los orígenes de las personas, a sus raíces.

La raíz, esa parte usualmente invisible de las plantas, está más presente en la vida cotidiana de lo que nos damos cuenta, ya sea como alimento, remedio o como metáfora.

Algunas raíces comestibles son las zanahorias, el nabo, el rábano, el betabel o la jícama (las papas no son una raíz, son tallos modificados); el jengibre, el ginseng, tumbavaquero (Ipomea stans) son consideradas raíces medicinales. En El libro de las hierbas, Paracelso menciona las propiedades medicinales del eléboro negro (Helleborus niger) para tratar la epilepsia, la gota, la apoplejía y la hidropesía; describe una forma hermosa de hacerse del eléboro: “se debe extraer esta raíz en luna menguante bajo el signo de Libra, el cual es el más adecuado para esta enfermedad; luego es necesaria secarla en la sombra, con viento del norte, a mediodía bajo la influencia de Venus”. (Hay otra raíz muy famosa que tenía una forma muy singular de colectarse, según Plinio: la mandrágora, que debían trazarse tres círculos concéntricos, atar el tallo a un perro; alejarse y llamar al animal para que él fuera quien la arrancara de la tierra).

Volviendo a la raíz como metáfora, raigambre significa a la vez “conjunto de raíces de los vegetales, unidas y trabadas entre sí” y “conjunto de antecedentes, intereses, hábitos o afectos que hacen firme y estable algo o que ligan a alguien a un sitio”, sitio, lugar, territorio. No por nada decimos que hemos “echado raíces” cuando nos establecemos en una ciudad; cuando lo hacemos entonces “radicamos” ahí, como un tallo que radica, es decir, que produce raíces. Cuando pensamos en nuestros ancestros, sobre todo en los grupos originarios, hablamos de nuestras raíces.

La palabra “radical”, por otro lado, tiene muchas acepciones: desde “Extremo, tajante, intransigente” hasta “Fundamental o esencial” y claro, su primera acepción: “Perteneciente o relativo a la raíz”. Por eso los intentos por denostar movimientos sociales como el feminismo llamándolos “radicales” es un sinsentido; efectivamente son radicales porque van a lo fundamental, a la raíz.

Cuando hablamos de la raigambre no hablamos de una sino de varias raíces. Contrario a lo que ocurre con nuestras plantas cultivadas en macetas, en la naturaleza las raíces no suelen estar solas ni aisladas, al contrario, están siempre en contacto con otras, creando una red que no solo conecta a las plantas, sino también a los hongos. En la década de los 90 Suzanne Simard estudió cómo las plantas interactúan entre sí, intercambiando no solo nutrientes, sino también señales de alerta. Si suena a la película Avatar es porque efectivamente ese filme extrapola la hipótesis del Wood Wide Web (el internet de las plantas), con un mundo en el que hasta los humanoides están conectados. Star Trek: Discovery (una serie que comenzó en 2017) va más allá y supone la existencia de una “red miceliar” que se extiende a través del universo, a la que pueden acceder para viajar de un lugar a otro, primero a través de un tardígrado gigante y luego con uno de los tripulantes que se modifica genéticamente con adn del tardígrado (el personaje se llama Paul Staments, igual que un micólogo de la vida real).

Actualmente hay controversia sobre la solidez científica de la existencia del internet de las plantas. Mientras que una revisión publicada en Nature Ecology & Evolution en 2023 por Karst et al asegura que la evidencia no es suficiente y que hay un sesgo de citación en los más de 1,600 artículos revisados, hay otros estudios, como el publicado en Science por Klein et al, que han mostrado una transferencia de carbono entre árboles, específicamente entre algunas especies de abetos. como el mencionados en una nota del Servicio de Información y Noticias Científicas de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología.

Mientras las investigaciones siguen para llegar a la “raíz” del asunto y descubrir si realmente existe o no una “internet” en la que se conectan árboles y hongos, la interacción entre estos organismos es un hecho, a esta asociación se le denomina micorriza (mico: hongo; riza: raíz) y consiste en un intercambio. De forma simple, podríamos decir que es un trueque en el que los hongos micorrízicos sintetizan nutrientes como nitrógeno para las plantas y ellas proveen de azúcares a los hongos.

En las orquídeas esta asociación es indispensable para su existencia. En El triunfo de las semillas, Thor Hanson recuerda que una colega suya define a una semilla como “un bebé en una caja con su almuerzo”. El bebé es el embrión de la planta, la caja es la propia testa de la semilla (coraza) y el almuerzo es el tejido nutritivo del que se alimentará el embrión para emerger. Las semillas de las orquídeas no tienen ese “almuerzo”, así que necesitan de los hongos micorrízicos para poder prosperar, es decir que esos hongos son como sus nanas.

Aunque no las veamos, las raíces se extienden no solo en la tierra, también se hunden en nuestro pensamiento y lenguaje. Felices micorrizas.

*Comunicador de ciencia / Instagram: @Cacturante

Gabriel Millán