(Primera parte)

 

El teatro, en diversos contextos de guerra, ha servido como herramienta de la memoria, un ejercicio que se rehúsa al olvido. Ha sido testimonio de las atrocidades dejando asentada su numeralia, sus procederes, los dolores que dejan a su paso los conflictos armados en los que sobreviven. Por tanto se constituye como acto de resistencia, reclamando justicia y reparación. En Colombia manifestaciones teatrales y performáticas (o el término que aquí acomode al lector) resultaron (y resultan) rescates simbólicos de las víctimas de la guerra. El contenedor o dispositivo escénico es asumido incluso por no profesionales: deudos o afectados por la violencia que ejercen desde lo escénico expresiones para visibilizar lo que el storytelling de los poderes fácticos busca sistemáticamente borrar. Y es que la normalización del horror no pasa necesariamente por acostumbrarse la población civil a los cuadros sangrientos recurrentes que se presencian, sino a los discursos oficiales del “aquí no pasa nada”, a la minimización y al control de medios que es capaz de sepultar cadáveres más rápido que los propios asesinos, sean de la facción que sean o bien de las fuerzas del estado. Hoy vivimos diversos escenarios de conflicto en Ucrania, Gaza, Congo que los macro poderes manejan mediáticamente según convenga y según el lado que establece el storytelling.

Y esto se aplica también a México. Por eso es importante que el teatro o las maneras de la representación traigan a la luz y resignifiquen los resultados de la guerra (que no ha cesado a pesar del control de medios). A veces el teatro denuncia, otras es memoria, y de vez en cuando le da por recordar para adelante y volverse bola de cristal o herramienta para desmantelar o desenmascarar estrategias del terror. El teatro argentino, uruguayo y chileno durante las dictaduras fue poderosísimo al trabajar desde las catacumbas. Posteriormente tuvo un papel fundamental en la exigencia de justicia y reparación. El Movimiento Teatro por la Identidad en Argentina, proyecto vinculado a las Abuelas de Plaza de Mayo, ha ayudado a muchos de los bebés secuestrados por militares a recuperar su verdadero nombre y origen.

Hace unos años, un grupo de teatristas pusimos a la consideración pública el Movimiento Teatro por la Dignidad como una respuesta al ascenso de Donald Trump al poder en los Estados Unidos y a la beligerancia y desprecio con los que trata a México y el mundo. Tal Movimiento, que no pretende sino responder desde el arte a las amenazas salvajes del señor Trump, buscó multiplicarse en cuantas iniciativas generasen los creadores del teatro que desearan sumarse. No había imposición de ningún programa. Quien lo deseaba proponía una acción contra las políticas del oligofrénico naranja y con eso era suficiente para estar invitado.

Era 2017 y el grupo de artistas escénicos nos reunimos para fijar postura y abonar a la construcción de un discurso de resistencia antiimperialista. Llamamos a la iniciativa, como ya dije, Movimiento Teatro por la Dignidad. Quienes lo comenzamos fuimos Estela Leñero, Juan Villoro, Luis de Tavira, David Olguín, Gabriel Pascal, Daniel Giménez-Cacho, Antonio Zúñiga, Stephanie León, Igor Lozada, Fausto Ramírez, Mario Espinosa, Belén Aguilar, Bárbara Colio, Ángel Ancona y un servidor. Luego se sumaron muchos más. Era un Movimiento abierto al que se podía sumar el que quisiera simplemente signando los comunicados, leyendo el manifiesto al principio o al final de sus funciones teatrales repudiando las políticas migratorias de Trump o bien, deseable aunque más complejo, emprendiendo montajes escénicos que pusieran el dedo en la llaga respecto a las violencias de los discursos de odio hacia los migrantes y demás temas que en boca de Trump siempre se multiplican.

Una de las acciones puntuales que se cocinó durante 2018 y finalmente se concretó en 2018, fue un ciclo con el mismo título bajo el auspicio de la Coordinación de Difusión Cultural UNAM que estrenó con la misma escenografía de Gabriel Pascal las obras No volveré de Estela Leñero bajo la dirección de Ángeles Cruz y Alberto Lomnitz, La vieja rabiosa del norte de Antonio Zúñiga bajo la dirección de Ray Garduño, Esperamos al gordo de Jaime Chabaud bajo la dirección de Belén Aguilar y Mario Espinosa, y Cremación bajo la dirección de José María y Luis de Tavira. Otra acción fue convocar a un premio de dramaturgia del Movimiento Teatro por la Dignidad que invitaba a escritores de teatro de toda América Latina y autores chicanos y latinos de Estados Unidos.

Al menos 250,000 moreleneses se encuentran trabajando en los Estados Unidos según cédulas consulares aunque esa cifra podría elevarse en 100,000 más que también han cruzado “ilegalmente” y de los cuales no se tiene registro. La mayoría de ellos se concentran en California, Mineapolis y Chicago y hoy, como todos nuestros connacionales y hermanos centro y sudamericanos, están en peligro de repatriación forzosa por las nuevas obsesiones del presidente estadounidense luego de que el electorado reincidiera en el despropósito de traerlo de vuelta a la Casa Blanca.

Hoy, aquellos que empujamos en su momento el Movimiento de Teatro por la Dignidad nos preguntamos si no hay relevos generacionales entre los teatristas mexicanos jóvenes que deseen reencender la flama. Esta es una invitación a no abandonar, desde la apatía e indiferencia, a nuestros hermanos migrantes mexicanos, latinoamericanos y de otras latitudes que van a sufrir las consecuencias de las políticas de lo que creeríamos imposible en un mundo sensato: el retorno de Donald Trump y sus acciones beligerantes y absurdas.

La Jornada Morelos