

Un espejo es un símbolo lleno de reverberaciones en una obra de arte. Puede representar vida interior, toma de conciencia, duda existencial, búsqueda de identidad, pero también superficialidad (vanidad o narcisismo); puede aludir al tema de la duplicidad, sea de forma literal o psicológica; en este sentido, puede mostrarnos cambios emocionales en los personajes o identidades fragmentadas; no es todo, el espejo es también símbolo de transición o puerta a una realidad ilusoria, muchas veces laberíntica; es, así, cruce de umbral que da paso a un mundo alternativo donde ocurren experiencias distintas a las de todos los días. Varios de estos sentidos están presentes en la película El espejo del ruso Andréi Tarkovsky (1932-1986), la cual está cumpliendo medio siglo.
En este largometraje, ese objeto reflexivo es punto de fuga donde se intersectan los tiempos y los espacios de los personajes, por lo cual, es también representación de la temporalidad, la memoria y la nostalgia. En esa convergencia, acompañamos al personaje Alekséi durante su infancia y su vida adulta, en esta última fase parece estar enfermo, pero aún en esa postración renace la vida, como un ave en su mano, por los recuerdos: la ausencia del padre, el fracaso de su vida matrimonial o la relación con su hijo son momentos donde se detiene este relato circular que incluye tradición y modernidad.
Se ha elegido un punto de vista, el de Alekséi, pero se hubiera podido elegir algún otro, ya que la multiplicidad de la mirada es algo que está en juego en la película; por ejemplo, enfocarse en Masha (la madre de Alekséi) o en Natalia (la esposa de este mismo), ambas interpretadas especularmente por la misma actriz. O sugerir que todo lo visto es el universo del reconocido poeta ruso Arseni Tarkovsky, padre del director, cuyos poemas son recitados por él (Arseni) a lo largo del filme.
O habría que atender al punto de vista del fuego o de la naturaleza en un ejercicio imaginativo. Desde esta hipótesis, el filme trataría la rememoración que tienen estos fenómenos naturales del mundo humano, pues, como expresa un personaje al principio de la cinta, es necesario considerar a la naturaleza como consciente de sí, como si tuviera también conocimiento de sus sensaciones y ardiera en deseos de intervenir en nuestras existencias mediante el viento que aviva, precisamente, el fuego. Y las plantas, en un movimiento repentino, se inclinan hacia el espectador (o la cámara), como si quisiesen cruzar hacia el otro lado del espejo, para internarse en nuestro mundo, tan misterioso para estas fuerzas como ellas lo son para nosotros.
Por eso el prólogo en la película es importante, el chico tartamudo podría representar al artista que lucha por encontrar su voz, porque cada obra es el deseo de expresar de una manera duradera ese fuego interior que nos hace humanos, con todas nuestras nostalgias y confusiones, con todos nuestros fragmentos existenciales y cuya representación más íntima se la debemos al arte, de aquí que no sea casual que se den cita en el filme algunos de los artistas más importantes de Rusia y Europa: Chéjov, Dostoyevsky, Pushkin, Dante, Da Vinci, Bach, Proust, Brueghel, Ingmar Bergman…
En El espejo no destaca sólo su narración, también es su sentido experimental, su anhelo de ser poesía, su color, los movimientos de la cámara o las insólitas tomas que asombran al espectador y pueden provocar la idea de que se ha alcanzado la cumbre en el arte cinematográfico del siglo XX, por no hablar de su contexto histórico, cuyo documental también tiene un espacio en la película.

En tiempos del consumo audiovisual ultrarápido regresar a Tarkovsky puede ser todo un reto, sobre todo para los más jóvenes, pero siempre habrá algún atrevido (o alguna atrevida) que descubra su infinitud al mirarse en este espejo. (Las películas de Tarkovsky están disponibles en YouTube)
*Doctor en literatura comparada

Fotograma de El Espejo de Andréi Tarkovsky

