


El infierno de todos tan temido (Sergio Olhovich, 1979) nos lleva al cruce de la lucidez y el desvarío, desde la soberbia de la juventud hasta el lacerante laberinto de la locura. A final de cuentas, somos ese monstruo que nos acompaña a lo largo de la vida, ese huésped en persistente rebeldía: sea el trauma, la herida o el abismo. En este filme, Olhovich nos presenta a Jacinto Chontal (Manuel Ojeda), un joven escritor atormentado por el contexto político de finales de los sesenta y por la monotonía de su insoportable vida acomodada. Aquí la tentación para hablar de la náusea sartreana es enorme, ese asco que carcome y pulula en las ciudades, haciendo del alma de la pequeña burguesía su presa favorita.
Así, seremos testigos de una pequeña revolución, un capricho más del hijo del dueño de una compañía cinematográfica venida a menos. Se trata de un contrasentido, pues nuestro personaje es la expresión perfecta de aquello que combate, él mismo es producto de “esa palidez clorótica que inunda nuestra literatura y las artes.” Su efecto destructivo irá desde la compañía de su padre -de la que ha sido mil veces despedido-, pasando por las reuniones de amigos, hasta las salas del hospital en el que será internado.
La estructura de la película es un encadenamiento de degradaciones: una degradación con un proceso de mejora, una pequeña mejora con un proceso de degradación ampliado, nos recuerdan que caer más bajo nunca es suficiente. Se trata de un binomio que nos sacude al ritmo de las olas de un mar embravecido, dominado por un abismo que aguarda en lo profundo. Por si fuera poco, el filme está lleno de prolepsis, planteando un ir y venir que juega con causas y efectos, con el pasado y el futuro, semejando a esa fiera que muerde todo el tiempo nuestros pensamientos. A final de cuentas, ¿qué sabe la psiquiatría de lo qué pasa en nuestras mentes?, ¿qué sabe de aquello que hierve en los cuerpos? Aquí, el eco de la literatura rusa se hace más fuerte, más allá del libro homónimo de Luis Carrión Beltrán y de su atormentada vida, leemos en la película El Pabellón número seis de Antón Chéjov, tan apropiado para nuestra época, tan apropiado para un cineasta formado en Rusia, y tan apropiado para intercambiar la normalidad por la locura.
Bajo esta lógica, el puente que une a Jacinto con su pasado, en su viaje interno de destrucción, es el alcohol y la mariguana. Somos testigos de su efecto detonante en la versión más clásica: se pone mal, grita y revienta. Acordamos con la voz que le pregunta, de manera repetitiva, si ha sido llevado al hospital por ser macizo, y con una mueca de lástima, asco y resignación asentimos en silencio.
Encerrados en el asilo, sometidos a su lógica, in extremis, los pacientes denuncian a una psiquiatría que perdió su rumbo, más allá de su horizonte social y de todo sentido, quizá porque su discurso de sanación se construye de espaldas a la lucha entre explotados y explotadores e, incluso, realizando un servicio de justificación, encubrimiento y normalización de esa relación. La micro-lucha de Jacinto y sus secuaces es contra matasanos y batablancas, ya que se comportan como bestias. Así se conforma un ejército de epilépticos, marihuanos, borrachos y enanos, para ellos, en efecto, el “manicure” es como la cárcel y su locura liberada es como la justicia hecha carne.
Las letras, el alcohol y la protesta se abren frente a un orden que utiliza un discurso normalizante e, incluso, en contra de una institución con su arquitectura, sus uniformes y sus electrochoques, dispuestos para doblegar a los individuos, para hacerlos productivos y sumisos, bajo el modelo del buen cristiano que, desde luego, es también un excelente ciudadano. Ese infierno de todos tan temido se fragua cuando la institución que está a nuestro servicio nos sumerge en los males más abyectos; pero, sobre todo, cuando nos damos cuenta que es expresión de una lógica inexpugnable que domina a nuestras sociedades. De tal modo, comprendemos a Jacinto, cuando está tendido y suplica que no lo curen y dejen de darle toques, pues sabe que su destrucción está en juego y, en lugar de percibir las bondades de una cura, encuentra sumisión y sometimiento.

Finalmente, Jacinto se reencuentra con su alter ego liberado en medio de la turba, vemos que la furia corre entre la multitud y se diluye en sus estragos. El infierno de todos tan temido es una película fundamental para la historia del cine mexicano y una recomendación para adentrarse en la imprescindible obra de uno de los más grandes cineastas mexicanos, el maestro Sergio Olhovich.
Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo en el Colegio de Morelos.

Estudio del Retrato del Papa Inocencio X de Velázquez (Francis Bacon, 1953). Cortesía del autor

