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Esa necia necesidad de estar para que nos vean. Ese vano afán de regalarle la vida a una presunta posteridad, merodeando sin cesar en esas redes de la ilusión, espejos vacuos. Esa pretensión, tan degradada, que busca darles vida a nuestros fantasmas más ego. Ese malentendido que fulmina nuestras certezas primigenias, que hace añicos esa noble fibra que alguna vez nos imaginó otra historia, sin esa miseria de querer quedar bien con el planeta.

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Sentía una nostalgia devastadora al mirar el presente y recordar ese pasado donde el contacto humano no necesitaba intermediarios. Pero sabía muy bien que no había ya marcha atrás, que este planeta no tiene reversa y que algo habrá que hacer para que la vida no deje de retoñar. No es el discurso de la añoranza, ni la ramplona creencia de que todo ayer fue mejor. Sus certezas estaban en el presente, pero lo desquiciaba estar todo el tiempo al pendiente de que la batería no se agotara.

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A lo lejos, una luz en el cielo, poderosa luz que va creciendo mientras se acerca, iluminando como un fuego infernal, encandilando al planeta, buscando ese rastro inhumano de los humanos, encauzada por la implacable certeza de que no habría ya una segunda oportunidad en la Tierra.

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Sabía que ya todo había sucedido y que ya nada de lo que vivía era real. Sin embargo, todavía guardaba la esperanza de poder hallar en sus ojos esa chispa de lo que en su camino nunca encontró.

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¿De que servía tomarle el pulso a la vida escuchando los noticieros? Las tragedias proliferaban, las buenas noticias no era noticias, la maldad y el miedo eran sombras perenes. ¿Pero de que le servía a ella, a él, a toda la plaga de terrícolas esa avidez por lo atroz? ¿Algo podía cambiar así? La verdad y la mentira se habían vuelto cómplices. Las convicciones y las conveniencias convivían de una manera fraternal y siniestra. Lo atroz, cotidianamente, era sustituido por lo atroz. Y sin embargo, más valía hacerse a la idea de que sobrevivir no era un disfraz de la derrota.

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Un elefante se balanceaba entre el éxtasis y el vacío. Como sentía que todo fluía, fue a llamar a otro elefante…

Un dibujo de una persona

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Piet Mondrian, El Árbol Gris (1911) / Cortesía del autor

Raúl Silva de la Mora