Debe ser terrible salir a buscar libros de ciencia por las librerías. No, más bien: debe ser terrible, para quienes leen libros de ciencia, que un vendedor de libros les diga con gutural tono de cruda catacumba: ¡pero si ese libro está superado hace años!

¿Qué quiere decir eso? En La estructura de las revoluciones científicas, Thomas Kuhn habló de paradigmas dominantes en determinadas épocas, habló de anomalías que luego se convierten en paradigmas, pero no dijo nada respecto a la superación. Y no faltará quien diga: pero Kuhn ya no cuenta, Kuhn… está… superado.

¿Se imaginan que la literatura funcionara así? Por suerte en esa masa amorfa las cosas son distintas, nadie las tiene todas consigo. ¿Hay algo superado ahí? Puede existir la poética aplastada, la novela mal lograda, las modas ya pasadas, incluso una cierta tradición dormida (presta a despertar), pero no una literatura superada. La práctica literaria no se encuentra sujeta a una evolución según la cual cada texto se encamina a ser superado por otro, aunque no faltará el poeta acomplejado (aún existen) por aquel lenguaje ya superado. Ni siquiera en la misma obra de escritores y escritoras ocurre eso; sólo hay un continuo comenzar y, salvo un dudoso prestigio, tener una obra anterior ⎯la mentada “trayectoria”⎯ no asegura nada, por muy gloriosa que tal obra sea.

“Escribía muy bien en esa época, dicho sea de paso, mucho mejor que ahora”, dice el narrador de Prisión perpetua, la novela de Ricardo Piglia. Desde luego, podrá existir un hábito adquirido de escritura y de lectura, una formación académica o antiacadémica, asistencia regular a talleres, pero eso tampoco asegura una progresión ni nada parecido: “ser artista ―escribía Maurice Blanchot en El libro que vendrá― es no saber nunca que ya existe un arte, ni tampoco que ya existe un mundo. Sin duda, el pintor va al museo y por ello tiene cierta conciencia de la realidad de la pintura: sabe de pintura pero su tela no sabe”. La página tampoco. Escritores y escritoras, en cambio, sí lo saben muy bien (al respecto ya han dicho lo suficiente en entrevistas, justamente cuando ya se ven amparados por una voz instituida y no se hayan ante la incertidumbre página en blanco) y sólo desde ese punto de vista escribir o pintar, o esculpir, o hacer una película es una práctica acorralada por la continua ansiedad y la frustración permanente.

¿Qué sucede en el caso de la lectura? ¿Evoluciona? ¿Se supera?

Se podría aventurar que, salvo la certeza de tener un libro entre las manos, el lector y la lectora tampoco tienen asegurado nada. Pues también él y ella, especialmente él y ella, pueden sucumbir, leer en épocas pasadas mucho mejor que después (de hecho, los sentidos se deterioran) mientras siguen aventurándose por un camino accidentado donde, a semejanza de la escritura, con frecuencia ocurren cosas, interrupciones violentas, interpretaciones de distinto pelaje, pérdidas capaces de hacer caer el libro de las manos, entre otras cosas.

Pero, ¿y la lectora y el lector de textos científicos? ¿Ese lector, esa lectora a quienes todas estas especulaciones finalmente les suenan quizá un pelín demasiado blandengues, además de accesorias? Pensando en este tipo de clasificaciones arbitrarias, se podría establecer al menos una distinción, por cierto, bastante laxa: por un lado, quienes buscan todo cuanto existe acerca de una materia, esté o no superada; y, por otro, quienes sólo se interesan por lo último, lo que aún no ha sido ni puesto en duda, el paradigma todavía irrefutable.

Y así, poco a poco, envejecemos.

 

Martín Cinzano